La canciller alemana Angela Merkel y el primer ministro británico David Cameron.

Cuando se convoca un referéndum, es para ganarlo. Eso hace inevitable que a quien lo convoca y lo pierde se le ponga cara de pasmado y sea inmediatamente acusado de estulticia por casi todo el mundo. Tiene guasa que el precedente más obvio de lo que le ha ocurrido a Cameron sea el caso de Charles de Gaulle, que dimitió en 1969, tras perder un absurdo referéndum. Y la tiene sobre todo porque la derrota del viejo general significó para Gran Bretaña la desaparición del último obstáculo a su entrada en lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea y de la que ahora, por medio de otro referéndum perdido por quien lo convocó, quiere salirse.

Nadie pensaba que gente tan flemática como los britanicos acabarían votando con las tripas en vez de con la cabeza

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Sin embargo, Cameron tenía poderosas razones para hacer el referéndum. Fue la promesa de llevarlo a cabo la que evitó que el Partido Conservador se partiera en dos. Gracias a ella, además, el populista UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), una versión de derechas de nuestro Podemos y por tanto una amenaza para Europa y para Gran Bretaña, se dio un batacazo en las últimas elecciones. Lo que no podía hacer Cameron, aunque tuviera lo de Churchill, que es obvio que no lo tiene, era incumplir esa promesa. Nadie pensaba que gente tan flemática como los britanicos acabarían votando con las tripas en vez de con la cabeza.

Por otra parte, los ingleses tienen buenos motivos para quejarse del funcionamiento de la Unión, aunque en gran medida sean ellos responsables de él. La acusan de imponer leyes elaboradas por burócratas que no han sido elegidos por nadie. No es muy justo. Lo que nos viene de Europa son efectivamente leyes elaboradas por burócratas, pero aprobadas por los Gobiernos de los Estados miembros, elegidos de forma democrática. Aun así, déficit democrático sí que hay porque, cuando en España elegimos a Rajoy para que nos gobierne, lo hacemos sólo para eso.

La función legislativa queda en manos de las Cortes. Aquí, los representantes de cada cual tienen la oportunidad, no sólo de votar, sino también de presentar enmiendas, argumentar su postura y expresar su opinión. En Europa, los españoles que no hayan votado a Rajoy, no están representados. Es verdad que está el Parlamento Europeo, pero éste apenas tiene ninguna capacidad legislativa, entre otras cosas, porque los ingleses no quisieron que la tuviera.

El caso es que los ingleses se van, y la reacción de Angela Merkel ha sido excesivamente tibia. En vez de transmitir la idea de que quien se va lo hace con todas las consecuencias, se ha dado la de que en estos dos años que hay para negociar la salida pueden llegarse a interesantes acuerdos comerciales que dejen las cosas más o menos como están. Éste sería el peor de los escenarios porque, si Reino Unido deja de contribuir a la Unión sin verse penalizado comercialmente, ¿para qué van a querer seguir estando en la Unión Holanda, Suecia, Dinamarca y demás contribuyentes netos?

El Brexit no puede salirle gratis a los britanicos, porque de hacerse así, otros querrán seguir su ejemplo y la Unión Europea se irá al garete

Alemania es una nación que vive de sus exportaciones y es posible que sea la que más tenga que perder por las dificultades que el Brexit traiga a las empresas alemanas que venden allí sus productos y a aquellas que producen allí parte de los suyos. Sin embargo, el Brexit no puede salirle gratis a los britanicos, no porque hayan querido irse a pesar de que se les ha consentido toda clase de privilegios especiales, que también, sino porque, de hacerse así, otros querrán seguir su ejemplo y la Unión Europea se irá al garete. Debería incluso llegarse al caso de ofrecer a los Estados Unidos, en el tratado comercial que se está negociando, condiciones más favorables que las que le queden a Gran Bretaña.

No puede llegarse al punto de creer que todo lo que sea bueno para Alemania es bueno para Europa porque no es verdad. Lo que hay que hacer es aprovechar la desaparición del obstáculo que eran los ingleses para profundizar en la unidad política y hacer todo lo posible para demostrar cuán ventajoso es estar dentro y lo perjudicial que es quedarse fuera. Sin embargo, los primeros balbuceos alemanes han ido en la dirección opuesta. Esperemos que no sea ésa su postura definitiva.

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Emilio Campmany nació en Madrid, en 1958. Estudió en el Liceo Italiano y es licenciado en Historia y en Derecho por la Universidad Complutense. Es también registrador de la propiedad. Ha publicado dos novelas, "Operación Chaplin" y "Quién mató a Efialtes" y una narración de la crisis que desató la Primera Guerra Mundial llamada "Verano del 14. Una crónica diplomática". Está casado y tiene dos hijos.