Lo que es del César

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    Con la arrogancia ética característica de la izquierda, Edward Bellamy sostuvo en 1897 que el socialismo era la concreción del cristianismo. Sin embargo, tanto la teoría como la práctica sugieren que el socialismo tiende a ser más del César que de Dios.

    No digo, por supuesto, que todos los socialistas sean iguales, y tampoco que no puedan ser creyentes. Porque la Iglesia no es de los liberales, ni de los socialistas, sino de todos. Mi tesis es que el énfasis de los socialistas de todos los partidos estriba más en este mundo que en el otro, más en la política que en la religión, más en el Estado que en la Iglesia.

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    Esto es trágicamente evidente en las versiones más extremas del socialismo, que en todos los casos se han traducido en dictaduras políticas que llevaron la idolatría del poder y el odio a las religiones judeocristianas hasta las tiranías más sanguinarias y los crímenes más brutales.

    Pero incluso en el socialismo más vegetariano y democrático sigue latiendo la confianza ante el César y el recelo ante Dios. Nuestra izquierda aquí en España ha dado suficientes muestras de ello.

    Ahora bien, aunque podamos defender el respeto a la libertad que caracteriza al cristianismo, lo cierto es que Nuestro Señor nos exigió que le diéramos al César lo que es del César (Mt 22, 15-22; Mc 12,13-17). ¿Cabría, pues, apoyarse en el Evangelio para reivindicar el socialismo desde la Iglesia?

    Jesús nunca dijo nada parecido a: “Al César le pertenece todo lo que él diga que le pertenece, sin importar cuánto quiere, cómo lo quiere, o cómo lo va gastar”

    Se dirá que hay de todo en la Biblia, pero eso no vale como respuesta, salvo que no haya manera de razonar de manera coherente en torno a principios, socialistas o liberales. Y lo que encontramos en la Palabra de Dios es un continuado respeto a tradiciones liberales, empezando por la propiedad privada y la limitación del poder político. Digamos, uno puede, como hacen algunos creyentes, sostener que Dios entregó el mundo a todos y por tanto rechazó la propiedad privada como un privilegio injusto, pero eso encaja bastante mal con unas Sagradas Escrituras donde se defiende la propiedad privada y se condena el robo una y otra vez, empezando nada menos que por los Diez Mandamientos.

    En el caso del mandato a entregarle lo nuestro al César, Lawrence W. Reed observa que Jesús nos compele a ayudar al prójimo, pero que nunca apoyó la redistribución política mediante la coacción del Estado: el Buen Samaritano representa la generosidad libre, y no forzada por el poder. De hecho, Jesucristo nunca aclaro qué cosa era lo del César. Eso sí, nunca dijo nada parecido a: “Al César le pertenece todo lo que él diga que le pertenece, sin importar cuánto quiere, cómo lo quiere, o cómo lo va gastar”.

    La codicia es efectivamente un pecado, pero es un pecado siempre, también cuando lo comete el poderoso que codicia nuestros bienes. Por lo tanto, así como es cuestionable el fundamento socialista de arrebatarnos lo nuestro para que el Estado sea quien ayude, es legítimo resistirse ante el poder, disputar sus incursiones punitivas contra las propiedades de sus súbditos, y defender la redistribución que es generosa porque es libre, es decir, la caridad, siempre motivo de sospecha por parte de quienes aman sobre todo al César, y creen que la verdadera virtud estriba en que él nos obligue a ser solidarios.

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