A los catalanistas no les importan los catalanes

    ¿Qué hacen los dirigentes separatistas catalanes cuando gobiernan? ¿Les queda agenda para dedicarse a otra cosa que no sea el nacionalismo?

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    Carme Forcadell en el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña
    Carme Forcadell junto al vicepresidente de la Generalidad, Oriol Junqueras, el expresidente Artur Mas, y otros miembros del Gobierno. (Fotografía: Alejandro García / EFE)

    Cada vez que te la encontrabas te contaba la misma historia. Ya podía ser invierno o verano, Navidad o Pascua, que siempre te venía con la misma retahíla: la tía abuela Carmen no cesaba de recordar “las joyas de la abuela” que “nos robaron en la Guerra Civil”. “Qué diferente habría sido nuestra vida si no nos hubiesen robado las joyas de la abuela”, repetía entre suspiros.

    A la tía abuela Carmen nunca le faltó de nada. Su marido había tenido un buen puesto de trabajo y vivían en una amplia casa en los alrededores de Barcelona. Pero eso no le bastaba. Ella imaginaba que, de haber conservado “las joyas de la abuela”, su vida habría sido infinitamente mejor. Poco menos que las cortes reales de media Europa habrían abierto sus puertas de par en par para que la tía abuela Carmen luciese sus pedruscos en las fiestas de la realeza. Quizás hasta se imaginaría a la reina de Inglaterra mirando de reojo y con cierta envidia los collares que colgaban de su cuello.

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    Para mí que serían unas joyas sin más, de un cierto valor, sí, pero muy lejos de la valía del tesoro imperial de las zarinas rusas

    No tengo ni idea de lo que costarían las joyas de la abuela. Según la tía abuela Carmen, “eran valiosísimas”, pero claro, ella era una niña en la Guerra Civil y hablaba de lo que escuchaba a los mayores. Para mí que serían unas joyas sin más, de un cierto valor, sí, pero muy lejos de la valía del tesoro imperial de las zarinas rusas. La imaginación de la tía abuela Carmen, sin embargo, se encargaba de cargar las tintas y de fantasear con zafiros purísimos, broches de oro, gemas, perlas preciosísimas y demás.

    La tía abuela Carmen vivió y murió suspirando por las joyas de la abuela, soñando con otra vida distinta de la suya y culpando de todas sus desgracias a “los marranos que nos robaron en la Guerra Civil”.

    Yo lo que creo es que la vida de la tía abuela Carmen habría sido muy diferente si hubiese vivido el presente, hubiera dejado aparcado el pasado y sus rencores y no se hubiese dejado poner las cadenas que la esclavizaron a sus fantasías de un paraíso perdido. Es decir, si hubiese dejado de lado ese victimismo venenoso que encenagó toda su vida.

    Los secesionistas necesitan tenerla continuamente sangrando y purulenta para que todos sean conocedores de su desgracia

    Cada vez que veo o escucho a los separatistas catalanes me viene a la memoria la tía abuela Carmen. Son las eternas víctimas; los eternos represaliados. Viven bajo la insoportable presión de un estado autoritario y represor del que pugnan por zafarse. Les han robado algo: su libertad, su lengua, su cultura, su dignidad, sus derechos, y suspiran por recuperarlos de manos de los “marranos” españoles.

    No quieren que la herida (si es que la hay) se cierre: necesitan tenerla continuamente sangrando y purulenta para que todos sean conocedores de su desgracia. Viven del rencor, del pasado, alimentando a esa indomable bestia que cada vez se hace más grande y peligrosa. Necesitan hacer partícipes a todos de sus desgracias, reales o ficticias, y su imaginación se encarga de inflarlas.

    Sin ese complejo de victimismo, su edificio, cimentado sobre el odio y el rencor, se vendría abajo. Necesitan el resentimiento más que nada en el mundo como argamasa para ensamblar toda su construcción. Y van pasando los años, mirando al pasado, anhelando el futuro y olvidando vivir el presente.

    Necesitan convencer a las generaciones más jóvenes de que les han robado algo muy valioso y que, cuando lo recuperen, llegarán a la felicidad plena. Es el paraíso en la Tierra, el mundo feliz de Aldous Huxley. Si hay que modificar la historia, se modifica. Si hay que exagerar o inventar datos, se hace. Pero lo fundamental es embarcar (y embaucar) a  cuantas más personas en el proyecto: son unas creencias, un ídolo, unos dogmas, una religión.

    Ya ven lo que da de sí el victimismo. A unos les hace vivir toda una vida suspirando por unas joyas perdidas y a otros pasar años y años maldiciendo el pasado y anhelando el futuro.

     ¿Les queda agenda a los nacionalistas para dedicarse a otra cosa que no sea el nacionalismo?

    ¿Qué hacen los dirigentes separatistas catalanes cuando gobiernan? ¿Les queda agenda para dedicarse a otra cosa que no sea el nacionalismo? ¿Les da tiempo a hablar de hospitales, nuevas escuelas, de mejorar el sistema educativo, del paro, de cómo reducir el consumo de droga y alcohol en los jóvenes, de cómo atraer más inversiones, de infraestructuras de calidad, de recuperar el patrimonio histórico-artístico que se cae a pedazos, de lograr aumentar el nivel cultural de sus ciudadanos? ¿A los catalanistas les interesan algo los catalanes?

    Me temo que no. Les importan ellos y su fantasía esquizoide, sus castillos en las nubes. Y su herramienta es el victimismo. Igual que la tía abuela Carmen.

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