Los dioses en los que creemos

    Tengo por cierto casi todo lo que Nicolás Gómez Dávila comentó en sus más de 10000 escolios, pero pocos me parecen más ciertos que este, tomado del Tomo I de Escolios a un texto implícito: El hombre no crea sus dioses a su imagen y semejanza, sino se concibe a la imagen y semejanza de los dioses en que cree..

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    Pintura de Rafael sobre los dioses
    Pintura de Rafael sobre los dioses/ Wikimedia

    Al menos todo el siglo XX y XXI hemos padecido a los dioses creadores del Totalitarismo, por un lado la Humanidad liberadora, por otro, la exaltación divinizadora de la raza o del Estado. Todo dependiente del brutal not serviam que se pronunció a finales del Siglo XVIII con la Revolución.

    Frente a las afirmaciones de Nietzsche o Feuerbach no fueron los hombres quienes construyeron sin más estos dioses para coronar sus sociedades sino que cimentaron sus infiernos totalitarios en los dioses que venían siguiendo y en especial en la peculiar religión que entroniza al propio hombre como Dios.

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    Quienes creen en Dios, uno y padre, corren por supuesto sus riesgos, pero estos riesgos están más en sí mismos que en los propios dioses a los que adoran. En efecto el peligro indudable es el pelagianismo, la pretensión de que la acción del hombre sustituya la acción de Dios, la negación de la culpa y de la gracia.

    Pero nuestros actos de barbarie y crueldad son tan contra Dios, que claman al cielo y de ninguna forma pueden engañarnos

    Quienes creemos en un Dios misericordioso, injusto en cuanto no nos aplica la dura vara de medir con la que medimos con la justicia humana, que apenas nos toleró la ley del talión para ver si limitábamos el terrible ciclo de las venganzas, tenemos nuestros peligros. Si olvidásemos en algún momento que el pelagianismo es insostenible y en todas partes vemos triunfar las injusticias de la gracia en otra afortunada frase de Gómez Dávila. Pero nuestros actos de barbarie y crueldad son tan contra Dios, que claman al cielo y de ninguna forma pueden engañarnos. Una vez que Dios se ha manifestado es difícil olvidarle volviendo a los falsos dioses que nos arrastran.

    Estos días vemos lo que se puede hacer con el Dios de Abraham cuando se convierte en excusa de una reconstrucción del mundo sin intervención divina, una pseudoautodefensa contra agresiones que no existen, una simplificación de la divinidad sobre la que nos alertó Benedicto XVI en Ratisbona.

    Es nuestra principal obligación salvar en este tema la responsabilidad de Dios, siempre misericordioso y denunciar constantemente la caricatura en la que tantos hombres se ven ahora atrapados y subyugados por el terrorismo yihadista.

    Si la imagen de la dignidad humana apareció desde la revelación de Belén y su encuentro con el esfuerzo realizado por el espíritu griego, tal como afirmaron entre otros Voegelin,, ahora que vemos atacadas las calles de Europa es hora de volver a nuestras raíces, mientras giramos esta semana el rostro hacia el que todo lo salva y todo lo perdona.

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