Mujeres y ninos judíos durante la II Guerra Mundial
Mujeres y ninos judíos durante la II Guerra Mundial / Wikimedia

El 7 de mayo de 1945, el mando alemán firmó la rendición incondicional del III Reich ante los Aliados y el 8 de mayo se convirtió en el día de la Victoria en Europa. Una vez disipado el humo de las armas en el Continente, la humanidad contempló un mar de escombros, desde los puertos franceses del golfo de Vizcaya al río Volga, y debajo se pudrían los cadáveres de millones de seres humanos. Aunque la mortandad fue mayor en Asia y los japoneses cometieron crímenes contra la humanidad, sólo en Europa se ejecutó un plan para tratar de aniquilar completamente a un pueblo.

El 20 de enero de 1942 se celebró la Conferencia de Wannssee, en la que los dirigentes del III Reich planearon el que luego se ha llamado Holocausto. La guerra, que ya era de exterminio en Polonia y la Unión Soviética, se iría embruteciendo a medida que se alargaba. Sin embargo, las embajadas y oficinas diplomáticas españolas “fueron uno de los escasos asilos de humanidad en la colosal destrucción europea” (Arcadi Espada).

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Amparados en el famoso real-decreto de 1924 de la Dictadura de Primo de Rivera que concedía la nacionalidad española a los judíos sefardíes y sus descendientes, aunque había caducado (daba de plazo hasta diciembre de 1931 a los interesados para solicitar el pasaporte, pero lo desconocían las autoridades alemanas), y en las credenciales del Gobierno de Madrid, éstos son los diplomáticos que salvaron a docenas de miles de judíos, hasta 46.000 según recuerda el historiador Luis Suárez.

Frente a las armas nazis

Miguel Ángel de Muguiro y Muguiro, ministro en Budapest (1938-1944): En 1937, se encargó de la Secretaría de Relaciones Exteriores de la Junta Técnica del Estado, precedente del primer Gobierno de Franco, hasta que éste le envió a Budapest, en enero de 1938. Informó a Madrid del creciente antisemitismo húngaro, adoptado por presiones alemanas. En la primavera de 1944 extendió un visado colectivo español a 500 ninos judíos húngaros de entre cinco y quince años y a 70 adultos que los acompañaron a Tánger.

Ángel Sanz Briz, encargado de negocios en Budapest (1942-1944): Se le conoce como el Ángel de Budapest. Puso en riesgo su vida, ante los nazis, los ‘cruces flechadas’ húngaros y los comunistas que se acercaban a la ciudad. En agosto de 1944 envió a Madrid un informe elaborado por la comunidad judía sobre Auschwitz. Para salvar a los sefarditas, recurre al mismo truco que el cuerpo diplomático en Madrid durante la Guerra Civil, que fue alquilar o comprar casas a las que extender la protección diplomática. Contó con el apoyo de la nunciatura. Rescató a 30 judíos de la marcha de la muerte a riesgo de su vida. Concedió al menos 2.000 visas.

Ángel Sanz Briz
Ángel Sanz Briz, conocido como el Ángel de Budapest.

Eduardo Gasset y Díez de Ulzurrun, cónsul y encargado de negocios en Atenas y Sofía (1941-1944): Empezó su labor humanitaria entregando alimentos a los sefardíes en 1941. Defendió a los 550 sefardíes con nacionalidad española asentados en Salónica cuando en 1943 los nazis quisieron deportarlos.

El consul en Sofía, Julio Palencia llegó a adoptar como propios a los dos hijos de un comerciante ahorcado

 Julio Palencia y Álvarez-Tubau, ministro en Sofía (1940-1943): Como cónsul en Estambul, comunicó a Burgos que los judíos turcos no apoyaban a la España nacional, pero luego, en Bulgaria, se volcó con los sefarditas locales. Por ejemplo, adoptó como propios a los dos hijos de un comerciante ahorcado y concedió pasaportes a no menos de 74 judíos perseguidos en Macedonia.

Bernardo Rolland y de Miota, cónsul general en París (1939-1943): Protegió a los judíos, incluso antes de recibir órdenes de Madrid. Los alemanes pidieron su destitución al embajador español, José Félix de Lequerica, en febrero de 1942, pero ésta se realizó en abril de 1943 y sólo después de recibirse amenazas. Le sustituyó Alfonso Fiscowich y Gullón, que aceleró la burocracia para permitir la salida de la Francia ocupada de sefardíes con documentación española. Ambos consiguieron la liberación de judíos de las cárceles y prisiones.

Alejandro Pons Bofill, vicecónsul honorario en Niza (1939-1944): Cuando la Gestapo empezó a detener y deportar judíos a Drancy, en octubre de 1943, obtuvo la liberación de varios de ellos. Murió el 26 de mayo de 1944 en un bombardeo aliado.

José Rojas y Moreno, ministro en Bucarest (1940-1943) y Manuel Gómez – Barzanallana y García, ministro en Bucarest (1943-1945): A diferencia de los sefardíes turcos, los rumanos apoyaron la causa de la España nacional. Estaban amenazados tanto por los nazis y el Gobierno local como por los soviéticos. Para escapar de Rumanía a España era imprescindible conseguir de los alemanes permiso de paso por su territorio. Gómez-Barzallana elaboró listas de protegidos y concedió pasaportes con su “visto bueno” personal, tal como le subrayó Madrid.

La lista completa, así como sus méritos y sus carreras posteriores, se encuentra en el libro Más allá del deber, editado por el Ministerio de Asuntos Exteriores.

¿Contra las órdenes de Madrid?

Actualmente, ya nadie niega la gran labor humanitaria realizada por estos diplomáticos. Durante las décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial, como le ocurrió a Sanz Briz, se mantuvo en secreto debido a los equilibrios de la política internacional: por un lado, Israel contribuyó al aislamiento de España en la ONU y, por otro lado, los países árabes, opuestos a la existencia del Estado israelí, fueron uno de los bloques con que contó el régimen franquista para romper ese cerco.

Hoy la disputa es sobre el impulso último de estos ‘justos entre las naciones’: ¿actuaron de acuerdo con su conciencia, cristiana, en contra incluso de las instrucciones que les llegaban del Ministerio de Asuntos Exteriores, o bien cumplían órdenes de Madrid?

Luis Suárez: “En un régimen autoritario, ningún diplomático osaría proceder por su cuenta”

Arcadi Espada, autor de un libro de investigación sobre Sanz Briz, En nombre de Franco, lo describe así:

“El antifranquismo, es decir, la historia española culturalmente dominante durante la segunda mitad del siglo XX, lo tuvo más fácil. Mientras pudo ignoró absolutamente a Sanz Briz. Y después presentó su conducta (y la de otros diplomáticos españoles) como el resultado de una acción individual desvinculada de las órdenes gubernamentales, un absurdo lógico que múltiples documentos desmienten”.

Una lista de 46.000 nombres

El académico Luis Suárez, el historiador que mejor conoce los archivos personales de Franco, escribió (Franco y el III Reich), escribe que el Congreso Mundial Judío estaba tan al tanto de la implicación oficial española en la salvación de judíos sefarditas que el 8 de abril de 1944 envió un representante a Lisboa para reunirse con el hermano de Franco, Nicolás, embajador en Portugal, y avisó de los planes nazis de “aumentar las represalias nazis contra los judíos”.

Sin embargo, Suárez se queja del desagradecimiento judío:

“Siendo, en números, la ayuda española la más importante en aquellas horas frías, sorprende que, hasta el momento de su muerte, Franco no recibiera muestra alguna de gratitud.”

Este silencio explica que numerosos historiadores “establecen la hipótesis de que los diplomáticos actuaban por cuenta propia. Incurren de este modo en una contradicción: en un régimen autoritario, ningún diplomático osaría proceder por su cuenta”

Por último, Suárez concluye así: “España hizo lo que pudo, no rechazó a ningún judío que llegara a sus fronteras y ha podido comprobarse una lista precisa con 46.000 nombres”.

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).