Los jarrones chinos

    En todo proceso de pacificación que se precie, sin vencedores ni vencidos, que supone una superación de las causas del conflicto del que todos tienen la culpa, estorban las víctimas.

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    El terrorista Arnaldo Otegui, junto a las víctimas de ETA Teresa Jiménez-Becerril y Maite Pagazaurtundúa /Actuall
    El terrorista Arnaldo Otegui, junto a las víctimas de ETA Teresa Jiménez-Becerril y Maite Pagazaurtundúa /Actuall

    En todo proceso de pacificación que se precie, sin vencedores ni vencidos, que supone una superación de las causas del conflicto del que todos tienen la culpa, pero sobre todo los que no sean progresistas, estorban las víctimas.

    No estorban por su mera ausencia, ni por su sufrimiento silencioso, estorban en cuanto no aceptan sumarse encantadas a la nueva situación.

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    No hace falta que sean especialmente resentidas, ni que exijan el cumplimiento íntegro de la pena, que desde luego no resarce del daño causado pero al menos permite que no todo quede en una burla.

    Para adulterar su posición, para sacarlas del campo visual, para poder obviarlas no falta quien lanza una clerical llamada al perdón impostado, al perdón sin arrepentimiento, al perdón sin redención.

    Pero claro, cuando el criminal es progresista, las FARC, ETA, no hay arrepentimiento posible

    En efecto, si desconfiamos en que la pena del criminal retribuya el mal causado al inocente, si nos reímos de la utilitaria reinserción utilitarista del trato psicológico, más debemos desconfiar de la posibilidad de que alguien se redima de su acto sin un profundo arrepentimiento.

    Pero claro, cuando el criminal es progresista, las FARC, ETA, no hay arrepentimiento posible. El crimen por la Revolución nunca es malvado, sino un medio de la misma. El criminal no necesita redención sino poder volver a un proceso revolucionario que ahora es pacífico sencillamente porque la opción “armada” fracasó.

    En vez de aceptar las crueles consecuencias de la derrota, juegan a una moralización a la que se suma cualquier bobo y nos exigen comprensión y colaboración. Y se las piden con sin igual sadismo a las víctimas del conflicto.

    Muchas de estas dispuestas a olvidar sencillamente para evitar que continúe la violencia que a ellas les afectó especialmente, pero lo que se les pide es algo más, es aceptar la culpabilidad de sus seres queridos, fallecidos por quedar del lado equivocado de la nueva Historia. No sólo deben perdonar, deben adjurar.

    Ya lo dijo Nicolás Gómez, “toda paz se compra con vilezas”. En eso estamos.

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