Los sudores de Wyoming

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    Gran Wayoming/ Wikicommons

    El Gran Wyoming ha dicho que «la unidad de España me la suda». Reconozco que, hasta ahora, desconocía las peculiaridades de las glándulas sudoríparas del cómico. A mí, como a cualquier mortal, me sudan las manos, las axilas, los pies y otras partes del cuerpo que no es necesario nombrar. Pero nunca me ha sudado la unidad de EspañaQuizás haya que ser de izquierdas para que las susodichas glándulas entren en acción.

    José Antonio Camacho se hizo célebre, entre otras cosas, por la efusividad con que sus sobacos celebraban los goles de la selección española en el Mundial de 2002. Desde entonces, cuando alguien moja la camisa por la zona axilar, se le advierte cortésmente: «Te acaban de salir unos camachos». Y el interesado baja discretamente los brazos y sale de la situación como puede.

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    Lo que dice Wyoming es falso. ¿Hasta dónde le producen transpiraciones la unidad de España? ¿Sólo hasta Cataluña? Si después declarara la independencia La Rioja, Extremadura, Galicia, la provincia de Granada o Alcorcón, ¿le seguirían produciendo esas mismas exudaciones? Si la disgregación de España le afectara a su pensión, a las comunicaciones, a su sueldo, ¿saldría diciendo lo mismo?

    El problema del presentador 

    Wyoming tiene un problema, como parte de los votantes de izquierda, con la unidad de España y sus símbolos. Esos miedos y complejos hay que superarlos. Wyoming no necesita ir al dermatólogo a que le recete una pomada que le corte de raíz los excesos de sudor. Es mucho más sencillo: basta con pensar y darse cuenta de que querer la unidad de España no es de izquierdas o de derechas; que la bandera rojigualda no es un invento de Franco; que la Marcha de Granaderos ha sido el himno de España desde el siglo XVIII y que nuestra nación en la más antigua de Europa. Hasta la Wikipedia puede ayudar en estos casos. Sentirse orgullosamente español va más allá de los 90 minutos de un partido de fútbol de la selección.

    «Si la disgregación de España le afectara a su pensión, a las comunicaciones, a su sueldo, ¿saldría diciendo lo mismo?»

    Hay otro detalle importante que revela el estado de descomposición en que se encuentra nuestra sociedad. Vayámonos fuera de España: Imaginen por un momento a un célebre presentador galo que manifestase abiertamente que «la unidad de Francia me la suda». O a uno estadounidense que afirmase que Kentucky se podía ir a hacer puñetas. Ese presentador sería destituido fulminantemente. Sus propios seguidores le darían la espalda irremediablemente. Las empresas se negarían a publicitarse en su programa, por más cuota de audiencia que tuviese. Con la unidad de Francia o de Estados Unidos no se juega.

    «Sentirse orgullosamente español va más allá de los 90 minutos de un partido de fútbol de la selección»

    Hay una línea roja que todos los franceses y estadounidenses, de izquierdas o derechas, republicanos o demócratas, no traspasan. Existen unos valores comunes, sensatos y razonables, que no se pisotean. En esta España cainita, iconoclasta y suicida rompimos ese límite hace tiempo. Aquí puedes insultar a tu padre o a tu madre; mentar a todos los muertos, que no pasa nada. Nadie nos pone límites. Cualquier principio o norma moral es discutido y discutible, porque estamos por encima de todo y de todos. Somos libres. O eso creemos. Y esa libertad, tan mal entendida, nos destroza.

    ¿Hay futuro, entonces, o cerramos el chiringuito? Sí, lo hay. Y este nuevo diario digital es buena prueba de ello. Una prueba pequeña, pero valiosa. Lo dijo Chesterton: las sociedades las cambian un puñado de hombres convencidos. Manos a la obra.

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