Macron ordena a los ‘afrancesados’ de Ciudadanos

    Francia es el niño malcriado de la familia: o se juega como él quiere o rompe los juguetes. Lo hicieron Francisco I, Luis XIV, Napoleón, De Gaulle y los pequeños presidentes de la V República. Ahora Macron indica a los españoles qué partidos considera indignos.

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    El presidente de Francia, Emmanuel Macron y el dirigente de Ciudadanos, Albert Rivera /EFE
    El presidente de Francia, Emmanuel Macron y el dirigente de Ciudadanos, Albert Rivera /EFE

    En uno de los mejores episodios de los Simpson, el malvado Hank Scorpio le pregunta a Homer cuál es su país menos favorito entre Francia o Italia. Homer contesta que Francia y Scorpio musita: “Je, je. No hay ninguno que diga Italia”. Ésta es, lo reconozco, la versión 2.0 de la célebre cita de Arthur Schopenhauer: “Otras partes del mundo tienen monos. Europa tiene franceses. Una cosa compensa la otra”.

    Desde hace siglos, en los asuntos europeos los franceses se han comportado como niños malcriados y celosos. Francisco I llegó a pactar con los turcos para derrotar al César Carlos porque no soportaba que el hispano-alemán le hubiese derrotado varias veces. En su enfado, permitió a los turcos establecerse en la costa francesa del Mediterráneo, donde arrasaron, profanaron, violaron y robaron.

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    Una ministra francesa ha advertido a Ciudadanos que el ‘emperador’ Macron no les permite pactar con VOX

    Luis XIV quería despedazar el Imperio español y como el león, aunque cansado y viejo, seguía siendo poderoso, propuso a los demás monarcas europeos varios repartos. Cuando su nieto recibió la corona de España, los reyes frustrados y, a la vez, animados por los anteriores planes se pusieron de acuerdo entre ellos. Europa ardió durante casi quince años.

    Napoleón Bonaparte repartió a sus hermanos varios tronos europeos como el jefe de una familia mafiosa y causó millones de muertos en su intención para convertir a Francia en el país dominante en Europa y, a la vez, en el más grande, ya que se anexionó territorios de Bélgica, Alemania, Italia y España.

    La república francesa heredó de los viejos Borbones el odio a la Casa de Austria, de tal modo que George Clemenceau contribuyó a destruir el Imperio austriaco y creó así un vacío en Centroeuropea que llenó el III Reich.

    Los presidentes de Francia contraen en su palacio el ‘síndrome de Luis XIV’, que les conduce a tratar a España y otros países como a satélites

    El general Charles de Gaulle consideró como propiedad francesa el Mercado Común Europeo y decidió quién formaba parte de él. Mitterrand trató de impedir la reunificación de Alemania. Jacques Chirac abroncó a los rumanos y búlgaros por respaldar el plan de EEUU de invasión de Irak…

    Así podemos seguir. Los presidentes franceses se pasean por Europa con los tacones del Rey Sol. Y lo malo es que los europeos les aplaudían. Ahora Emmanuel Macron, el presidente de la V República que más rápido ha perdido su aprobación popular, pretende decirnos a los españoles a qué partidos podemos votar.

    Por boca de una ministra, Macron ha mandado un mensaje a sus afrancesados de España: Ciudadanos no puede pactar nada con VOX, porque VOX es tan ultra, tan malo, tan perverso, tan populista, tan anti-euro como el Frente Nacional, el segundo partido de Francia, por cierto, que puede volver a ser el primero en las elecciones al Parlamento Europeo.

    Los ‘macronitas’ deben de pensar que Andalucía es un departamento francés con más sol que en Parías y con gente mucho más educada… y que ellos son mariscales de Napoleón, como ese ladrón llamado Soult, que se llevó de Sevilla para su colección particular la Inmaculada de Murillo.

    El viceprimer ministro italiano ha animado a los ‘chalecos amarillos’ a seguir resistiendo al Gobierno de Macron

    Un comportamiento idéntico tuvo el presidente Valery Giscard d’Estaing en los primeros años del reinado de Juan Carlos I, ya que pretendió ejercer la tutela sobre el sucesor de Franco, mientras los campesinos franceses destrozaban camiones cargados con productos agrícolas españoles.

    Lepoldo Calvo-Sotelo escribió que Giscard padeció el ‘síndrome de Luis XIV’, “que le llevaba a mirar a la nueva España democrática casi como si fuera un protectorado francés”. Para describir el carácter insoportable de Giscard los mismos franceses solían contar el chiste de que si se le invitaba a una cena, se pasaba la velada criticando la comida, tonteando con la señora del anfitrión, hablando mal de éste a los demás invitados y vaciando el mueble-bar.

    El viceprimer ministro italiano Luigi Di Maio, del Movimiento 5 Estrellas, ha animado a los ‘chalecos amarillos’ en su oposición a Macron y le ha ofrecido la experiencia informática que convirtió al M5E, fundado por Beppe Grillo, en el primer partido de Italia. Desde luego, estamos ante una injerencia política, y de mayor grado que la de Barack Obama cuando recomendó a los británicos que votasen contra el Brexit.

    París es un aliado desleal. En los años 70 y 80 amparó en su territorio a terroristas españoles e italianos

    ¿Descortesía?, ¿conspiración?, ¿‘hackers’ rusos?, ¿o ‘karma’? Los franceses empiezan a cosechar lo que han sembrado durante décadas. Por ejemplo, el socialista François Mitterrand promulgó en 1985 la doctrina que lleva su nombre por la que se negaba a Italia, socio en las Comunidades Europeas, la extradición de 300 nacionales suyos implicados en terrorismo, todos ellos de izquierdas, por supuesto. En Francia quedaron impunes y la mayoría vivió muy bien y hasta ganó dinero. En los años anteriores, el mismo Mitterrand y Giscard d’Estaing permitieron que los etarras se asentaran en el sur de Francia, donde vivían, cobraban el ‘impuesto revolucionario’, se entrenaban en el uso de armas y hasta secuestraban y asesinaban a españoles.

    ¡Cómo me gustaría que hubiera un Gobierno español que se atreviera a devolverle a Francia alguno de los muchos regalos que nos ha hecho! Mientras tanto, solo recuerdo que desde el siglo XIX todo partido o político español apoyado por París ha fracasado estrepitosamente. Los franceses, como los monos, enredan mucho y construyen poco.

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    Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).