Dos mujeres musulmanas en París.
Dos mujeres musulmanas en París.

“Querría que ni siquiera se intentara [integrar a los marroquíes en la sociedad francesa]. Nunca se integrarán. […] [La integración] es posible entre europeos, pues la trama cultural es la misma. […] Pero aquí estamos hablando de otro continente, otra religión. […] Serán malos franceses. Nunca serán franceses al cien por cien”.

¿Es Jean-Marie Le Pen quien habla? ¿Geert Wilders? ¿Jörg Haider? No, se trata del rey Hassan II, en conversación con la periodista Anne Sinclair difundida por el canal TF1 en 1993. Los estadistas árabes formulan a veces la verdad sobre el conflicto de civilizaciones con una desenvoltura impensable en los líderes europeos, amordazados por la corrección política. Recuérdese aquella otra declaración –más célebre- del presidente argelino Houari Boumédiène en 1974: “Un día, millones de hombres abandonarán el Sur para ir al Norte. Y no lo harán como amigos. Pues irán allá para conquistarlo. Y lo conquistarán con sus hijos. El vientre de nuestras mujeres nos dará la victoria”.

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La autora del libro es hija de padre árabe y pasó su infancia en Argelia, por lo que debería ser inmune a la acusación de “racismo”

Francia comienza a pensar –con sudor  frío- que los oráculos de Hassan II y Boumédiène se están cumpliendo. Proliferan libros que hablan del fracaso europeo en la asimilación de los inmigrantes de cultura islámica, así como de la incapacidad de los gobiernos para diagnosticar y corregir ese fracaso. Me ha interesado especialmente Décomposition française, de Malika Sorel-Sutter. La autora reúne cualidades que le permiten hablar del asunto con autoridad moral: hija de padre árabe y habiendo pasado su infancia en Argelia, es en principio inmune a la acusación de “racismo” que suele dirigirse contra cualquiera que denuncie los peligros de la inmigración; habiendo sido miembro del Alto Consejo para la Integración y colaborado con los Ministerios de Defensa e Interior en la época de Sarkozy, conoce de primera mano los problemas del “vivre ensemble” intercultural, así como la reticencia de la clase política a reconocerlos. El libro es en parte una denuncia del cinismo de los gobernantes: “Lo que he observado en nuestras élites es un cóctel de desfachatez, de cinismo y de indiferencia hacia la nación. Sus decisiones son tomadas bajo el sello de la inmediatez [el rédito electoral a corto plazo]. No se inscriben en una perspectiva histórica”.

Sorel entreteje la reflexión cultural-política con anécdotas autobiográficas que adquieren el valor de categoría. Por ejemplo, en los años 70 de su adolescencia argelina, las mujeres, apenas subidas al avion que les conducía a Francia, se apresuraban a despojarse de sus velos, que sabían no tendrían que utilizar en el Hexágono. Hoy ya no lo hacen. Pues Francia –declarada “tierra de Islam” por los Hermanos Musulmanes en 1989- ve crecer un rosario de “cinturones islámicos” en las grandes ciudades (que reemplazan a los “cinturones rojos” de hegemonía comunista de los Treinta Gloriosos, 1945-75) en los que la indumentaria, las costumbres, la alimentación (“halalización”, incluso en las escuelas,  para evitar conflictos) y el estatus de las mujeres se parecen más a los de una aldea del Atlas que a las de una metrópoli occidental. Son los “territorios perdidos de la República” que dieron título a una impactante obra de Emmanuel Brenner. Los enclaves de la umma en el corazón de Europa. Los barrios en los que las calles y bares pertenecen a los varones magrebíes; las zonas en las que incluso las ya escasas residentes franco-francesas asumen prescripciones islámicas (pelo recogido, nada de maquillaje o falda corta) para mejor confundirse con el paisaje. “Un pueblo dentro del pueblo, una sociedad dentro de la sociedad”, según el diagnóstico de Eric Zemmour.

¿Solucionará el problema el simple paso del tiempo? No, porque tiende a agravarse. Los inmigrantes de segunda o tercera generación se sienten menos franceses que sus abuelos. Hugues Lagrange ha certificado (en Le déni des cultures, 2010) la tendencia “neotradicionalista” de buena parte de la juventud franco-magrebí: “En materia religiosa, así como en lo que se refiere al matrimonio o a la concepción de los roles de hombre y mujer, numerosos descendientes de los [primeros] inmigrantes han adoptado posiciones hipertradicionales, rehaciendo en sentido inverso el camino que la generación de sus padres había recorrido en los años 60 y 70”. El lugar común de que el progreso tecnológico produce “ciudadanos del mundo” queda desmentido por los hechos: Internet y los vuelos baratos, al contrario, le sirven al beur para volver frecuentemente al terruño magrebí (donde podrá reclutar una prima-esposa sumisa) y para recibir adoctrinamiento islámico on line.

Los primeros inmigrantes llegaban a Francia deseando convertirse en franceses: llamaban a sus hijos Michel o Nadine, no Mohamed o Fátima (de hecho, una ley napoleónica de 1803 –significativamente derogada en 1993- impedía registrar a los recién nacidos con nombres que no perteneciesen al santoral cristiano). Pero en décadas posteriores ocurrieron dos cambios trascendentales: Francia dejó de creer en su derecho a “francizar”, y los inmigrantes árabes dejaron de creer en su deber de afrancesarse, al tiempo que se sentían cada vez más atraídos por un Islam militante resurgido de sus cenizas.

El concepto que presidió la política migratoria hasta los años 70 fue el de “asimilación”: se esperaba del inmigrante que se incorporara al “nosotros” nacional, abandonando su cultura de origen: “en Roma, haz como los romanos” (por cierto, el imperio romano mostró una gran capacidad de asimilación de gentes de todas las razas: eso sí, el aspirante a cives debía latinizar su nombre, en un gesto de adhesión a su patria electiva de imprescindible valor simbólico).

Las modas de los 60-70 deslegitimaron el concepto de asimilación, clave del éxito de Francia en la absorción de inmigrantes hasta ese momento

Pero las modas intelectuales de los 60-70 (la deconstrucción, el relativismo cultural, la “ideología del arrepentimiento” o culpabilización sistemática de Occidente y “victimización” apriorística del no occidental) deslegitimaron el concepto de asimilación, clave del éxito de Francia en la absorción de inmigrantes hasta ese momento. De la asimilación se pasó a la “integración” (que “exige esfuerzos de acomodación a ambas partes: anfitrión y huésped”; así consta en directivas europeas y leyes francesas), y de ésta a la mera “inserción” (que queda cumplida tan pronto el inmigrante obtiene papeles y un puesto de trabajo: da igual cómo piense, sienta o viva). Se pasó a considerar que exigir que el recién llegado se incorporara a la cultura anfitriona era “racismo”. Se patentó el “derecho a la diferencia”, el “derecho a la identidad cultural”. Se exaltó la “diversidad” como un valor. Se desechó la idea de asimilación en el momento mismo en que era más necesaria (pues las oleadas migratorias a partir de los 70 ya no serán de polacos, españoles o italianos –mucho más fácilmente integrables- sino de árabes y africanos).

Malika Sorel culpa de estas claudicaciones fatales a la élite intelectual y política de las últimas décadas: los intelectuales erosionaron la autoconfianza de la sociedad de acogida y convencieron a los inmigrantes de su condición de “víctimas” (si un magrebí tiene problemas de fracaso escolar, desempleo o delincuencia, la culpa es siempre del “racismo”); los políticos trasladaron esa ideología a medidas como la rebaja del nivel de exigencia en la educación (hay oposiciones en las que se han eliminado las pruebas de cultura y gramática francesas “para no penalizar a los nuevos franceses”), la reescritura penitencial de los programas escolares de Historia (que ahora transmiten una imagen negativa del país y su pasado “imperialista”), la consolidación del inmigrante en su identidad cultural originaria (con las políticas de ELCO –“enseñanza en la lengua y cultura de origen”-  implantadas en los 70 y nunca revocadas), la concesión de la nacionalidad en base a un criterio automático de ius soli (con consecuencias estrambóticas como que puedan obtener el DNI personas que apenas farfullan francés, o que no se pueda negar la entrada en el país a “ciudadanos franceses” que vuelven de hacer la yihad en Siria o Irak: en lugar de desposeerles de la ciudadanía, se les envía a “centros de desradicalización” a expensas del contribuyente).

Y, durante todo este tiempo, las voces de las escasas Casandras que rechazaban creer en las virtudes de la “diversidad” eran acalladas con el formidable argumento de que “cuestionar la inmigración favorece al Frente Nacional”. “Lepenista” ha sido una palabra-mordaza de uso parecido al de “franquista” en España. El resultado, por supuesto, es que Marine Le Pen estará en la segunda ronda de las presidenciales francesas esta primavera.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).