Con sombrero y estilográfica, iconos de mayo de 1968. /AMB-Actuall
Con sombrero y estilográfica, iconos de mayo de 1968. /AMB-Actuall

Se están publicando montones de artículos sobre los hechos de mayo de 1968, sesudos análisis, prolijas narraciones. Y por lo que llevo leído, desde la derecha no salimos de dos modelos.

Uno, el más sólido, camina a la sombra de los hechos de nuestros días, esforzándose en leer la revuelta de París y sus derivadas en el resto de Europa y en Estados Unidos como el prólogo de todo lo malo que nos está sucediendo hoy. Suele ser el análisis que firman los cronistas de más edad.

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Los autores más jóvenes se decantan por meter tropecientas citas, un montón de nombres de relumbrones izquierdistas de la época y unas cuantas hipótesis que se dirían cazadas en la Wikipedia.

“Mayo del 68 era la libertad. La osadía. El atrevimiento más descarado. ¿Pero acaso no es eso lo que cada generación hace?”

Yo no lo recuerdo así.

Mayo del 68 era romper el techo, el horizonte, el escenario sobre el que hasta aquel momento te habían preparado para que sobre él se desarrollara tu vida.

Era quebrar las normas al descubrir que ya podías decidir por ti mismo.

Era robarle a tus padres tu mayoría de edad, aunque te faltara tanto para llegar a ella.

Mayo del 68 era la libertad. La osadía. El atrevimiento más descarado. ¿Pero acaso no es eso lo que cada generación hace? Y pobre de la que no pueda o no sepa. Nada más patético que los andrajosos mentales de Podemos, con su cuarentena a cuestas, haciendo la revolución que debían haber hecho a los 16.

Mayo del 68 era un mocoso como yo escribiendo artículos sobre las barricadas del Barrio Latino en el periódico del cole. Recuerdo haber dado incluso alguna charla en los colegios de la zona. ¿Cabe mayor desfachatez? Porque mayo del 68 fue toneladas de desfachatez llevada al extremo.

“No se trata de que en España viviéramos en tinieblas hasta el 30 de abril de 1968 y un mes después se nos encendieran las bombillas. En absoluto”

Fueron mis profesores más jóvenes escapándose un fin de semana a París en seiscientos y dos caballos abarrotados, y regresando el lunes por la mañana con otra cara, con otra luz en la mirada, con una sonrisa de oreja a oreja y muchas ganas de enredar.

Era sexo. De repente, sexo. Sexo por todas partes. Descubrir que lo que había al lado era un colegio de chicas y que a ellas les estaba pasando exactamente lo mismo que a nosotros.

Era entrar en el mundo misterioso y fascinante de la clandestinidad, un nombre de guerra, citas en clave, vietnamitas y hojas ciclostiladas, octavillas y grises, reuniones clandestinas dirigidas por chicos unos pocos años mayores que tú… y que hoy son reputados catedráticos de Derecho Constitucional y deambulan por los pasillos de las más altas instituciones.

Cuando estos días, leyendo tanto artículo ad hoc, pienso en mayo del 68 lo primero que me viene a la mente es la idea de color. De luz.

Pero no la luz de la que hablan los articulistas progres cuando escriben sobre aquellos días, no se trata de que en España viviéramos en tinieblas hasta el 30 de abril de 1968 y un mes después se nos encendieran las bombillas. En absoluto.

Mayo del 68 no cambió la atmósfera, ni el aire que respirábamos, ni la luz que nos rodeaba. Solo le puso la fecha. Solo eso. Porque aquella generación ya vivía en el posfranquismo.

Los arriba mencionados andrajosos mentales creen todavía hoy que Franco no ha muerto. Pero a decir verdad Franco murió no en 1975 sino a mediados de los 60. Y cuando llegó mayo del 68 ya vivíamos una transición que se parecía mucho a cuando te metes en el cacharro de una montaña rusa y llega la bajada.

Mayo del 68 le puso nombre a la cosa, la colocó en el calendario, nos vistió de manera diferente a nuestros padres, nos alejó, ay, del mundo de nuestros abuelos, e inauguró el siglo XXI.

Perdimos algunas cosas valiosas. Muy valiosas. A decir verdad, perdimos las cosas más valiosas. ¿Pero cómo te vas a dar cuenta de esa pérdida cuando estás rompiendo la cáscara del huevo y empiezas a asomar el pico al mundo?

Desaparecieron los sombreros. También las corbatas, pero a mi me duele más el destierro del sombrero. Y desde que la cultura occidental dejó de utilizar sombrero, todo ha sido deterioro.

Desaparecieron las plumas estilográficas porque parecía más moderno escribir con esa porquería de invento que es el bolígrafo. Y aquel inmenso error nos ha traído el infierno analfabeto de nuestros días. Porque con un bolígrafo puedes hacer agujeros en la camisa, pero no escribir.

Mayo del 68 nos trajo la muerte de la escritura y sus daños colaterales, la muerte del arte de leer, el pensamiento taxímetro a 140 caracteres la reflexión, el destierro de la razón y por fin la muerte del pensar.

Así que déjate de monsergas, recupera el sombrero y la estilográfica y cambiarás el mundo.

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Jamás pensé que uno pudiera ganarse la vida hablando de la vida de los otros, así que sigo creyendo que no soy un periodista. Dicen que éste, el segundo oficio más viejo del mundo (el que estás pensando es el tercero), se ha profesionalizado. Yo me dedico a intentar disimularlo. Este es mi blog http://mvidalsantos.tumblr.com/