Microprogresismos

    El progresista está obsesionado con el poder, aunque supuestamente sea para considerarlo algo odioso. Lo cual concuerda significativamente con el ansia de tantos autodenominados progresistas por conquistar el Estado y ponerlo a su servicio.

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    El presidente de EEUU, Barack Obama, nada más aterrizar en La Habana (Cuba)
    El presidente de EEUU, Barack Obama / EFE

    De un tiempo a esta parte se ha puesto en circulación el término micromachismos, esto es, conductas o actitudes que supuestamente ponen de manifiesto la persistencia de estereotipos machistas en nuestra sociedad. Veamos un ejemplo.

    Recientemente, Actuall nos informaba acerca del caso de Mila Kunis, una actriz que ha denunciado las amenazas laborales que recibió de un productor de Hollywood, el cual pretendía obligarla a posar “semidesnuda” para promocionar una película.

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    La actitud de Kunis, resistiendo las presiones y denunciándolas, es valiente y digna de elogio. Lástima que la haya desvirtuado un tanto, al meter en el mismo saco a otro productor por una «microagresión», así catalogada por el simple hecho de haber mencionado en unos correos bienintencionados que ella iba a tener un bebé con un conocido profesional del mundo del cine.

    Mila Kunis
    La actriz Mila Kunis

    Para Kunis, aludir a su noviazgo y maternidad «redujo mi valor a nada más que mi relación con un hombre exitoso y mi capacidad para tener hijos». Pues bien, esta susceptibilidad paranoide caracteriza al feminismo más histérico que emplea la palabra «micromachismos».

    Igualdad y libertad

    En justa correspondencia, podríamos hablar perfectamente de «microhembrismos». Yo los definiría como esa clase de cantinelas, muletillas y estribillos, diariamente difundidos por nuestros diligentes medios de comunicación, a fin de recordarnos que debemos combatir el heteropatriarcado sin descanso.

    Así sucede con el «ciudadanos y ciudadanas», el «todos y todas» (pero no el «corruptos y corruptas») o con la obsesión paritaria, que llega a extremos ridículos cuando alguien se dedica a contar el número de mujeres que hay entre las cien primeras fortunas de la revista Forbes, para lamentar su baja proporción. Como si existiera un derecho inalienable a ser multimillonario (¡y multimillonaria!).

    El problema de intentar una definición a partir de conceptos tan genéricos es que casi todo el mundo podría reconocerse bajo la etiqueta de progresista (¿quién está a favor de la desigualdad y la discriminación?)

    Si quieren que les diga la verdad, a mí el neologismo «microhembrismo» se me queda corto. Permítanme que les sugiera otro de mayor alcance: microprogresismo. Pero antes de entrar en concreciones, resulta ineludible aclarar lo que entendemos por progresismo, a fin de disipar las equívocas vaguedades que abundan al respecto.

    Si preguntamos al azar a cualquier transeúnte qué le sugiere el término progresismo seguramente nos dirá algo relacionado con la igualdad, la libertad y que no existan discriminaciones. El problema de intentar una definición a partir de conceptos tan genéricos es que casi todo el mundo podría reconocerse bajo la etiqueta de progresista (¿quién que pertenezca a la cultura occidental está a favor de la desigualdad y la discriminación?), pero en la práctica sabemos que esto no es así.

    El pueblo y la gente

    Mi propia definición de progresismo trata de conjurar ese peligro semántico mediante las palabras que destaco en cursiva. Progresismo sería aquella visión del mundo que lo interpreta todo o casi todo, de manera exclusiva o preponderante, en clave de opresores y oprimidos, es decir, de lucha por el poder.

    Progresista no es simplemente quien denuncia que existen opresores y abusadores en numerosos ámbitos, pues eso cualquiera lo puede ver. El progresista va más allá, y lo analiza prácticamente todo (desde las relaciones de pareja hasta los tratados internacionales de comercio) en términos de una parte dominante y otra dominada.

    El progresista está obsesionado con el poder, aunque supuestamente sea para considerarlo algo odioso. Lo cual concuerda significativamente con el ansia de tantos autodenominados progresistas por conquistar el Estado y ponerlo a su servicio, por mucho que ellos no se cansen de repetir que sea por el pueblo o «la gente».

    Una definición similar a la que formulo aquí ha sido propuesta por algunos autores para el concepto «corrección política». Sin embargo, mientras que por lo general nadie admite ser políticamente correcto, sino que, desde las ideologías más antitéticas, todo el mundo presume de lo contrario, son legión quienes militan orgullosamente en las filas del progresismo.

    Literatura de autoayuda

    Ahora va a ser fácil precisar el sentido del derivado léxico microprogresimo. Nos referiríamos con él a esas actitudes y expresiones que, sin enunciar explícitamente un concepto político, o incluso manifestándose en contextos francamente apolíticos, no hacen más que reproducir y reforzar los esquemas mentales del progresismo.

    Tras un siglo largo de vanguardias, en las que hemos visto a «artistas» que exponen sus propios excrementos resulta que el máximo elogio es que una obra sea «transgresora» o «rompedora»

    Debo confesar mi debilidad por los microprogresismos que abundan en el campo del arte. No hay día que cualquier informativo de televisión, reseña de suplemento cultural o entrevista de contraportada se refiera a alguna obra de arte como “transgresora”. Tras un siglo largo de vanguardias, en las que hemos visto de todo (incluyendo a “artistas” que exponen sus propios excrementos –literalmente) resulta que el máximo elogio que a muchos se les sigue ocurriendo, es que una obra sea “transgresora” o “rompedora”, sin quedar siempre claro de qué reglas ni por qué causa.

    Esto por supuesto está relacionado con la idea de que vivimos inmersos en unas estructuras de dominación omnipresente contra las que hay que luchar sin tregua. Análoga concepción se puede hallar en la infinita literatura y paraliteratura de “autoayuda”, casi invariablemente dedicada a desechar cualquier sentimiento de culpa individual, lo cual es condición inexcusable para sociologizar el mal por definición, según pretende la cosmovisión progresista.

    Si hubiera que dar ejemplos concretos de microprogresismos, no acabaríamos. Así que me limitaré a uno reciente, que me atrevería a calificar de delicioso, si no fuera por la trágica noticia que le da origen.

    Los recortes que matan 

    Hace unos días supimos que una niña de doce años había muerto a consecuencia de un coma etílico, mientras participaba con sus amigos en un «botellón». Más allá de las circunstancias de un suceso tan triste, que no conozco en detalle, la reacción de cierto periodismo fue todo un ejemplo de microprogresismo en acción. Una redactora de El Mundo recababa las palabras de algunos jovenes que se lamentaban de «las pocas opciones de ocio que hay en el municipio«, extendiéndose sobre el particular una buena parte de su artículo.

    El microprogresismo es exactamente esto: ideología en dosis convenientemente diluidas para que no sea apreciada, y que gradualmente nos habitúan a ingerir cantidades mucho mayores

    Atención al concepto: hay jovenes que se embriagan hasta el coma etílico porque existe una carencia de ocio organizado por la administración. Por los autores de «Los recortes en sanidad matan» llega ahora: «Los recortes en cultura y deportes matan».

    Por lo demás, noten cómo esos adolescentes, convenientemente seleccionados por nuestra reportera, han asimilado el discurso victimista, esgrimido por todo colectivo que aspire a su parte del botín presupuestario. O mejor dicho, por todo avispado que pretenda la representación remunerada a tiempo completo del colectivo que se preste, desde los sindicatos de estudiantes hasta Podemos.

    El microprogresismo es exactamente esto: ideología en dosis convenientemente diluidas para que no sea apreciada, y que gradualmente nos habitúan a ingerir cantidades mucho mayores. Se empieza pensando «si me emborracho no es mi culpa» y se acaba creyendo que la culpa de todo la tienen el heteropatriarcado o el IBEX 35.

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    Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.