"Ni la derecha ni la izquierda constituyen refugio alguno para quienes aman a Dios", señala Rodríguez Braun

Si miro a la derecha, veo que no hay quien me mire con benevolencia”. Sal 142, 5.

Hay socialistas, e incluso comunistas, que son religiosos. Y al revés. Pero ni siquiera los más devotos podrían proclamar que el socialismo es el mejor amigo de los creyentes. El socialismo, en efecto, ha sido siempre y en todas sus variantes hostil a las religiones judeocristianas.

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No digo, por supuesto, que haya sido siempre igualmente hostil. Los nacional-socialistas y los comunistas llevaron su odio a los credos judeocristianos hasta el genocidio. Por detenernos en nuestro país, más de siete mil monjas y curas fueron asesinados antes y durante la Guerra Civil por el bando supuestamente progresista y defensor de la democracia.

Los últimos Papas, incluido Francisco, han procedido a unas justas canonizaciones de muchos de estos mártires. No es necesario extendernos en los crímenes de los nazis alemanes contra los judíos, ni en los de los comunistas rusos contra los religiosos cristianos ortodoxos.

“Tanto la derecha como la izquierda, a quien aman de verdad, no es ni a Dios ni a la libertad, sino al Estado”

Los tiempos han cambiado, y la actitud de los socialistas parece más vegetariana y menos carnívora, pero no por ello suele ser particularmente amigable. En algunas formaciones de la izquierda, el asalto a una capilla universitaria, por ejemplo, catapulta a quienes la asaltan hacia altos cargos en el ayuntamiento de la primera ciudad de España.

Aunque afortunadamente ya lejos de los asesinatos masivos, la anti-religiosidad de socialistas, comunistas y populistas continúa con buen pie y es, por tanto, previsible. Uno puede ser judío o cristiano y de izquierdas, por supuesto, pero se mantiene la tradición de una actitud en general poco amistosa entre esas opciones políticas y dichas religiones.

Un problema distinto, y descorazonador para muchos, es lo que sucede cuando uno mira a la derecha. Numerosos votantes y simpatizantes de las opciones políticas más conservadoras, y que a la vez son personas creyentes y practicantes, han quedado en bastantes ocasiones sumidos en la zozobra y el desconcierto ante los ataques que la derecha perpetra contra sus valores y creencias.

Supongo que casi todos se habrían identificado con el lamento que recoge el salmo que encabeza este artículo.

Sospecho que, en este caso como en otros, ni la derecha ni la izquierda constituyen refugio alguno para quienes aman a Dios, como tampoco lo constituyen para quienes aman la libertad. Y por el mismo motivo: porque tanto la derecha como la izquierda, a quien aman de verdad, no es ni a Dios ni a la libertad, sino al Estado.

Dalmacio Negro Pavón, con su habitual maestría, resume la cuestión en su ensayo: Una respuesta ateiopolítica al silencio de Dios (Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 2009). El Estado sustituye el derecho por la legislación, e impone desde ella el bien, excluyendo lo espiritual.

“Rousseau prefería el Islam al cristianismo en el último capítulo del Contrato Social”, explica Dalmacio Negro

“El Estado, dios mortal, al encarnar la voluntad general de la Nación, tendencialmente no excluye nada de su ámbito de competencias… Si antes orientaba la religión las normas de conducta, ahora las dicta la política como la moral de la religión secular, y el Estado, que monopoliza la política, deviene una suerte de Estado-Iglesia”.

He subrayado la hostilidad de los socialistas ante las religiones judeocristianas. El profesor Negro añade un dato revelador: el antiliberalismo ha sido más atraído por el islam, por su dimensión claramente política: “La teología musulmana, para la que la religión y la política son hermanas gemelas, es directamente teología política”.

Y añade que esto no es una novedad: “Rousseau, seguramente el profeta principal de la religión secularista, prefería instintivamente por esta causa el islam al cristianismo en el último capítulo del Contrato Social”.

En fin. Hemos empezado con un salmo, y conviene terminar con otro. Apenas dos versículos después del citado, aparece esta prudente petición a Dios: “Líbrame de quienes me persiguen, pues son ellos los más fuertes”.

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