No es un golpe de Estado, es algo peor

    El Gobierno, apoyado por los secesionistas, parece dispuesto a subvertir el orden constitucional y dar paso a un acuerdo político sobre bases nuevas.

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    El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, interpela al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez en una sesión de control al Gobierno en el Congreso. /EFE
    El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, interpela al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez en una sesión de control al Gobierno en el Congreso. /EFE

    Pablo Casado sube al atril del Congreso, y con voz firme, sin mirar un papel, le interpela al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en estos términos: “¿Usted no se da cuenta de que es partícipe y responsable de un golpe de Estado que se está perpetrando ahora mismo en España? ¿Usted no se da cuenta de que tiene ese escaño gracias a que Esquerra Republicana, gracias a que el PDCaT, gracias a que Podemos, le ha prestado su alojamiento en La Moncloa?”. Y “¿cómo viene aquí a hablar del Brexit si es presidente gracias a quienes quieren romper España?”. Dos errores, dos, del líder del Partido Popular.

    El segundo es fácil de identificar: La Unión Europea no es una nación, sino un acuerdo entre diversas naciones soberanas, que igual que tomaron la decisión de unirse para favorecer un progreso común, pueden decidir que se separan cuando entienden que sus intereses están mejor servidos fuera. ¿Qué tiene que ver eso con el intento de romper España, una comunidad política muy antigua, muy asentada, y que sólo se ha puesto en peligro por los intereses inconfesables de unos pocos centenares de políticos? Nada.

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    Pero el primero es un error más difícil de advertir: el de considerar que lo que hay en España es un golpe de Estado. Seré indulgente, pues, con el líder popular. Y no es el último motivo el hecho de que, con mi reflexión atropellada por la actualidad, yo haya cometido el mismo desliz.

    Casado ha sido muy criticado por sus palabras. Bien está. El joven diputado tiene una envidiable capacidad de despertar un odio africano en la izquierda española. Ese torrente de animadversión es la prueba de que él ha decidido ser un hombre de derechas, un acto de valentía y de honradez encomiable.

    Las críticas van todas en el mismo sentido. El diario ABC, al que he llegado a conocer como un periódico conservador, calificaba sus palabras de “durísimas”. Más interesantes son las críticas que vemos en eldiario.es, el yate que gobierna Nacho Escolar. Íñigo Sáenz de Ugarte tira de manual para decir que un golpe de Estado tiene los siguientes elementos: El uso de la fuerza, el objetivo de controlar las instituciones del país, y se realiza por personas o grupos que operan dentro de las estructuras del Estado.

    Con estos ingredientes tiene que cocinar un veredicto de culpabilidad de Pablo Casado, pues ese es el gusto del diario en el que escribe, su docta dirección, sus lectores, y sus stakeholders, como se dice ahora.

    Pablo Casado no se ha pasado. Se ha quedado corto, porque esto no es sólo un golpe de Estado; es algo peor

    Desecha el argumento del agente (deben operar dentro del Estado) demasiado pronto. Los líderes independentistas sólo controlan una Comunidad Autónoma, y ésta tiene un carácter “subordinado”, dice, al Estado. Lo cual no es exacto. Tiene un carácter subsidiario, pues son una creación del Estado, que delega sus poderes, los transfiere. Pero el Ejército es también sólo parte del Estado, y tiene un carácter subordinado, ahora sí, al Gobierno, y nadie dirá que una asonada no es un golpe de Estado por estar el Ejército supeditado al poder civil.

    El argumento de la fuerza pudiera ser más prometedor para la cocina de Sáenz de Ugarte. Pero lo utiliza con desmayo: “La Generalitat no tuvo fuerza suficiente para que esas leyes tuvieran efectos jurídicos”. De modo implícito reconoce el uso de la fuerza, aunque esconde la evidente mención a los Mossos d’Esquadra. Porque fuerza sí hubo, y se opuso a la que pudieron ejercer la Policía y la Guardia Civil. Lo que no hubo es sangre porque, como reconocen varios secesionistas, a los cabecillas del movimiento les falta el coraje de reconocer que una secesión sin muertos es una quimera. Pero fuerza hubo. Una cantidad infinitesimal en comparación con la que hubiera sido suficiente, pero esa es una cuestión de medida, no de categoría.

    Los independentistas (siguen reconociendo su espíritu de colonia) se aferran a la pretensión, ilusoria, de quedarse con una parte de España sin muertos. E incluso así han tenido que controlar a la guardia regional, y ponerla al servicio de sus propósitos.

    Pasa por encima de los objetivos, cuando aquí le corresponde una parte alícuota de razón. Si el objetivo ha de ser controlar el poder, el de los independentistas es lograrlo en una parte de España. Aunque tendrían que hacerlo contra la voluntad del conjunto del país, eso sí. Pero aquí ha dudado el autor, y ha preferido envainársela.

    Y, sin embargo, Íñigo Sáenz de Ugarte no recorre todo el camino que le llevaría a concluir que esto no es un golpe de Estado, o sólo un golpe de Estado. Él señala que los golpes que conoce se gestan a la sombra del poder que quieren derrocar, para partir con la ventaja del regateador: aprovechar el factor sorpresa, y este es un proceso ¡procés!, que se anuncia desde las mismas instituciones regionales, y de forma sistemática desde 2012 si no, como podría haber argüido Sáenz de Ugarte para reforzar sus tesis, desde 1978.

    Sólo por este elemento, el carácter de “golpe de Estado” queda algo desdibujado. Pero el analista lo deja donde la cosa empieza a ponerse interesante. Porque de lo que hablamos no es de un golpe de Estado, o sólo de eso, sino de algo más grave por dos motivos.

    El primero es que este movimiento tiene un carácter revolucionario. Y vive Dios que las revoluciones sí se anuncian. Están apoyadas por una parte, da igual que sean mayoritarias o minoritarias, de la sociedad; una parte movilizada y gregaria. Y quieren subvertir el orden político o social del momento. Y eso, exactamente eso, es ante lo que estamos. No podemos mirar a Cataluña de forma aislada. Primero, porque el Gobierno, apoyado por los secesionistas, parece dispuesto a subvertir el orden constitucional y dar paso a un acuerdo político sobre bases nuevas. Ya hay un documento sobre la mesa, titulado Renovar el pacto constitucional.

    El segundo motivo es que un golpe de Estado no pone en cuestión cuál es la comunidad política. Esa comunidad es el origen del Estado, y el golpe es sólo para ocupar el control del mismo. Aquí hay gente que pretende que Cataluña es una comunidad política propia, una nación, separada y distinta del resto de España.

    De modo que Pablo Casado no se ha pasado. Se ha quedado corto, porque esto no es sólo un golpe de Estado; es algo peor.

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    José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.