Donald Trump (presidente de EEUU), Kim Jong Un (líder norcoreano) y Nicolás Maduro (presidente de Venezuela)/Actuall.

En cosa de una semana, Donald Trump ha amenazado a Pyongyang con “fuego y furia”, con una reacción a sus amenazas de una violencia como jamás ha conocido el mundo, y ha dejado claro que, en la crisis venezolana, la intervención militar no está ni mucho menos descartada. No está mal para el presidente que la prensa presentaba como ‘aislacionista’.

Si Trump es un veleta de la política, un megalómano que mintió con toda la boca en su campaña o, simplemente, ha perdido la batalla contra la ‘ciénaga’ de Washington, constituye una fascinante discusión académica, no voy a negarlo.

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Pero el hecho incontestable es que los ‘halcones’ americanos vuelven a tener la voz cantante en el país, más decididos que nunca a reforzar el papel de América como gendarme mundial.

Pero, al fin, ¿quién puede estar en desacuerdo con pararle los pies a un tirano de fábula como Kim Jong-Un? ¿Cómo seguir ignorando indefinidamente las bravatas y amenazas del tercer representante de una dinastía que somete a su pueblo a la miseria, la opresión y el miedo?

Y aquí es donde yo tengo que distanciarme, no sin dolor, del grueso de mis amigos y de quienes en muchos otros asuntos son mis caros aliados ideológicos.

Empecemos por lo obvio: sí, naturalmente, el régimen norcoreano es demencial. Y sí, claro, bajo su férula sufren millones de personas. No hay equidistancia posible. Pero nos hemos acostumbrado a la narrativa de que, si algo es malo, cualquier propuesta para acabar con ello tiene que ser aplaudida.

Por ejemplo, ¿no les ha pasado a ustedes criticar como absurda, inútil, contraproducente y sectaria la Ley de Violencia de Género y ser inmediatamente acusados de partidarios del maltrato?

En nuestra rápida carrera hacia la absoluta irracionalidad, la idea de que una propuesta de solución sea ineficaz o incluso peor que el problema se ha vuelto irrelevante

En nuestra rápida carrera hacia la absoluta irracionalidad, la idea de que una propuesta de solución sea ineficaz o incluso peor que el problema se ha vuelto irrelevante, como si las buenas intenciones y los ‘pensamientos puros’ bastaran para arreglar el mundo.

Y en este apartado, en concreto, ese mecanismo mental se da más que en otros. Saddam mataba a centenares de kurdos, así que está justificado iniciar una guerra que mate centenares de miles de iraquíes y deje el país hecho unos zorros.

El problema es que la vida real, no digamos la geopolítica, no es una película. No llega Rambo, mata a los malos -y solo a los malos- y todo es luego alegría y regocijo. Podemos llorar por el niño rescatado de los escombros en Alepo o por los muertos en un (supuesto) ataque químico, pero sin olvidar que el remedio propuesto, la guerra, significa muchísimos más muertos y más niños bajo los escombros, esta vez también por culpa de ‘nuestras’ bombas.

Eso, naturalmente, sin contar con que ni una sola de las guerras que se han iniciado en las últimas décadas -quizá ninguna en la historia- ha ido como preveía quienes las iniciaron. No suele pasar. Las guerras se sabe cómo empiezan, no como terminan.

Pongamos el caso norcoreano. Pueden pasar dos cosas: o Pyongyang tiene un arsenal nuclear operativo o no lo tiene o no está dispuesto a desplegarlo. En el segundo caso, la guerra se habría iniciado con una excusa falsa y por una razón injusta, y Washington habría engañado al mundo, me temo que no por primera vez.

 Si un misil nuclear perdido de los que lancen contra Corea alcanza su objetivo, la mortandad puede ser espectacular

Pero pensemos por un momento en la primera opción. Seúl, donde vive más o menos la mitad de los surcoreanos, está a tiro de piedra, como quien dice, de la frontera con su vecino del norte, cuyo ejército lleva décadas entrenando específicamente para invadir la capital surcoreana. Si un misil nuclear perdido de los que lancen contra ella alcanza su objetivo, la mortandad puede ser espectacular.

Económica y tecnológicamente, Corea del Sur no es en absoluto insignificante. La disrupción que traería la guerra significaría la quiebra de muchas empresas en todo el mundo. Luego está Japón, también a tiro de los misiles de Kim.

Pero, sobre todo, está China. Beijing lleva años afianzándose como potencia regional, y se siente lo bastante segura como para tenérselas tiesas a Washington en su ‘patio trasero’, el Mar de China, donde está construyendo a toda velocidad bases militares en cada islote de su mar.

China, el máximo acreedor de Estados Unidos, no va a quedarse de brazos cruzados ante un ataque preventivo americano contra su incómodo aliado

China, el máximo acreedor de Estados Unidos, no va a quedarse de brazos cruzados ante un ataque preventivo americano contra su incómodo aliado, por la sencilla razón de que eso supondría tener al enemigo puerta con puerta.

Y eso ya son palabras mayores: imaginen un millón de soldados entrando en Corea del Norte para impedir una invasión americana. O, sencillamente, imaginen el caos en la economía mundial que podría desencadenar una crisis con China. Las últimas recesiones mundiales nos iban a parecer un día de campo.

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Traductora, inconformista, muy suya, amante del periodismo con y sin papel, y sobre todo lectora: ésa es su verdadera vocación. Y por ese orden: primero leer y luego escribir.