Unos montañeros recorren un glaciar.
Unos montañeros recorren un glaciar.

¡Qué impresionante (y cansado) es pasear por la alta montaña y ver los neveros, los bloques de hielo y los lagos glaciares! Te encuentras en un paisaje desolado, cubierto de piedras trituradas por el peso de toneladas de hielo durante miles de años, y sin plantas ni animales.

Muchos creen que esas zonas son una sucesión de postales alpinas, como los que están convencidos, gracias a las novelas de Agatha Christie y las películas históricas, de que Inglaterra es una inmensa campiña verde en la que unas entrañables solteronas resuelven asesinatos cometidos por mayordomos en las mansiones de los lores, que abundan como las setas.

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El derretimiento de los glaciares de los Pirineos provoca lágrimas en quienes creen que la alta montaña es una postal alpina

Expliquemos obviedades. Los glaciares nacen en las glaciaciones, unos períodos en que la temperatura de la Tierra baja, por causas que todavía se desconocen, y por tanto se extienden los hielos de los casquetes polares y las cumbres de montaña. La última, la Glaciación Wurm, también llamada Edad de Hielo, comenzó hace unos 110.000 años y concluyó hacia el 10.000 antes de Cristo.

El período posglacial en el que nos encontramos  (o sea, de calentamiento respecto al frío precedente) se llama Holoceno y en él se han desarrollado las grandes civilizaciones y la Humanidad ha pisado la Luna. Por el contrario, los seres humanos que vivieron en la Edad de Hielo se enfrentaron a unas condiciones naturales muy adversas.

Aparte del frío y la disminución de especies animales y vegetales, esos humanos tuvieron que emigrar en busca de tierras cálidas o simplemente cultivables y de animales para cazar. Muchos de los países que hoy se encuentran entre los más ricos, como Suecia, Noruega, Canadá y Suiza, estaban sepultados bajo hielo. Los glaciares bloqueaban el curso de los ríos, con lo que el aporte de agua a los mares bajó y el nivel de éstos disminuyó. Las costas marítimas retrocedieron entre 100 y 200 metros. Entre otras desgracias, la Edad de Hielo fue una época de bajas precipitaciones.

El período interglacial en el que vivimos desde hace más de 10.000 años ha sido el más fructífero para la Humanidad

En la Península Ibérica el mayor lago glaciar es el de Sanabria, en la provincia de Zamora, a solo 1.000 metros de altitud sobre el nivel del mar, y hubo glaciares en Sierra Nevada, en Andalucía, lo que permite hacernos una idea de la extensión del hielo.

Los glaciares de los Pirineos por cuya desaparición lloran los ecologistas como el diputado Juan López Uralde son los restos de una descomunal masa de hielo que cubrió la cordillera a lo largo de más de 300 kilómetros, con una anchura de 50 kilómetros. Las nieves perpetuas bajaron hasta los 1.800 metros de altitud. Las lenguas de los mayores glaciares de la vertiente sur tuvieron 500 metros de espesor y morían a solo 800 metros de altitud. Los terrenos sobre los que se asientan las poblaciones de Benasque, Bielsa y Andorra estaban bajo una capa de hielo de cientos de metros.

Es decir, cuando no había calentamiento global, en los Pirineos no vivía nadie, ni había bosques ni ríos, ni prados, ni vaquitas, ni humanos, ni pistas de esquí, ni chalés… solo devastación, soledad y peligro para quien se aventurase en esa región.

Por mucho que les asombre a los ecologistas y urbanitas, el clima no se somete a modelos matemáticos. En los último miles de años, los glaciares de los Pirineos avanzaron y retrocedieron en función de las fases más frías o más calurosas que duraban cientos de años.

Los glaciares del Aneto, del Monte Perdido y de la Maladeta iniciaron su retroceso a principios del siglo XIX

Entre los siglos X y XIV, se produjo el Óptimo Climático Medieval, en que la temperatura media en Europa y el Atlántico norte fue  superior a la que tenemos ahora. Ese cambio climático trajo más humedad y permitió más cultivos, pero también se le achacan las invasiones vikingas y la Peste Negra. A continuación, se produjo la Pequeña Edad de Hielo, cuyo nombre es lo suficientemente descriptivo.

En El siglo maldito: clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII, el historiador Geoffrey Parker relaciona las conmociones políticas y sociales ocurridas en todo el mundo en ese siglo con una coincidencia de desastres naturales, como las temperaturas más bajas en mil años, terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas y El Niño. La población disminuyó por las enfermedades, las guerras y la mala alimentación.

En esos años, los glaciares pirenaicos alcanzaron su mayor extensión en la era cristiana. En cuanto concluyó la Pequeña Edad de Hielo, a principios del siglo XIX, empezaron a retroceder debido a menos nevadas y menos frío. Entonces no existían automóviles ni patinetes eléctricos, ni se quemaba petróleo ni se deforestaba la selva para alimentar ganado. Es decir, la naturaleza los creó y la naturaleza los elimina.

Los ecologistas y los urbanistas idealizan un pasado que no conocieron y en el que muchos de ellos no habrían sobrevivido

De mantenerse la tendencia climática empezada en el siglo XIX, en unas pocas décadas desaparecerán los glaciares de la Península Ibérica y solo dejarán tras de sí unos pocos ibones. Pero, ¿voy a llorar yo por su fundición? No. Son restos de una época aterradora en que la vida humana fue mucho más difícil, tanto que los ‘salvamundos’ como López Uralde no habrían sobrevivido.

Los glaciares, cuyo empequeñecimiento provoca en los más tontos de nuestros congéneres quejidos como “¡La Humanidad está destruyendo el Planeta!”, eran aterradores y amenazantes para nuestros antepasados no hace más de dos siglos.

Quienes viven pendientes de idealizar un pasado que no conocieron y están obsesionados con detener el tiempo en un momento escogido por ellos, ¿no reciben el nombre de inmovilistas?

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Cuando me digo por las mañanas que el periodismo es lo más importante, me entra la risa. Trato de tomarme la vida con buen humor y con ironía, porque tengo motivos para estar muy agradecido. Por eso he escrito un par de libros con mucha guasa: Bokabulario para hablar con nazionalistas baskos, que provocó una interpelación en el Congreso por parte del PNV, y Diccionario para entender a Rodríguez el Progre. Mi último libro es 'Eternamente Franco' (Homo Legens).