El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias y el presidente de Vox, Santiago Abascal.
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias y el presidente de Vox, Santiago Abascal.

Nunca pensé que unos neanderthales ideológicos como Podemos dieran tanto de sí, y que unas criaturas salidas del jurásico marxista, después de la última glaciación (1989, caída del Muro), llegaran tan lejos. Pero ahí estaban: haciéndose con varas de alcalde tras las municipales de 2015; entrando en el Parlamento, tras las elecciones generales de ese año; y logrando hasta 67 diputados tras los comicios de 2016 ; o propiciando -junto con los separatistas- la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa, tras la moción de censura contra Rajoy.

Pero el fuego que iba a poner patas arriba el sistema se apaga como una bengala de las fiestas patronales. Cinco años. Eso es lo que ha durado.

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Razones más obvias de la implosión: la primera es el propio Pablo Iglesias, y su concepción estalinista del poder. Estalinista y nepotista (al colocar a su pareja Irene Montero de portavoz); si quieren saber el por qué de la espantada de su ex-amigo Errejón o de Ramón Espinar contemplen la película La muerte de Stalin. Viendo las puñaladas traperas, traiciones y conspiraciones de los Beria, Malenkov o Kruchev no se sabe si reir o llorar.

Después, tenemos la pésima gestión de los ayuntamientos que gobiernan; y sobre todo la incoherencia de un partido nacido para acabar con la casta que se ha convertido en casta tan pronto como ha catado la púrpura y la chequera.

Bajo el disfraz de la alternancia democrática, PP y PSOE han forjado un duopolio blindado ante intrusos y advenedizos

Pero hay una razón menos evidente, aunque tan clara como la famosa ‘Carta robada’ de Poe, que todos buscaban infructuosamente a pesar de que estaba a la vista, en un tarjetero. Se trata del bipartidismo. Bajo el disfraz de la alternancia democrática, PP y PSOE han forjado un duopolio blindado ante intrusos y advenedizos.

El Jano de dos caras que gobierna España desde la Transición (lo de UCD fue un accidente) es como esas mafias sicilianas que no comparten el poder con nadie que no sea de la “familia”. Y Podemos no lo es. La prueba es que todas las ‘terceras vías’ entre PP y PSOE han fracasado: desde la operación Roca a UPyD…; o todavía no han triunfado: caso de Ciudadanos (y está por ver que lo consiga).

Y quienes se han repartido el poder han sido PP y PSOE, jugando con los nacionalistas vasco y catalán como comodines-bisagra. El ejemplo más reciente ha sido el PNV propiciando que Sánchez ganara la Moncloa, al apoyar la moción de censura.  

Es una vieja tradición que se remonta a la Restauración de finales del siglo XIX cuando el conservador Cánovas y el liberal Sagasta se alternaban en el Gobierno (primero voy yo, luego te toca a tí…), haciendo un poco de teatro. Y que fue reeditada con PP y PSOE, tras el paréntesis de Franco, cuando llegó Transición a la democracia.

En este duopolio, exclusivo club solo para iniciados, no caben ni los experimentos, ni los nuevos ricos de la política, por más que  fenómenos inéditos (como la globalizaciones o las crisis económicas) parezcan alterar el statu quo del bipartidismo.

Ahora bien, si Podemos, con toda la fuerza con la que irrumpió en escena, que parecía que se iba a comer al PSOE, ha terminado en la descomposición y la irrelevancia, ¿qué pasará con Vox, el “Podemos de la derecha” -para entendernos-?

Comparte con los podemitas, cierto aroma antisistema, y su afán por sintonizar con un electorado huérfano y con una ciudadanía despreciada por las élites. Pero corre el peligro de acabar convirtiéndose en lo mismo que critica: establishment.

En el pacto de investidura de Andalucía, Vox ha hecho todo lo posible por dejar su impronta y diferenciarse del PP, pero éste ya le está empezando a asfixiar con el abrazo del oso. En concreto, aceptando la creación de una consejería de la familia, pero añadiendo una “S” (familias), lo que desnaturaliza por completo la propuesta de Vox. La “S” de más abre la puerta al lobby LGTB, que es justamente lo que el partido de Abascal se proponía desactivar. La primera en la frente, como dice Pedro Mejías.

Si  los de Iglesias, son comunistas, no se puede decir que los de Abascal sean fascistas

Pero no todo está perdido. Porque hay dos diferencias entre Podemos y Vox. La primera es que, si los de Iglesias, son comunistas y, por tanto liberticidas de libro; no se puede decir que los de Abascal sean fascistas. El mensaje podemita es, a la larga, indigerible por el electorado, dado su carácter totalitario y contradictorio -como demuestra el casoplón de Galapagar-.

En tanto que el de Vox es perfectamente democrático (defensa de la vida, libertad de mercado, libertad de educación, despolitización de la justicia etc.), y no sólo no es estatalista sino que aboga por más sociedad y menos Estado. Su programa es mucho más transversal y con más futuro que el del pleistoceno marxista.

La segunda diferencia es que aún está a tiempo de evitar errores como los que ha cometido Podemos. O sea que ya sabe: ojo con las luchas intestinas y la tentación de la incoherencia. Y no fiarse de la trampa para osos de quienes de verdad cortan el bacalao: PP y PSOE, las dos caras del mismo duopolio.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.