No son polémicas son linchamientos

    La libertad de pensamiento y de su expresión está cercenada hasta el extremo de que en el discurso público se imponen unos tópicos, unas naderías, una forma pedorra de expresión que hacen parecer hasta a las arengas de postguerra un prodigio de sutileza.

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    Parafraseando a don Colacho Gómez es notorio que la sociedad contemporánea tolera una total libertad de expresión porque todo el mundo piensa lo mismo.

    Este pensamiento único, definido como lo políticamente impuesto, requiere sin embargo para mantenerse unas acciones permanentes. En algún momento se pensó que estas acciones suponían una forma de presión “suave” respecto a las vías más clásicas de la cheka o la prohibición oficial del ejercicio de la actividad profesional del disidente. Sin embargo, lo observado en España en los últimos tiempos, una vez que una parte de la izquierda ha recuperado su discurso totalitario, prueba que padecíamos un grave desenfoque, surgido por la permanente voluntad del hombre de descubrir la aparente novedad, cuando se asiste a fenómenos recurrentes en el tiempo, como es la imposición del fanatismo.

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    El pensamiento libre y su expresión libre requiere una cierta distancia, un prudente escepticismo y la existencia de una comunidad siempre exigua e irritantemente elitista, que hace del debate, más que de la solución, el objeto preferente de su ocio, las mejores veces, o de su actividad profesional, en las peores.

    La inútil actividad de evitar que nuestra vida nos viva, y nos permita un mínimo de lucidez no atrae a todo el mundo, ni se da con suficiente presencia en todas las sociedades. Es un lujo que sólo algunas pueden permitirse. En los finales del siglo XX y principios de XXI asistimos al fenómeno de que en sociedades donde esta libertad se produjo de forma mas o menos intermitente, o incluso en algunas que apenas la disfrutaron por diversas circunstancias históricas, la libertad de pensamiento y de su expresión está cercenada hasta el extremo de que en el discurso público se imponen unos tópicos, unas naderías, una forma pedorra de expresión que hacen parecer hasta a las arengas de postguerra un prodigio de sutileza.

    La imposición, no nos engañemos, procede evidentemente de una minoría, una élite a la inversa, que hace pensar que el lector de cinco libros, o de cientos de libros que apenas son uno, es el árbitro de la intelectualidad.

    El castigo comenzó siendo una suerte de moderno ostracismo, pero se ha extendido a la sanción pura y dura, laboral, pecuniaria e incluso carcelaria

    El comprometido intelectual del izquierdas, como el artista, como el académico criado al modelo de la Costa Este o de California es el principal fabricante de la actual unanimidad. No podemos olvidar que esa unanimidad ha sido impuesta con absoluta premeditación, mediante técnicas que comenzaron con la destrucción de cualquier escala de valores, luego con la expulsión del discurso de todo lo que no era “comprometido”, con el aislamiento, con el desprecio. Pero en una fase posterior la imposición ha creado las normas jurídicas de los millares de códigos, supuestamente morales, que impiden que nadie exprese la menor disidencia. El castigo comenzó siendo una suerte de moderno ostracismo, pero se ha extendido a la sanción pura y dura, laboral, pecuniaria e incluso carcelaria.

    El método triunfante en los círculos intelectuales y académicos, se encuentra en estos momentos en fase de extensión al conjunto de la sociedad, e incluso lejos de limitarse al discurso público está penetrando en todo ámbito por privado que sea.

    Cuando no se logra la ley o el tribunal se recurre al coro de sicofantes que vienen utilizando como una de sus armas favoritas la declaración de “persona non grata” por organismos oficiales, verdadero asalto al honor que sí que debería ser sancionado jurídicamente, y la exigencia de dimisión de “todos los cargos”, desde obispo a académico de la lengua.

    El síntoma mas grave de lo que acontece es la soledad en la que queda el señalado, cuando sus colegas mas cercanos se esconden o muestran una solidaridad privada y nunca pública. Tampoco ayudan algunas defensas. Los más tontos de los bienintencionados pretenden descubrir que la incorrección no era tal, que no se ha entendido, que el linchado no se había apartado de lo correcto. Y así vemos el listado de los agraviados extendiéndose. Si es increíble que los honores enorgullezcan a quienes saben con quienes los comparten, debemos reconocer que quienes no hemos logrado que nos declaren persona non grata debemos sentirnos profundamente avergonzados.

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