No te hagas la víctima y disfruta de la vida

    Las minorías son de lo más variadas: se puede ser víctima explotada por el hecho de ser mujer, negro, homosexual, transexual, ateo, musulmán, inmigrante... Tenemos a la víctima, al “ofendidito”, perfectamente colectivizado e identificado con el grupo al que defenderá con uñas y dientes.

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    El popular dibujo animado Calimero siempre se consideraba víctima de las circunstancias.
    El popular dibujo animado Calimero siempre se consideraba víctima de las circunstancias.

    El método es sencillo, pero tremendamente eficaz. Primero hay que escoger a la víctima y hacerle descubrir que forma parte de una minoría que ha sido explotada durante siglos y merece una reparación. El individuo se diluye entonces en un mejunje que los progres llaman colectivo, perdiendo así su identidad en aras de la manada. Aquí funciona estupendamente eso de “cuantos más seamos, más fuerza tendremos”.

    La herida. No puede faltar en este proceso. Ellos, o la gente como ellos, ha sido oprimida desde hace años y por eso tienen una frustración que se convierte en rencor. Las minorías son de lo más variadas: se puede ser víctima explotada por el hecho de ser mujer, negro, homosexual, transexual, ateo, musulmán, inmigrante; por haber firmado –libremente- una hipoteca; por no contar con un Mercedes y un chalet en la sierra y tener que conformarse con ir en transporte público o en car sharing; por ver que los otros son corruptos mientras ellos llegan a duras penas a fin de mes; por no dejarles vivir en una república imaginaria de un país que nunca existió; por ser unos demócratas amenazados por el fascismo (fascismo es todo aquello que les dicen que es fascismo porque se escapa del pensamiento único y de lo políticamente correcto).

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    Qué fácilmente mueve el rencor a masas enteras. Basta con victimizarlas para lograr dirigirlas

    A continuación, claro, hay que señalar al enemigo a batir, al que ha estado abusando y machacando desde siempre al colectivo al que pertenecen. El varón, el Estado opresor, la banca, el patrón, la religión (sólo la católica; las otras son “religiones de paz” aunque lapiden a mujeres y ahorquen a los homosexuales), el machirulo y el empresario son algunos de sus favoritos.

    Se inventan entonces términos de lo más pintoresco y ridículo, como “heteropatriarcado”, “homofobia”, “gordofobia”, “transfobia” y demás, porque, como escribió Alfonso López Quintás, hay que “secuestrar el lenguaje”.

    Ya tenemos a la víctima, al “ofendidito”, perfectamente colectivizado, totalmente identificado con el grupo al que defenderá con uñas y dientes cada vez que le digan que están amenazados. Como los de su estirpe han sido ninguneados durante siglos, ahora ha llegado el tiempo de tomarse la revancha, de reclamar sus derechos pisoteados durante tanto tiempo.

    Qué fácilmente mueve el rencor a masas enteras. Basta con victimizarlas para lograr dirigirlas. Pero esto, claro, crea personalidades inmaduras, que creen que todo les es debido, que papá Estado tiene que correr con todos sus gastos, necesidades y caprichos, y que su frustración vital siempre será culpa de los otros.

    Huye del victimismo, toma las riendas de tu vida y disfruta. Se vive mucho mejor así

    Si son pobres, es que los ricos les han robado. Si la sanidad pública falla, es que la privada se lleva todos los recursos y se lucra con ellos. Si fracasan en el amor, es que “todos los hombres son iguales”. Si les despiden del trabajo, el culpable siempre será el jefe, porque ellos lo han hecho todo bien. Si sus hijos suspenden en el colegio, es porque el profesor no ha sabido motivar e incentivar a los alumnos. Si el negocio de otro va bien y el suyo no, sólo sienten envidia. Si es empresario, necesariamente oprime a sus empleados. Ellos son perfectos e inmaculados y no tienen la más mínima responsabilidad en que sus vidas no sean tan plenas como quisieran. Son los otros, siempre, los culpables y los opresores.

    Son incapaces de la iniciativa personal; es más, sienten repulsa por los que emprenden, porque ven que salen de su zona de confort y eso sacude los cimientos sobre los que descansan cómodamente.

    El fondo del asunto es claro: el orgullo herido y la falta de humildad para vivir con paz, serenidad y alegría la vida que pasa, esforzándose por ser cada día un poco mejor, por hacer madurar la personalidad y por salir del egocentrismo para interesarse por los demás.

    Así que ya sabes: huye del victimismo, toma las riendas de tu vida y disfruta. Se vive mucho mejor así.

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