Padre Fernando Huidobro: el valiente imberbe que fue capellán de la Legión

    El 11 de abril de 1937 murió el capellán de la Legión Fernando Huidobro, que volvió a España al estallar la guerra para ejercer su sacerdocio en el frente. Su entrega y valentía es reconocida desde entonces a quien nunca empuñó un arma, alentó a todos y fue compasivo con el enemigo.

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    El jesuita Fernando Huidobro Polanco fue capellán de la Legión al comienzo de la Guerra Civil española
    El jesuita Fernando Huidobro Polanco fue capellán de la Legión al comienzo de la Guerra Civil española

    Les Avins (Bélgica), 26 de julio de 1936: “Creemos que la guerra será larga; y yo pienso ser conforme a nuestra tradición y espíritu de la Compañía de Jesús el irme a España”.

    Quien así se expresa es el padre Fernando Huidobro Polanco, de quien se cumplen hoy 80 años de su muerte en el curso de la Guerra Civil Española. La carta, dirigida al Padre General de la Compañía fundada por san Ignacio de Loyola, está escrita sólo ocho días después del estallido oficial de la contienda.

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    Desde enero de 1932 la Compañía de Jesús había sido expulsada de España por orden de la II República y el padre Huidobro se había visto obligado desde entonces a viajar a Bélgica, Holanda y Francia.

    ¿Qué es lo que quería hacer el padre en España, más allá de jugarse el pellejo en el escenario de la mayor persecución religiosa conocida hasta el momento contra el cristianismo desde tiempos de los romanos?

    “Me mueve a pedir esto, el considerar que nuestra Compañía se mostró siempre de las primeras en acudir a tales peligros de guerra, peste y hambres”, decía el padre Huidobro

    La carta  que recibiera el Padre General Wladimiro Ledochowski, vigésimo sexto sucesor de san Ignacio, prosigue así:

    No para coger el fusil, sino para ejercitar nuestros peculiares ministerios: oir confesiones de los soldados que salen a combatir; consolar y esforzar los ánimos;  servir a los heridos en los hospitales o en los campos de batalla; recoger a los ninos que tal vez se hayan quedado abandonados; mover las gentes, tras la victoria, a la misericordia y caridad cristiana. Me mueve a pedir esto, el considerar que nuestra Compañía se mostró siempre de las primeras en acudir a tales peligros de guerra, peste y hambres. Los jesuitas que están en España se mostrarán indudablemente dignos de nuestros mayores, pero no faltará trabajo para los demás que acudamos. Y mostraremos a la vez nuestro amor al pueblo, si desde el destierro, en que nos encontramos, volvemos a la Patria cuando arrecia el peligro”.

    Carné universitario de Fernando Huidobro en Friburgo
    Carné universitario de Fernando Huidobro en Friburgo

    Huidobro, que estaba al tanto de las matanzas que se habían sucedido en los años previos a la guerra, así como de la masacre contra clérigos y religiosos que ya se había desatado en los pocos días que llevaba la contienda, quiso ir al frente: “Por lo que a mi toca, preferiría ser enviado allí donde los comunistas todavía dominan”.

    Un mes después, el padre Huidobro se pone en marcha y tras pasar por París, Elizondo, Hendaya, Pamplona y Burgos en un tortuoso viaje de unos 1.500 kilómetros, es enviado a Talavera como capellán de la 4ª bandera de la Legión en septiembre de 1936.

    El padre Huidobro rechazaba el trato preferente que le correspondía como oficial (teniente capellán) y comía el rancho con la tropa

    El valiente imberbe: “¡Rafael, que yo no puedo matar!”

    Pese a su edad (33 años), el padre Huidobro presentaba un aspecto que a los legionarios, curtidos en el Sáhara español, se les hizo poca cosa. Barbilampiño, delgado, con aquellas gafas redonditas que daban pista sobre su demostrada capacidad intelectual.

    No en vano, valga el inciso, el propio Julián Besteiro le otorgó Matrícula de Honor en Filosofía, como parte del tribunal universitario que le examinó sobre la doctrina kantiana. Tal era su dominio de la materia, que se permitió el desahogo de, tras explicarla a la perfección, refutarla al completo y lograr la máxima calificación. Pero eso había sucedido cinco años antes, cuando por mor de la persecución, Huidobro vestía de seglar para ir con cierta tranquilidad a la Universidad.

    Misa de campaña en el frente de Madrid durante la Guerra Civil española
    Misa de campaña en el frente de Madrid durante la Guerra Civil española

    Volviendo a los primeros días de la guerra, el Bando Nacional aún albergaba la esperanza de tomar Madrid y dar por concluida la contienda con la mayor celeridad posible.

    Huidobro, pese a las reticencias iniciales, apenas necesitó tres días para ser apreciado por sus compañeros de trinchera. Se lo ganó a pulso, pues por atender a los caballeros legionarios apenas dormía; por estar más cerca de ellos, rechazaba el trato preferente que le correspondía como oficial (teniente capellán) y comía el rancho con la tropa. O dejaba de comerlo, para que alcanzara mejor a los soldados.

    No son pocas las referencias a su arrojo personal. Cuando era necesario salir de la trinchera para rescatar a un herido esquivando las balas, lo hacía. En cierta ocasión, un sargento le llamó aparte para que no saliera a cuerpo gentil y aceptara portar una pistola. Su respuesta siempre era: “¡Rafael, que yo no puedo matar!”.

    “Mi herida me avergüenza. Ha sido una herida de postín, un tirito de suerte para provocar homenajes y felicitaciones”

    «Cojo era San Ignacio y no fue capellán de monjas»

    El 5 de noviembre de 1936, la 4ª Bandera de la Legión se hallaba en Brunete. Dos días después, el páter fue herido en la batalla de Retamares y el día 8, lograron abrir una brecha en la tapia de la Casa de Campo para establecer un puesto de socorro en una caseta junto al lago grande.

    En la alborada del 9 de noviembre, la ofensiva republicana fue feroz. A pesar de tener las ventanas parapetadas, las balas silbaban en el interior de la estancia donde, el capellán, olvidado de sus heridas, atendía a sus compañeros de trinchera.

    Una bala perdida le impactó en la rodilla destrozándole la rótula y los tendones. Los legionarios quisieron evacuarle inmediatamente, pero rechazó el ofrecimiento. Su puesto estaba con los heridos que quedaban, pues muchos de los que allí se refugiaron murieron por las balas. Al final consiguieron trasladarle.

    En sus días de recuperación en el hospital de Talavera, escribió: “Mi herida me avergüenza. Ha sido una herida de postín, un tirito de suerte para provocar homenajes y felicitaciones por eso que se llama el ‘bautismo de sangre’. Y tanto  me avergüenza que me consumo en deseos de volver al frente”.

    El páter no soportaba la idea de estar rodeado de cuidados mientras otros perecían desasistidos en el frente. A pesar de ello, no eran pocas las ocasiones en las que se le presentaban oportunidades de abandonar la primera línea.

    Una de las religiosas que le atendían, le sugirió en cierta ocasión que, perjudicado como estaba, medio impedido para andar, mejor podría quedarse en el hospital de capellán. La respuesta, no podía ser otra: “Cojo era San Ignacio y no fue capellán de monjas”.

    En diciembre de 1936 pidió el alta voluntaria y se fue al frente de la Ciudad Universitaria. Su Bandera combatía desde el Hospital Clínico.

    ¿Un obús ‘rojo’ o una bala ‘azul’?

    No se puede decir que la muerte sorprendiera al teniente capellán de la 4ª Bandera de la Legión, porque convivió con ella. Pero el hecho es que el encuentro definitivo con la parca se produjo el 11 de abril de 1937, en una casa situada en la Cuesta de las Perdices que era usada como puesto de socorro.

    Dos días estuvo el cuerpo del sacerdote envuelto en una capa hasta que el día 13 fue sepultado en el cementerio de Boadilla del Monte. En 1943, fue trasladado al noviciado jesuita de Aranjuez, para que sirviera de inspiración a los candidatos a la Compañía. En noviembre de 1958, halló su ubicación definitiva en la parroquia dedicada a San Francisco de Borja en la madrileña calle de Serrano, encomendada a los padres jesuitas.

    La mayoría de las versiones sobre el luctuoso desenlace coinciden en que la metralla por el impacto de un obús pudo más que su coraje y su entrega. Pero también hay quien asegura que una bala “amiga” fue la causante de su muerte. Y ¿qué podía llevar a un legionario a disparar a su capellán, que era tan querido y a traición?

    Según esta teoría, el padre Huidobro denunció en cierta ocasión algunos desmanes que, en el fragor de la guerra, se producían contra prisioneros del bando republicano a manos de sus compañeros de trinchera, lo que habría despertado ciertos recelos.

    Aunque la idea de que un legionario dispare por la espalda a quien ha estado a su lado en el fragor de la batalla suena inverosímil, no es descartable que en el desempeño de su ministerio sagrado el padre denunciara abusos cuando los viera.

    No en vano, su deseo inicial expresado en la carta a su superior era “mover las gentes, tras la victoria, a la misericordia y caridad cristiana”, lo que obviamente incluye tratar con toda la humanidad, ya durante la guerra, a los combatientes de la otra trinchera que no dejaban de ser, a sus ojos, hijos de la misma patria y del mismo Dios a quienes que el padre Fernando Huidobro amaba.

    Sea como fuere, si en vez de llamarse Fernando Huidobro y haberse dado por los demás en el frente de Madrid sin portar pistola ni empuñar un fusil, se llamara Desmond Doss y se hubiera arriesgado por salvar vidas sin dar un tiro en la batalla de Okinawa (II Guerra Mundial), Mel Gibson ya le habría hecho una película homenaje como ‘Hasta el último hombre’.

    Y ya han pasado 80 años.

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    Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".