Pedro Sánchez, Pablo Casado y Carmen Montón.
Pedro Sánchez, Pablo Casado y Carmen Montón.

No me sorprendería que al próximo huracán que asuele Florida lo bauticen con el nombre de Máster, o que al próximo máster que se imparta en España lo llamen Katrina. Pocas cosas han sido tan letales en la política de este país en los últimos tiempos como los másteres de algunos personajes.

Lo que no consiguió la corrupción, ni las promesas electorales incumplidas, ni el sentido del ridículo, lo ha conseguido un título que algunos dicen tener y luego se ha visto que no.

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Y me pregunto si es tan grave no tener máster o hacer la 3/14 diciendo que lo tienes en vete tú a saber qué y luego resulta que lo único que tienes es un problemón del carajo. Y lo pienso, y lo pienso mucho, a pesar de no tener ningún máster, y llego a la siguiente conclusión:

Si hablamos de másteres de políticos, tenemos que hablar de partidos; y si hablamos de partidos, tenemos que hablar de elecciones. Porque si hoy estamos hablando de másteres es porque antes hubo quien depositó su confianza en unos políticos. Y ahí está el quid de la cuestión: ¿Cuántos leen los programas electorales a la hora de decidir su voto? ¿Cuántos se conforman con unos pocos eslóganes? ¿A cuántos les basta una cara bonita? ¿Cuántos valoran el don de la oratoria? ¿Alguien pide a los políticos que tengan un máster o un doctorado en lo que sea como condición sine qua non para votarles?

Todo apunta a que en España a los políticos no se les pide que sean brillantes en lo suyo, principalmente porque hay demasiados que jamás han trabajado en lo suyo. La política se ha convertido en su oficio, con mucho beneficio por cierto, desde muy jóvenes, y así nos va. Los másteres serán importantes, pero no hay nada como saber lo que cuesta el dinero o como tener que trabajar para un tercero que no quiere promesas electorales, lo que quiere son los planos de su casa bien hechos y si no, no te paga.

“Cuando se descubre que no hay tantas neuronas como se suponía, y que ni siquiera existe ese máster que justificaba su dedicación exclusiva a la política, es cuando se empieza a desconfiar de su recta intención”

Pero seguimos sin responder a la pregunta sobre si es grave que un político mienta sobre un máster que ni está ni se le espera.

Y la respuesta es no. No es tan grave, eso sí, dice mucho de una persona, pero si uno tiene una trayectoria profesional que le avala, lo del máster es una anécdota desagradable, comprensible incluso en una sociedad enferma de titulitis aguda. Se nos va la política mirando el máster.

Pero existe un caso en el que mentir sobre un máster es de una gravedad extrema. Una situación que debería hacer saltar todas las alarmas y sería un deber castigar sin piedad al culpable. Y es que como venimos diciendo, existen políticos que jamás han hecho nada destacable fuera de la política (y la mayoría tampoco dentro de ella). Esta se ha convertido desde que son jóvenes en su modus vivendi. Son lo que vulgarmente se llama unos frescales.

Y por eso, cuando se descubre que no hay tantas neuronas como se suponía, y que ni siquiera existe ese máster que justificaba su dedicación exclusiva a la política, es cuando se empieza a desconfiar de su recta intención y ya no hay nada que le otorgue el derecho de calentar la poltrona, así que patada en el culo y a correr y a currar. Como todo hijo de vecino.

Y quizá en unos años, cuando se haya llevado unas cuantas tortas y otras tantas felicitaciones en el mundo laboral, sin necesidad de tener máster, pueda volver al sillón, porque entonces ya sabrá lo que vale un peine. Y eso no hay máster que te lo enseñe.

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Católico. Periodista y escritor. Autor de @enlamesadelrey, 'Pobres pobres' y 'Viaje al horror del EI'. Fundador de @DiarioElPrisma y director los documentales @GuardianesFe (I y II).