El presidente de España Pedro Sánchez y el dictador comunista chino Xi Jinping /EFE
El presidente de España Pedro Sánchez y el dictador comunista chino Xi Jinping /EFE

“Me dijeron que me apartara unos metros para que no me pudiera ver”, ha confesado el esforzado ciudadano que, ataviado con un disfraz del personaje animado Winnie the Pooh, se gana la vida haciéndose fotos con los turistas y paseantes en la Puerta del Sol de Madrid.

¿Quién no le podía ver? Nada más y nada menos que el dictador comunista chino Xi JinPing, gracias al cual Pedro Sánchez y toda la cohorte del poder establecido ha puesto a prueba su flexibilidad lumbar hasta extremos dignos de Almudena Cid, la campeona olímpica de gimnasia rítmica.

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¿Y qué puede tener el autócrata materialista contra el tímido y cándido osito amigo de Piglet, Tigger, Conejo, Ígor, Christopher Robin, Rito o Cangu? Pues que se ha convertido en un icono de la oposición china, que hace burla del secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, presidente de la Comisión Militar Central y presidente de la República Popular China.

Si algo se puede sacar en claro de este episodio, al que se añade la reciente visita a Cuba, es que Pedro Sánchez tiene la piel muy fina para tolerar la mera mención del nombre de Francisco Franco, pero de acero si se trata de dictadores comunistas.

Y, eso sí, es un valiente como pocos frente al osito Winnie the Pooh, que camina distraído por la Puerta del Sol ajeno a los enjuagues de la clase política dominante -de todas las tendencias- con el dictador chino.

Pero el comentario sobre la presencia de Xi Jinping en España tiene que ir más allá de la anécdota. Porque, al igual que en Cuba, Sánchez no ha hecho ni una sola referencia a la situación de violación sistemática de los derechos humanos en el gigante asiático.

Por mucho que el establecimiento de unas relaciones comerciales intensas nos vaya a permitir exportar miles de jamones con hueso para disfrute de los jerarcas del Partido Comunista Chino, ni un sólo euro de beneficio puede tapar los muchos desmanes contra la dignidad humana que se perpetran dentro de sus fronteras.

A las ejecuciones sumarias, hay que sumar el exterminio sistemático de las mujeres antes de nacer (¿dónde están las feministas?), el acoso y ataque a los cristianos, el adoctrinamiento educativo omnímodo, la censura contra cualquier comentario discrepante en Internet…

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Nicolás de Cárdenas fue inoculado por el virus del periodismo de día, en el colegio, donde cada mañana leía en su puerta que “la verdad os hará libres”. Y de noche, devorando los tebeos de Tintín. Ha arribado en su periplo profesional a puertos periodísticos de papel, internet, televisión así como a asociaciones cívicas. Aspira a morir diciendo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe".