Por qué amo España

    Ridiculizan a España, evitan incluso pronunciar su nombre y se refieren a ella como “este país”. No se interesan por su historia ni su cultura; no se identifican con su bandera o su himno y sólo se permiten enarbolarlos en los partidos de la selección de fútbol. En ellos parece que hay bula para mostrar las enseñas nacionales.

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    Un mar de banderas rojigualdas, en la concentración por la Unidad de España celebrada el 7 de octubre de 2017 en Madrid /Efe
    Un mar de banderas rojigualdas, en la concentración por la Unidad de España celebrada el 7 de octubre de 2017 en Madrid /Efe

    Fue un proceso natural y paulatino. Mis padres me enseñaron a amar a mis hermanas, a mis tíos, a mis primos y a mis abuelos y, haciendo esto, aprendí a amarlos a ellos mismos. Luego llegó el colegio, donde comencé a sentir un sentimiento de pertenencia y de sano orgullo. Los horizontes se iban abriendo, y descubrí mi ciudad, Madrid, con todos sus rincones extraordinarios, y mi país, España.

    Profundizar en su historia, en su literatura, en su pintura y su arquitectura, me iban haciendo ver que pertenecía a una nación extraordinaria que había dado al mundo grandes literatos, pintores, artistas, guerreros, conquistadores, descubridores, intelectuales y santos.

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    Y me sentí orgulloso de mi país, de su historia y de mi cultura. Un sano amor a la patria es absolutamente necesario, porque pertenecemos al lugar que nos ve nacer y que nos acoge. No se trata de un amor fanático, ciego y excluyente, porque eso nunca sería amor, sino una estima profunda y serena a las propias raíces, sin las cuales es imposible que se sostenga el árbol.

    Me siento reconciliado con mi patria. La quiero como se quiere a una madre, con un amor ancho, espacioso, agradecido, generoso, maduro, fecundo

    Después, al viajar y conocer el mundo, comprobé que este amor a la patria era lo normal en cualquier país del orbe. Los franceses se sienten orgullosos de su historia y de su bandera. Les ocurre lo mismo a británicos, alemanes, italianos, mexicanos y argentinos. Allá adonde viajaba, me encontraba con ese mismo amor a lo propio. En las historias de sus respectivos países había sombras oscuras, pero también episodios luminosos que les hacen amar lo que son.

    Me siento reconciliado con mi patria. La quiero como se quiere a una madre, con un amor ancho, espacioso, agradecido, generoso, maduro, fecundo. No la idealizo, porque conozco sus defectos, sus debilidades, sus errores, sus pecados, pero la defiendo igual que se defiende a una madre, aun sabiendo que no es perfecta.

    Creo que comparto con la mayoría de mis compatriotas este amor por la propia nación y el orgullo por su historia. La de España es, de hecho, una de las más gloriosas.

    Amo a España porque ha sido la construcción de hombres y mujeres fuertes, apasionados, entregados y generosos, que lucharon por dejar una patria mejor a sus hijos

    Amo a España por su historia, su cultura y su gente. Amo a España por la espada de Pizarro y por la pluma de Cervantes; por la gesta de las Navas de Tolosa y por el Descubrimiento del Nuevo Mundo; por sus glosas emilianenses y por Las Meninas de Velázquez. Amo a España por sus catedrales góticas que apuntan al cielo y por las cuevas prehistóricas que se hunden en la tierra; por la gallardía del Cid y por el celo ardiente de Santa Teresa; por la magnanimidad de Felipe II y por el genio de Picasso; por sus elevadas cordilleras y por sus áridos desiertos. Amo a España, en fin, porque ha sido la construcción, durante siglos, de hombres y mujeres fuertes, apasionados, entregados y generosos, que lucharon por dejar una patria mejor a sus hijos.

    Pero veo también a otros connacionales enemistados con su patria y enfrentados a su historia. Miran al pasado con desdén y socarronería; desprecian a los héroes nacionales y sienten vergüenza por episodios extraordinarios llevados a cabo por gigantes de nuestra historia.

    Ridiculizan a España, evitan incluso pronunciar su nombre y se refieren a ella como «este país». No se interesan por su historia ni su cultura; no se identifican con su bandera o su himno y sólo se permiten enarbolarlos en los partidos de la selección de fútbol. En ellos parece que hay bula para mostrar las enseñas nacionales. Pasados los 90 minutos de partido, les invade de nuevo la vergüenza, el rencor y los complejos y esconden la bandera.

    Lo natural es amar. Amar a una madre, a un amigo, a una esposa, a una patria. El odio es inducido

    Padecen un adanismo total: la única historia con la que se sienten algo congraciados es con la de los últimos 40 años. Toda la anterior la condenan, rechazan e ignoran sin ambages.

    Suelen atacar a su madre, a la patria, a España, mencionándola sólo cuando la quieren asociar al PP, a la corrupción, a la caspa, al retraso social, al mangoneo, a lo cutre, al franquismo, es decir, a sus propios fantasmas. Son hijos apátridas, ingratos, egoístas, buscadores de su propio bien, cínicos, huérfanos por voluntad propia, que abandonan a la madre cuando ésta se encuentra en peligro. No les gusta España; su solo nombre les chirría en los oídos. No soportan palabras como patria, historia gloriosa, nación, imperio, héroes, gesta, evangelización, conquista, Nuevo Mundo, reconquista.

    Lo natural es amar. Amar a una madre, a un amigo, a una esposa, a una patria. El odio es inducido. Lo decía Nelson Mandela: «Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario».

    Amar a España. Ésa es tarea urgente y gratificante.

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