Mujeres en Irán / EFE.
Mujeres en Irán / EFE.

Aparentemente, nada hay más opuesto al progresismo que el islam, una religión surgida en los inicios de la Edad Media que no establece diferencias entre el plano político y el religioso.

Una religión que reprime la libertad de pensamiento, llegando en algunos países a castigar con la pena de muerte la apostasía o la blasfemia.

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Una religión que considera a la mujer inferior al hombre, que promueve matrimonios de viejos con ninas de diez años, que castiga el adulterio en algunos países con la lapidación, que culpa de una violación a la propia víctima, que ahorca a homosexuales en grúas… y me abstengo de seguir.

El progresismo defiende la libertad de pensamiento, siempre y cuando un autobús no circule con el rótulo “Los ninos tienen CENSURADO”

¿No es esto todo lo contrario de lo que defiende el progresismo? Bien, habría algunos matices que hacer. El progresismo defiende la libertad de pensamiento, siempre y cuando un autobús no circule con el rótulo “Los ninos tienen CENSURADO”, en cuyo caso nuestras bienamadas autoridades progresistas se consideran legitimadas para inmovilizarlo y multarlo, además de tolerar agresiones físicas contra el vehículo y sus ocupantes.

Los progresistas aseguran defender a las mujeres, siempre y cuando una mujer valiente como Alicia Rubio no publique un libro documentado y lúcido titulado Cuando os prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, y encima se atreva a ir por ahí presentándolo. En ese caso, será coaccionada físicamente para impedirle la libre difusión de sus ideas y se tratará de que pierda su trabajo.

Los progresistas también aseguran ser los defensores de los gais, siempre y cuando un homosexual como Philippe Ariño no afirme públicamente que está a favor de la castidad, en cuyo caso boicotearán sus conferencias y lo cubrirán de insultos. No digamos ya si especialistas como Elena Lorenzo tratan de ayudar a personas que desean voluntariamente abandonar la homosexualidad: entonces exigen que se les prohíba ejercer su actividad profesional.

Es cierto que, a pesar de todo ello, resulta difícil negar la existencia de un abismo entre el islam y el progresismo. Pero es un abismo que los progresistas se esfuerzan denodadamente en salvar. Pensemos en la reacción típica del progre a un atentado yihadista. Tras la retórica solidaridad con las víctimas y las condenas rituales de la “violencia” (así, genéricamente), el progre utiliza invariablemente una de las dos plantillas discursivas siguientes, cuando no ambas.

En el canal La Sexta alguien afirmó: “Hay que resignarse ante los atentados. El peligro es que se alimente la islamofobia

La primera plantilla se resume como “¡cuidado con la islamofobia!” Bien es verdad que los progres no suelen entrar mucho en detalles, pero sin duda debe tratarse de algo terrible. En el canal La Sexta alguien afirmó: “Hay que resignarse ante los atentados. El peligro es que se alimente la islamofobia.” ¿Habrá algo peor que los miles de asesinatos perpetrados por el islamismo? Por lo visto, sí.

Imaginen que un fundamentalista cristiano cometiera un atentado. ¿Escucharíamos análogas prevenciones contra el riesgo de cristianofobia? Sospecho que sucedería todo lo contrario. Se multiplicarían ataques contra autoridades de la Iglesia que se hubieran significado por su defensa sin remilgos de la doctrina católica, acusándolas directamente de instigadoras. Ataques que por lo demás ya sufren, sin necesidad de que se produzca un incidente real de islamofobia.

Imagen de la virgen rota
Imagen de la virgen rota en la iglesia / Le Pahre

La segunda plantilla discursiva es la que podría asociarse con las fórmulas “la culpa es de Occidente” o “algo malo habremos hecho”. Pedro Santisteve, alcalde de Zaragoza en la órbita de Podemos, a cuento del atentado en el puente de Westminster, sostuvo que los ataques islamistas son “una respuesta a la violencia de Occidente”. No se trata de una ocurrencia particular, sino de un leitmotiv del progresismo.

Se podrían escribir volúmenes enteros sobre la abyecta reacción de cientos de periodistas, políticos y activistas progresistas a los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas y el Pentágono. La miserable Hebe de Bonafini se alegró públicamente de la matanza. Algunas de sus declaraciones se pueden hallar incluso en la Wikipedia: “cuando pasó lo del atentado (…), sentí alegría. No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada.”

Cebrián, en un artículo publicado en El País del 12 de septiembre de 2001, pontificaba sobre la comprensible reacción de “los desheredados de la tierra”

Muchos emplearon un lenguaje algo más hipócrita para sugerir que Estados Unidos se lo tenía merecido. Juan Luis Cebrián, en un artículo publicado en El País del 12 de septiembre de 2001 (el del infame titular de portada “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”), pontificaba sobre la comprensible reacción de “los desheredados de la tierra” (el multimillonario Ben Laden, si alguien se lo tradujo, debió reír un buen rato), víctimas de la creciente distancia económica entre países y de la “falta de diálogo» internacional.

El editorial de Le Monde de ese mismo día, bajo el engañoso título de “Nous sommes tous Américains venía a decir que Estados Unidos, en definitiva, cosechaba los frutos de su “cinismo”. El mismo periódico, semanas más tarde (3 de noviembre), fijaba la doctrina progresista sin tapujos: “La opresión y la riqueza generan resentimiento. El terrorismo es una respuesta legítima [¡sic!] a las iniquidades de la globalización y el imperialismo.”[1]

Progresismo e islamismo comparten enemigos comunes: Occidente, Israel y el cristianismo. Y esto une mucho. No son casuales los lazos entre el “socialismo del siglo XXI” e Irán, ni el apoyo de la teocracia persa a Podemos, a través del canal Hispan TV; ni la manifestación de feministas cubiertas con hiyab contra Trump, nada más iniciar su mandato. Tampoco son casuales los numerosos gestos de los ayuntamientos dominados por la ultraizquierda, vejando gratuitamente a los católicos mientras se desviven por felicitar a los musulmanes por el ramadán y la fiesta del cordero.

Culpar al Occidente judeocristiano de todos los males reales e imaginarios conlleva necesariamente exculpar al islam, o al menos relativizar la violencia que se comete en su nombre. Islamistas y progresistas puede que acaben chocando en un futuro, pero por ahora actúan como una pinza diabólica contra quienes no somos musulmanes ni nos adherimos al discurso dominante de la ideología de género, el socialismo ni el multiculturalismo.

[1] Martín Alonso, Doce de septiembre. La guerra civil occidental, Gota a Gota, Madrid, 2006, pág. 34.

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Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.