Putin en Siria

    Campany habla de los aliados de EEUU y de lo difícil que es para este país posicionarse en los conflictos.

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    Vladimir Putin y Barack Obama. /Efe
    Vladimir Putin y Barack Obama. /Efe

    Una de las consecuencias paradójicas de haber vencido en la Guerra Fría es que la victoria ha proporcionado a los Estados Unidos tantos aliados que, cuando se produce un conflicto entre algunos de ellos, Washington no sabe a quién ayudar porque alinearse con uno significa enemistarse con otro.

    Es lo que ocurre en Siria, donde los norteamericanos no pueden enfrentarse a los rebeldes radicales suníes sin molestar a las monarquías del Golfo. Ni ayudar a los kurdos a combatir al Estado Islámico sin despertar los recelos de Estambul. Ni respaldar a los rebeldes sirios sin encolerizar a los israelíes y molestar a los chíies iraquíes.

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    Pero, en Siria, el problema de los Estados Unidos no es sólo que tiene demasiados amigos, sino que también tiene el de que le sobran los enemigos. No puede apoyar a Bashar al Assad sin ser acusado de sostener a un dictador cruel y sanguinario. Tampoco puede apoyar a los rebeldes sin ser acusado de estar dando alas al yihadismo. La solución ha sido la obvia, no hacer nada.

    Putin tiene la ventaja de que no tiene en la región tantos amigos como Obama

    El vacío ha sido aprovechado por Putin, que ha decidido intervenir del lado de quien siempre ha sido su amigo, el partido Baaz de Bashar al Assad. Putin tiene la ventaja de que no tiene en la región tantos amigos como Obama, tan sólo se debe a los lealistas sirios y a Irán, que también apoya la dictadura de Assad. Pero, la intervención constituye un desafío al papel de Estados Unidos como policía mundial.

    Washington puede admitir que lo mejor es que el conflicto se resuelva por sí sólo. Lo que no se puede permitir es que lo resuelva Putin. Dicho de otra manera, una cosa es que Obama no sepa qué le interesa a su país que ocurre en Siria y otra es que tenga muy claro que lo que no le conviene es que suceda lo que quiera Putin que pase.

    Los norteamericanos pueden intentar llegar a un acuerdo con Putin y forzar una solución en Siria a la libanesa donde todos, exceptuados los suníes extremistas, compartan el poder, pero ¿qué interés podría tener Putin en aceptar tal solución? Un caramelo que ofrecerle al nuevo zar del Kremlin sería el levantamiento de las sanciones que se le impusieron con ocasión de su intervención en Ucrania.

    La Unión Europea estará encantada de poder levantar unas sanciones que tanto han irritado a sus agricultores

    Con independencia de lo que opine Kiev de semejante chalaneo, la Unión Europea estará encantada de poder levantar unas sanciones que tanto han irritado a sus agricultores si además supone el fin de la crisis de los inmigrantes.

    No obstante, no está claro que Putin vaya a aceptar imponer a su aliado el tener que compartir en el futuro el poder en Siria con parte de sus rivales. La única cosa que podría ablandar al Kremlin sería el compromiso de abandonar el proyecto qatarí de construir un gasoducto a través de Siria para poder vender su gas y competir con el ruso en el mercado europeo. Fue el rechazo a este proyecto por parte de Assad el que provocó que las monarquías del Golfo apoyaran a los rebeldes suníes en Siria.

    Que fuera el poyo el que provocara la guerra o que el mismo llegara después de haber estallado es harina de otro costal. La cuestión ahora es si los Estados Unidos están dispuestos a sacrificar los intereses de sus aliados árabes y el respaldo que hasta ahora han dado a Ucrania, en su guerra con Rusia, a cambio de llegar a un acuerdo que les permita salvar la cara en Siria. Siempre que Putin esté dispuesto a llegar a un compromiso a cambio de que le levanten las sanciones y le prometan que el gasoducto qatarí no se construirá, que es mucho presumir.

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    Emilio Campmany nació en Madrid, en 1958. Estudió en el Liceo Italiano y es licenciado en Historia y en Derecho por la Universidad Complutense. Es también registrador de la propiedad. Ha publicado dos novelas, "Operación Chaplin" y "Quién mató a Efialtes" y una narración de la crisis que desató la Primera Guerra Mundial llamada "Verano del 14. Una crónica diplomática". Está casado y tiene dos hijos.