Putin y el “proyecto Manhattan”

    Siria, Ucrania, el Brexit, el Procés o la “neutralización” sistemática de opositores son sólo algunos de los recientes éxitos de Putin. Muchas de las operaciones más espectaculares del espionaje soviético dejarían corta la saga de James Bond: llegaron a infiltrar en la cama de Oppenheimer, el padre de la bomba atómica norteamericana, a una de sus agentes.

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    El 'padre de la bomba atñomica', Julius Robert Oppenheimer y el presidente ruso, Vladimir Putin.
    El 'padre de la bomba atñomica', Julius Robert Oppenheimer y el presidente ruso, Vladimir Putin.

    Siria, Ucrania, el Brexit, el Procés o la “neutralización” sistemática de opositores – recordemos el envenenamiento con polonio de Alexander Litvinenko- son sólo algunos de los recientes éxitos de Putin. En buena medida, ello es debido a lo que aprendió durante su pasado “discreto”, que quedó patente en su primer acto oficial al frente del gobierno ruso. Así, en 1999 se estrenaba en el cargo visitando la sede del KGB. Allí pronunció una de sus frases más ingeniosas -y certeras-: “al fin uno de los nuestros ha llegado a lo más alto”. No mentía.

    El papel de Putin en los servicios secretos soviéticos fue más que destacado, desarrollando su labor en la extinta República Democrática Alemana durante los años anteriores a la caída del muro de Berlín. Como agente de campo, su desempeño fue brillante, aunque ni de Putin ni de muchos otros se sabrá nunca nada. Lo cual es una lástima, porque muchas de las operaciones más espectaculares del espionaje soviético dejarían corta la saga de James Bond. Hasta el punto de llegar a infiltrar en la cama de Oppenheimer, el padre de la bomba atómica norteamericana, a una de sus agentes.

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    La historia no tiene desperdicio. Hablar de Oppenheimer es hacerlo de uno de los físicos más geniales que ha habido jamás pero que, como buen genio que era, tenía un comportamiento bastante peculiar. Socialmente dejaba bastante que desear, y a su antipatía debía añadirse su filiación política de izquierdas, algo extremadamente impopular en Estados Unidos durante los años 40. Pero en lo suyo era brillante. De ahí que en 1941 las autoridades de su país le pusieran al frente del “proyecto Manhattan”, con el fin de desarrollar la primera bomba atómica -la tristemente célebre “Fat Boy”-. El equipo estaba formado por lo más granado de la ciencia de entonces, y su objetivo era lograr la bomba antes de que lo hiciera Alemania.

    Poco imaginaban los americanos que los soviéticos estaban perfectamente informados de los progresos de Oppenheimer, y de primerísimo mano: a través de su mujer

    Algo así requería de una discreción máxima, aunque era un secreto a voces que alemanes, soviéticos y norteamericanos investigaban en el mismo campo. Con todo, fue Estados Unidos quien acabó llevándose el gato al agua con las bombas de Hiroshima y Nagasaki, quedando ante la historia como el ganador de la carrera nuclear. Pero poco imaginaban los americanos que los soviéticos estaban perfectamente informados de los progresos de Oppenheimer, y de primerísimo mano: a través de su mujer.

    Katherine Puening Harrison, que así se llamaba, era la viuda de Joe Ballet, un comisario político de las Brigadas Internacionales que murió en el frente del Ebro en 1937. Pero además, tenía estrechas relaciones con destacados miembros del partido comunista norteamericano. Gracias a ella, el KGB estuvo enterado en todo momento de cuanto hacía su marido, revelando así una valiosísima información que ha permanecido en secreto durante mucho tiempo. Fue a mediados de los 90 cuando Pavel Sudoplatov, un antiguo general del KGB, desveló cuál había sido su fuente durante los años de la carrera nuclear. Un éxito tan rotundo como discreto, y que pone de relieve hasta qué punto es importante el factor humano frente a un mundo cada vez más esclavo de la tecnología. Putin, pues,  cuenta con algo más que hackers y cocineros de fake news: el legado “tradicional” de una Guerra Fría más presente de lo que muchos piensan.

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