¿Qué mal hemos hecho?, por Emilio Campmany

    El autor habla del problema de muchos europeos a la hora de interpretar los ataques yihadistas en el continente, que resume en dos complejos: uno de superioridad y otro de inferioridad.

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    Miembros de Estado Islámico/ YouTube

    El terrorismo basa parte de su estrategia en la inclinación casi atávica del agredido a preguntarse qué de malo ha hecho. Algunos creen que, si algunos islamistas son tan crueles, será porque han sido previamente víctimas de una crueldad parecida. Luego, se preguntan si los islamistas no estarán en realidad haciendo otra cosa que defenderse. ¿De qué? De nuestros gobiernos occidentales, naturalmente.

    Intervenimos en Oriente Medio, amparamos gobiernos corruptos y dictatoriales que oprimen a sus pueblos y permitimos que Israel siga existiendo y, por tanto, siga asesinado palestinos. Nadie se suicida asesinando a otros si no tiene una buena razón para hacerlo. Y esa razón no puede ser otra que la equivocada política de nuestros gobiernos para con el islam.

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    No es una broma. Son muchos los europeos que consciente o inconscientemente piensan así. Sin ir más lejos, muchos españoles creyeron y siguen creyendo que el culpable del 11-M no fue otro que Aznar. Están convencidos de que sin foto de las Azores y sin el respaldo a Bush, los ataques a los trenes no se habrían producido. Hoy, detrás de los grandilocuentes llamamientos a la unidad, las vacuas proclamas de firmeza y las vanas reacciones militares, el verdadero peligro seguimos siendo nosotros mismos.

    Entregar el poder a cambio del cese

    Existe el muy serio riesgo de que la izquierda europea, en general, y la española, en particular, nos convenza de que debemos entregarle a ella el poder para que empecemos a portarnos con el islam mucho mejor de lo que lo hemos hecho hasta ahora. Sólo así lograremos que los fundamentalistas dejen de tener motivos para atacarnos.

    Partimos de la base de dos estúpidos complejos, uno de superioridad y otro de inferioridad. Por un lado, creemos que, como cristianos, hemos sido capaces de evolucionar y desatarnos de la mayoría de los yugos religiosos que nos sojuzgaban. Todavía queda algún camino por recorrer hasta lograr una sociedad completamente laica, pero estamos en ello.

    El que ellos sigan creyendo en algo mientras nosotros no, les proporciona alguna clase de fuerza superior

    En cambio, las sociedades musulmanas viven excesivamente atadas a la religión. No obstante, con ser positivo que dejaran de estarlo, lo procedente es dejar que recorran el camino por su cuenta sin que nosotros interferamos de ningún modo. Por otra parte, tenemos la inquietante sensación de que el que ellos sigan creyendo en algo mientras nosotros ya no creemos en nada les proporciona alguna clase de fuerza superior que es la que les permite combatirnos cuando se sienten agredidos por nosotros. Y percibimos que, para bien o para mal, nosotros hace tiempo que perdimos esa fuerza.

    Son todo pamplinas. Si el que una sociedad sea más libre es bueno, está claro que las nuestras son mejores. Pero, si lo son, no es por haber abandonado nuestras raíces cristianas sino precisamente por ser cristianas nuestras raíces. Lo único que hemos sabido generar hasta ahora cuando hemos caído en la tentación de abandonarlas ha sido sistemas totalitarios, no más libres.

    Aquí lo único que hay es una parte de la sociedad islámica que pretende someternos a sus dictados

    El que ellos sigan viviendo su fe como si estuvieran en el siglo XII no les hace más fuertes, sino más ciegos y crueles. Lo que les hace más fuertes no es seguir siendo sociedades muy religiosas, sino nuestra debilidad, el que creamos que nos combaten, no para someternos y dominarnos, sino para defenderse del dominio que supuestamente ejercemos sobre ellos. Es como si, cuando Hitler invadió Alemania, los polacos hubieran acusado a su gobierno en Varsovia de haber mantenido una actitud excesivamente agresiva con los alemanes.

    Ni somos tan buenos como creemos, pues lo único que somos en comparación con los musulmanes es más libres, no mejores, ni somos tan malos como decimos, pues nada les hemos hecho. Aquí lo único que hay es una parte de la sociedad islámica que pretende someternos a sus dictados con los únicos medios con los que puede atacarnos más eficazmente que son los terroristas. Y lo que tendríamos que hacer nosotros y no terminamos de hacer es defendernos con todas nuestras armas, que son muchas, empleándolas no más de lo necesario, pero tampoco menos.

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    Emilio Campmany nació en Madrid, en 1958. Estudió en el Liceo Italiano y es licenciado en Historia y en Derecho por la Universidad Complutense. Es también registrador de la propiedad. Ha publicado dos novelas, "Operación Chaplin" y "Quién mató a Efialtes" y una narración de la crisis que desató la Primera Guerra Mundial llamada "Verano del 14. Una crónica diplomática". Está casado y tiene dos hijos.