Viktor Orban y Jean Claude Juncker / EFE-Actuall
Viktor Orban y Jean Claude Juncker / EFE-Actuall

El mundo al revés. Resulta que dos países europeos, Polonia y Hungría, reclaman dos principios esenciales de la civilización, la defensa de la vida y el matrimonio pata negra (es decir, entre hombre y mujer); se oponen al establishment socialdemócrata y estatista; y reivindican la soberanía nacional frente al ácido corrosivo del multiculturalismo y Bruselas se les echa encima. Adivinen con qué argumento. Que no respetan los valores europeos.

La UE ya tiene enfilado hace tiempo al llamado Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia), poco propenso a aceptar las injerencias de una superestructura que nadie ha elegido. Países que, a diferencia del Oeste, han sufrido la bota de la mayor dictadura de la Historia, saben lo que vale un peine y son sumamente celosos de la libertad.

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Los señoritos de Bruselas no se dan cuenta del ridículo que están haciendo: venga a echarles broncas y advertir los peligrosos que son, y ellos (los líderes húngaros o polacos) venga a ganar elecciones. Una elite cada vez más alejada de los ciudadanos dando lecciones de democracia a unos gobernantes cada vez más respaldados por las urnas.

Algunos columnistas han retrocedido hasta 1938 para comparar a Hungria con la Alemania nazi y a la UE con el acomodaticio Chamberlain

La gota que ha colmado el vaso ha sido la cuarta victoria consecutiva de Viktor Orban. Bruselas ha reaccionado diciendo que no respeta los valores europeos y sus corifeos mediáticos poniendo a Orban como un Hitler sin bigote: “eurófobo”, “autoritario”, “xenófobo”, “ultranacionalista”, o incluso “el hombre más peligroso de la Unión Europea”.

Algunos columnistas han retrocedido hasta 1938 para comparar a Hungría con la Alemania nazi y a la UE con el acomodaticio Chamberlain, el que creyó contentar a Hitler con su política de apaciguamiento.

Y todo porque Orban ha plantado cara al multiculturalismo que está generando un archipiélago de guettos islamistas en Alemania, Francia, Inglaterra o Suecia. Forzando la semántica, le acusan de “limpieza étnica” cuando lo único que Orban hace es dejar en evidencia a una Europa incapaz de exigir a los musulmanes que se integren si quieren vivir entre nosotros.

En Estados Unidos, país hecho de inmigrantes, uno se hace norteamericano porque asume la Constitución y también una serie de comportamientos que homogeneizan. Y si no, ya sabe dónde está la puerta. Ese elemental filtro es el que falta en la Unión Europea, acaso porque ésta ha perdido sus raíces y carece de una personalidad cultural e histórica o -lo que es más trágico- se avergüenza de ella.

Orban se ha convertido, además, en una china en el zapato de la ideología de género y de la cultura de la muerte -banderas que ahora enarbola la UE, como si le fuera en ello la vida (perdón la bolsa)-.

La actual Constitución magiar es un monumento al sentido común, al poner el centro de gravedad de la familia en la “unión entre hombre y mujer” y proteger al feto “desde el momento de la fecundación”.

Eso Hungría. Pero la Polonia del partido conservador Ley y Justicia no le va a la zaga.  El país de los campesinos con pinta de gañanes está demostrando que no es un imposible metafísico acabar con la lacra del aborto, del mismo modo que se acabó con la explotación de los niños en las minas del tiempo de Dickens. Se puede, pero hay que querer.

Y sobre todo hay que plantar cara a la tupida malla de intereses creados del aborto, desde Naciones Unidas a Planned Parenthood, pasando por la Open Society de George Soros.

Y entre los cobardes y los gobiernos sobornados (prácticamente todos los de la UE incluido el de Mariano Rajoy) aquí nadie tiene narices para dar el paso. Nadie, excepto Polonia. Claro que ese país correoso tiene más conchas que un galápago. Si  fue capaz de sobrevivir a botas y correajes, desde Stalin a Jaruzelski, menos se le va a poner por delante la dictablanda de Bruselas.

Primero tuvo las santas narices de hacer cumplir una ley de supuestos -similar a la española anterior a la ley Zapatero- con un control tan férreo que no hubo coladero y el número de abortos se redujo de 82.000 en 1989, cuando cayó el comunismo, a unos 500 veinte años más tarde. Y ahora el número de abortos anuales apenas pasa de los 100, una de las cifras más bajas de la UE.

Bruselas presiona para que Polonia despenalice el aborto y acabe con la objeción de conciencia de los médicos, pero Varsovia no cede un milímetro

Bruselas ha intentado por activa y por pasiva que Polonia despenalice el aborto y acabe con la objeción de conciencia de los médicos, pero Varsovia no cede un milímetro. No sólo hace como quien oye llover cada vez que le presiona el comisario europeo de Derechos Humanos (¡derechos humanos! ¡qué sarcasmo!), sino que el Parlamento polaco aspira ahora eliminar el aborto eugenésico.

Por no hablar del pequeño ‘baby boom’ que está registrando Polonia gracias a la ayuda mensual a partir del segundo hijo. Tanto Polonia como Hungría están apostando decididamente por la natalidad, conscientes de mucho que se juegan.

¿Cuál es la verdadera Europa? ¿Esa superestructura que ha renunciado a los principios fundacionales que dieron origen a esta empresa histórica?¿O esos “irreductibles galos” del Este, vacunados de totalitarismos, que se atreven a desafiar lo políticamente correcto reivindicando la soberanía nacional y las raíces culturales del Viejo Continente, comenzando por la dignidad inviolable de la persona y siguiendo por la vida, la familia y la patria?

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.