El recuerdo de la Stasi.

A quien haya tenido la suerte de visitar Berlín y se le pregunte por Normannenstraße,  seguramente no recordará nada relevante. La antigua capital prusiana tiene bastantes atractivos como para eclipsar cualquiera de las sórdidas calles de la época comunista.

Y es precisamente en una de ellas, la mencionada Normannenstraße, donde se ubicaba la sede de una de las más tétricas instituciones que los alemanes del este llegaron a conocer, la “Stasi”.

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Concebida a imagen y semejanza del KGB soviético, llegó a contar con casi 100.000 agentes activos y 300.000 informantes, figura ésta bastante similar a los “familiares” o delatores a sueldo de la Inquisición.

La población de la ex RDA no superaba los 16 millones de personas, lo que da una idea de la enfermiza obsesión que tenía el estado a la hora de controlar a sus ciudadanos.

Nada ni nadie estaba a salvo de la “Stasi”. Una de las películas que mejor refleja su modo de actuar es la alemana La vida de los otros, absolutamente soberbia. De su excelente reparto destaca uno de los protagonistas, Ulrico Mühe, que interpreta a un esforzado espía. Borda el papel, desde luego, y ello es debido no sólo a sus dotes interpretativas, sino también a su pasado: como tantos otros, Mühe fue colaborador de la “Stasi”.

Muro de Berlín, Alemania.

Sus métodos de tortura eran tan brutales como efectivos; de hecho, su fama les facilitaba en ocasiones el trabajo, ya que bastaban apenas unos minutos con un interrogador para que el sujeto en cuestión cantase hasta La Traviata.

Como muestra, un botón; o mejor dicho, una toalla: cada persona interrogada en las dependencias que la “Stasi” tenía en Normannenstraße lo hacía sentada sobre una, que sería precintada y guardada en una bolsa de plástico, junto con su expediente. De este modo, si había que rastrear al individuo en cuestión, los perros tendrían un rastro de olor que seguir.

Lograron infiltrar a muchos de sus hombres en Occidente, sobre todo en la vecina RFA

Pero sus actividades no se circunscribían únicamente al marco de la RDA. Lograron infiltrar a muchos de sus hombres en Occidente, sobre todo en la vecina RFA. También cometieron multitud de secuestros, asesinatos y demás acciones subversivas más allá del Telón de Acero; de hecho, hoy se sabe que colaboraron estrechamente con los terroristas de la Facción del Ejército Rojo.

Pero como ratas que eran, poco antes de que cayese el muro de Berlín abandonaron el barco, no sin antes procurar borrar todo rastro de su inmundo cometido. Así, cuando el pueblo alemán entró en las dependencias de la “Stasi” halló mas de 16.000 bolsas con documentos destruidos en su interior, algunos incluso a mano.

El gobierno alemán facilita actualmente a todo aquel que lo desee la posibilidad de saber si fue investigado y porqué. Por suerte, cuando le cuente esta historia a mi ahijado Jacobo -por cuyas venas corre sangre alemana-, estaré hablándole del pasado, un pasado tan ruin como necesario a la hora de recordarlo.

Sobre todo para aquellos nostálgicos del socialismo real que le ríen las gracias a gente como Maduro y no celebran la caída del muro porque tras él salieron a la luz todas sus  vergüenzas.

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