Una bandera de España rota / Twitter
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Estamos viviendo en España, desde hace unos cuantos años, una situación preocupante. Atravesamos una crisis brutal, en buena medida debido a la incompetencia y mediocridad de nuestros políticos; sus efectos todavía los estamos sufriendo porque el paro sigue siendo elevadísimo, la bolsa de pobreza severa que se generó sigue ahí y corre el riesgo de hacerse crónica: personas mayores con bajos ingresos, parados de larga duración y otros colectivos en situación de desamparo; a esto hay que añadir que los puestos de trabajo creados, en su mayoría son de muy baja calidad, dándose la paradoja que personas con trabajo siguen viviendo por debajo del umbral de la pobreza.

Otro aspecto inquietante es la situación en Cataluña: se ha deteriorado de tal manera que va a ser muy difícil restaurar tanta herida en los próximos años; de nuevo nuestros políticos los responsables; en este caso, desde los albores de la transición, con aquellos pactos que, si bien sirvieron para la reconciliación de los españoles, también pusieron los cimientos de las divisiones nacionalistas actuales; el egoísmo,  la poca talla de la clase política y su falta de visión de Estado, han ido fraguando la situación en la que hoy nos encontramos.

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No podemos olvidarnos del bochornoso espectáculo de la corrupción. Llego a pensar que el partido político del que no se conocen casos es porque todavía no ha llegado a tener el poder. Los que han gobernado, sobre todo los que han gobernado mucho tiempo, se han corrompido escandalosamente, y no puede despachar el problema diciendo que se trata de casos aislados, porque cuando un presidente de Comunidad (son varios los implicados y de la mayoría de los partidos), o un alto cargo está juzgado, los máximos dirigentes de esos partidos no pueden eludir su responsabilidad; o no se han enterado por incompetentes, lo han consentido, o bien, han mirado para otro lado; pero en todo caso son responsables, al menos, políticamente hablando.

“Mariano Rajoy, al que voté porque, entre otras cosas, me aseguró que derogaría la Ley del aborto de Rodríguez Zapatero; tuvo una mayoría ‘super-absoluta’ y no lo hizo. No le volví a votar”

No quiero referirme únicamente a la corrupción económica, también la corrupción moral está en el ADN de los políticos. Estos días asistimos a la llegada a la presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez, asumiendo con total descaro, aquello que sólo hace unos días negaba con rotundidad: unos presupuestos a los que se había opuesto porque eran nefastos para los españoles y los votos de unos partidos con los que dijo que no pactaría, algunos de ellos tan corrupto, económicamente hablando, como el que más, y la mayoría de ellos, antiespañoles.

Otro ejemplo de libro es Pablo Iglesias, que en un corto espacio de tiempo ha dejado de ser “gente” para pasar a ser “casta”, claro legitimado por sus bases, como en todo buen régimen totalitario. Tampoco me olvido de Mariano Rajoy, al que voté porque, entre otras cosas, me aseguró que derogaría la Ley del aborto de Rodríguez Zapatero; tuvo una mayoría “super-absoluta” y no lo hizo. No le volví a votar. Así está nuestra clase política y no parece que acorto plazo esto vaya a cambiar.

Hablemos ahora de nosotros, los católicos. En teoría somos el grupo social más numeroso de España, si juzgamos por los que asisten a la eucaristía cada domingo. Gozamos de una estructura tanto organizativa como territorial que ninguna otra organización disfruta, somos independientes de los poderes públicos y, por tanto, libres; además, disponemos de una “Doctrina”, me refiero a la Biblia y de modo especial a los Evangelios, compendiada maravillosamente, en lo que a los asuntos terrenales se refiere, por los papas en la Doctrina Social de la Iglesia, que nos da respuesta a todos los problemas que socialmente se nos puedan plantear, de ello estoy convencido. Sin embargo, ¿qué papel hemos jugado los católicos en la vida pública durante los últimos tiempos? No me refiero como Iglesia en cuanto a su dimensión humana, a la que también habría que cuestionar, sino como como individuos que pertenecemos a ella. ¿Hemos sido, de verdad, coherentes con nuestras creencias, que deben ser, en definitiva, las que conformen nuestro modo de pensar y también nuestro modo de actuar? Sinceramente creo que no. Un análisis de lo que nos está pasando sería bueno. Desde mi modesto punto de vista, me atrevo a enumerar algunos de los problemas que pienso tenemos:

En primer lugar, cabe destacar la falta de formación. Una gran  mayoría de los que se declaran católicos desconocen la Doctrina Social de la Iglesia; muchos de ellos, incluso su existencia, cosa que no es de extrañar porque no recuerdo haber oído en ninguna homilía dominical referirse a ella para darla a conocer en su contenido; a temas como el de la familia, el aborto, la eutanasia, las políticas LGTBI, la pobreza, la inmigración, etc., tan de actualidad y trascendencia, tampoco se les dedica mucha atención, más bien se suele pasar de puntillas por ellos, en el mejor de los casos. Cuando hablo más arriba de cuestionar también el papel que juega la Iglesia, en su vertiente humana, me refiero, entre otras cosas, también a este aspecto de la formación. Se me antoja oportuno preguntarnos: ¿Qué más se puede hacer, o qué se puede hacer distinto, para mejorar nuestra formación y estar así más preparados para hacer frente a los retos que nos plantea la sociedad moderna?

“La razón fundamental de ese pasar desapercibidos es también nuestra falta de coherencia: nuestros actos y nuestro comportamiento no se corresponden con lo que decimos que pensamos y creemos”

En segundo lugar, el escaso testimonio que, como católicos, ofrecemos a la sociedad; ya sea por nuestra poca formación, por la tibieza de nuestras creencias, por comodidad; quizá por no destacarnos como políticamente incorrectos. Por todo ello pasamos prácticamente desapercibidos en la vida pública. Salvo escasas excepciones, como Enraizados, HazteOir.org y alguna organización más, así como algún partido político, los católicos nos estamos dejando recluir en las “sacristías”, se nos ignora.

Creo que la razón fundamental de ese pasar desapercibidos es también nuestra falta de coherencia: nuestros actos y nuestro comportamiento no se corresponden con lo que decimos que pensamos y creemos. No damos testimonio de nuestra fe. ¿No hay en el Parlamento ni un solo católico? ¿Cuántos han levantado la voz, que se oyera, contra la ley del aborto? ¿Cuántos están manifestándose frente a la Ley que se nos avecina para imponer la posverdad LGTBI, la verdadera “Ley mordaza”? Eso en cuanto a la clase política; pero al católico de a pie le pasa algo parecido. En general tampoco damos testimonio de nuestra fe: una familia que se declara católica poco se diferencia de una que no lo es; en el mundo económico, de la empresa, de las relaciones laborales. ¿Podemos distinguir al católico del que no lo es? Podríamos continuar cuestionándonos en todos los aspectos de nuestra vida, en nuestras relaciones sociales, de vecindad, en nuestra propia familia… Llegaríamos a la conclusión de que raras veces los que nos confesamos católicos damos testimonio con nuestros actos.

A los cristianos se nos debe distinguir de los demás por una sola cosa: porque amamos;  porque en todo lo que hacemos ponemos amor, porque en nuestras relaciones personales amamos a los que tenemos enfrente, sean amigos o enemigos. Un cristiano debe poner amor allá donde no lo haya. Seguramente no seremos capaces de cambiar la faz de la tierra, pero sí de sembrar semillitas que sólo Dios sabe que fruto podrán dar.

* Javier Espinosa es miembro de la asociación Enraizados.

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