Rita Barberá y Pablo Iglesias
Rita Barberá y Pablo Iglesias

Al final, vamos a tener que agradecer a Pablo Iglesias el desplante a la memoria de Rita Barberá.

Con un poco de más inteligencia, el Duce de los podemitas podría haber provocado una migraña nacional de las que no se van ni con ergotamina. Pero el odio de este aprendiz de Felsenburgh o Gran Hermano es tan profundo y arrebatador como limitados los laureles que le deparan los tiempos.

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Hay un motivo estadístico: los radicales siempre son minoría, y aunque la historia les premie de tanto en tanto con algún repunte en el gráfico fruto del cabreo, rara vez perduran más allá de su minuto de gloria, salvo que estén dispuestos a asaltar el poder por la fuerza.

Ciertamente, no veo a Pablo, tan pagado de sí mismo, arriesgando la vida en tal empeño. Ni a sus conmilitones tampoco. Viven demasiado bien, entre la nómina que les pagamos todos los españoles y lo que trincan de Irán y Venezuela, para transitar de la pura teoría a una praxis que podría acabar con su chiringuito de celofán hecho pedazos. Los viejos comunistas, esos sí eran peligrosos porque no tenían nada que perder. Al menos, en su extremismo, eran honestos, y se batieron por el mundo mejor en el que, equivocadamente, creían.

“Pablo Iglesias apalea con igual frenesí al capitalismo financiero o al cadáver de la exalcaldesa de Valencia”

Lo de Pablo, da hasta risa la comparación, es otra cosa: fuego de artificio, reyerta de patio de colegio, puro simulacro. Hiperrealidad baudrillardiana que se retroalimenta de mitos, chapita y puño en alto.

Los líderes de Podemos, Pablo Iglesias (d), y de Izquierda Unida, Alberto Garzón (i), salen de la sala Mirador, donde celebran un encuentro ciudadano, para atender a los medios tras el preacuerdo electoral alcanzado por ambas formaciones para presentarse a los comicios del 26 de junio. EFE/Ballesteros
Los líderes de Podemos, Pablo Iglesias, y de Izquierda Unida, Alberto Garzón/Fuente:EFE.

Hay, además, otro motivo por el que creo que el minuto de gloria de Pablo y su tribu ha tocado el techo máximo y ya solo le queda declive, caída y ocaso.

Pablo es un radical mediocre, un pobre hombre que azota sin mesura a una encarnación del mal, de creación propia, fabricada con retales de las mitologías trasnochadas que ha recibido en herencia.

Apalea con igual frenesí al capitalismo financiero o al cadáver de la exalcaldesa de Valencia. Para él, no cabe respuesta proporcionada: no sabe diferenciar un vivo de un muerto, un adversario de un enemigo, el sentimiento de la verdad. Vive de efectos cuyos flashes mantienen en trance a un electorado adicto a la cinegética del derechón rampante y el pim pam pum al acérrimo españolista. Sin Francos ni fachas ni Ritas, se nos mueren de puro aburrimiento.

“Pablo Iglesias ha tocado el techo de su indignidad, como tocó techo Boris Izaguirre cuando enseñó el culo en Crónicas Marcianas”

Cuando la pasada semana, Pablo Iglesias ordenaba a sus camaradas vaciar el Congreso para no guardar un minuto de silencio por la muerte de la diputada y senadora Rita Barberá, estaba dando sin saberlo un paso hacia el despeñadero que reserva el destino a los soberbios. La hybris de los griegos.

Porque el pueblo, la gente, en su mayoría, rechaza el histrionismo vengativo que exhibe esta ultraizquierda de ropa de marca. Pero cuando este odio sectario se ceba con un cadáver, lo que provoca es un asco profundo en la platea que nos reconcilia con los valores profundos del humanismo clásico y nos hace abominar del monstruo que nos habita y que tantas veces en la historia ha asomado la patita provocando cataclismos.

Pablo, el aprendiz de tirano, el ignorante, va sembrando odio, y ese odio provoca asco en el pueblo, mayoritariamente moderado. Y también, paradójicamente, decepción entre sus fieles.

Pablo Iglesias
Pablo Iglesias durante la presentación del libro ‘En defensa del populismo’, de Carlos Fernández Lima, en la Universidad Complutense de Madrid. (Fotografía: Javier Lizón / EFE)

Estoy convencido de que los aplausos de sus huestes esconden una ansiedad mórbida por el próximo golpe. El éxtasis de aporrear al enemigo provoca dependencia, un mono cada vez mayor, más necesitado de alimento en vena. Pero, ¿qué podría superar el gargajo sobre el féretro de la dirigente popular? Nada. Se agotó el cargador, se evaporó la adrenalina. Sólo queda sopor y caída.

Queriendo rentabilizar la muerte de Rita, Pablo Iglesias ha tocado el techo de su indignidad, como tocó techo Boris Izaguirre cuando enseñó el culo en Crónicas Marcianas. Tendrá muy difícil superar la enorme proeza de atacar a un cadáver.

Pablo Iglesias podrá seguir fanfarroneando con el mantra de que más pronto que tarde la gente tomará el cielo por asalto, pero lo cierto es que la mayoría de la gente (la de verdad, no la que ellos jibarizan) está hasta el gorro de su dialéctica cursi, de su pose de mesías de todo a cien, y de esa permanente ostentación de falta de respeto hacia todo y hacia todos, incluidos los muertos.

Ahora sí, Pablo: el verdadero tic-tac, tic-tac ha comenzado y solo tú lo has puesto en marcha.

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De la Facultad de Historia a la televisión. Escritor de guiones, responsable de programas de entretenimiento, infoshows y documentales. Periodista por accidente. Aficionado al vídeo y la fotografía. Siempre en la trinchera defendiendo valores en peligro de extinción. En la actualidad, en el equipo de campañas de HazteOir.org