Vladimir Putin, Carles Puigdemont y Pablo Iglesias/Actuall.

Uno de los elementos más perturbadores de la presidencia de Donald Trump es Rusia. Lo fue desde el principio, cuando Trump era sólo el candidato republicano que antes o después habría de perder, y él hablaba con aprobación del sátrapa Putin y de Rusia.

Luego el escándalo se asoció a la campaña electoral, cuando salieron varias informaciones que apuntaban a una ayuda poco menos que descarada de Rusia al candidato republicano. Luego ya en la presidencia, cuando los medios dijeron que Donald Trump revelaba secretos de Estado a Rusia.

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Un funcionario de la Administración señaló que el presidente había compartido con el embajador ruso y el ministro ruso de exteriores “más información que la que compartimos con nuestros aliados”.

Tillerson y McMaster lo negaron, pero según parece la fuente de esa información no son los servicios de inteligencia estadounidenses, sino los israelíes. Antes de ello saltó la falsa historia de que los rusos podían chantajearle a cuenta de una visita al país de hace años.

Por último (no sabemos por cuánto tiempo), Hillary Clinton pagó a una agencia para que extendiese el bulo de una confabulación entre Rusia y Trump. Lo cierto es que desde el final de la Guerra Fría, nunca se había oído hablar tanto de Rusia en los Estados Unidos.

Pero los Estados Unidos no son el único destino de la ‘bullshit diplomacy’ de Rusia, como la podríamos llamar. Sus ojos miran con especial interés mucho más cerca, aunque casi todo el mundo pilla cerca de Rusia.

Desde la intervención llevada a cabo al alimón entre Hillary Clinton en el Departamento de Estado de los Estados Unidos y la UE en Ucrania, la Unión Europea se ve como un enemigo temible.

No es que no lo fuera antes, pues ha demostrado no tener ningún escrúpulo a la hora de aceptar las decisiones democráticas de países como Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, los Países Bálticos… de sumarse a la Unión, en contra de las legítimas y autoritarias aspiraciones de Rusia se someterlos bajo su manto.

Georgia, Moldavia, Ucrania… están en lista de espera. El centro de gravedad de la geopolítica rusa se desplaza hacia el este y pierde valor. De modo que hay que hacer saltar la Unión Europea por los aires.

La propia UE ha creado un paraíso para políticos y burócratas en el que los ciudadanos cada vez contamos más para pagar impuestos y menos para tomar decisiones

La propia Unión Europea lo ha puesto fácil. Ha creado un paraíso para políticos y burócratas en el que los ciudadanos cada vez contamos más para pagar impuestos y menos para tomar decisiones. Y nadie dijo que algo así fuera fácil. Como no lo es crear una moneda común a docena y media de economías, cada una gestionando la macro según su leal saber y entender.

Grecia se deslizó por una pendiente de ineficacia recaudatoria y de gasto improductivo creciente que terminó por conducir al país al abismo. Ahí intervino Rusia, para ayudar a Grecia a que abandonase el euro. No lo ha conseguido, pero no por falta de ganas.

Ha intervenido en varias elecciones europeas. El caso más señero es su apuesta, con holgados fondos, por la victoria de Marine Le Pen en las elecciones presidenciales de Francia.

Marine Le Pen ha conquistado lo impensable, pero no lo imposible, que es su residencia permanente en los Campos Elíseos. Apostó por Geert Wilders en Holanda. Lanzó ataques informáticos contra varias webs en Alemania, incluida la del Parlamento. Austria, Hungría, República Checa… En realidad son unos cuantos juegos de artificio, sin mayor relevancia. Porque recurrir a medios desacreditados como RT o crear un Ejército de clones en las redes propio del último Star Wars no son apenas nada en comparación con las fuerzas que deciden en lo que tenemos por democracia.

Rusia ha encontrado en España la grieta por la que puede quebrar, o eso espera, la Unión Europea

Pero Rusia ha encontrado en España la grieta por la que puede quebrar, o eso espera, la Unión Europea. Esa grieta es la que ha abierto el nacionalismo catalán, una forma de cleptocracia autojustificada con una ideología clasista y xenófoba a fuer de progresista. Y, esto no es casual, esa grieta se ha abierto en un proceso que dice ser democrático pero que no lo es en absoluto. Un procés, habrá que decir.

Javier Lesaca, investigador de la Universidad de Washington, ha conducido un estudio en el que ha controlado cinco millones de mensajes. De ese estudio se desprende que hay miles de cuentas en redes sociales, menos humanas incluso que Vladimir Putin, que se apoyaron en medios de propaganda como RT y Sputnik para crear de forma sistemática una imagen negativa de España antes del 1-0, y también después del referenfraude.

Los ataques a la imagen de España estaban dirigidos a azuzar a los españoles que se autoodian con la paradójica razón de que son catalanes. Otras tantas cuentas, que suman otro tercio de las que están en este negocio, son de observancia chavista.

Un cuarto lo componen otras cuentas falsas y el resto las oficiales de RT y Sputnik, más un 3 por ciento, sólo un 3 por ciento, de cuentas reales. Entre ellas están los paniaguados de Julian Assange y Yoko Ono.

Es cierto que las guerras se libran en los informativos de televisión y en el resto de medios de comunicación. Y que Rusia lo ha entendido y que asume esta posición estratégica con soviética determinación. Pero también lo es que no es suficiente si no tienes un guiñol con el que puedes representar a parte de la opinión pública, y manipularla desde ahí. Ese guiñol es Podemos.

Y Rusia, que sepamos, no ha dado el paso de convertir a Pablo Iglesias en el Lenin español; es decir, en un líder financiado a manos llenas por una potencia extranjera que puede desestabilizar al país. Eso lo han hecho Venezuela e Irán, eso sí, dos aliados de Rusia.

Nuestro mal es su bien, y cuanto antes lo asumamos, mejor para España. Y peor para Rusia.

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José Carlos Rodríguez es periodista. Forma parte del equipo de ProducciONE, pero en otra vida ha sido redactor jefe de Internacional de La Gaceta, y ha trabajado en la prensa digital en medios como Factual.es, elimparcial.es y libertaddigital.com. También ha colaborado con el semanario Alba, Expresión Económica, La Ilustración Liberal, La Gaceta de los Negocios o la agencia APIE, entre otros.