El marxismo cultural es una adaptación al siglo XXI de la doctrina iniciada por Karl Marx.

El sadomasoquismo es una enfermedad mental cuya víctima solo es capaz de encontrar placer sexual al hacerse daño, incluso hasta la muerte. David Carradine, actor estadounidense célebre por sus películas de artes marciales, murió en 2009 por “asfixia autoerótica” en un hotel tailandés: necesitaba ahorcarse con una cuerda al masturbarse y, esa vez, apretó la cuerda demasiado fuerte.

El sadomarxismo cultural no es muy distinto. Se trata de una enfermedad social que reduce el debate público a un conjunto de emociones hiperbolizadas. ¿Aborto? Mujeres pobres que mueren en abortorios clandestinos. ¿Homosexualismo? Parejas a las que la sociedad les prohíbe amar. ¿Indigenismo? Nativos arrasados por los colonizadores. ¿Feminismo? La mujer subyugada por el hombre. Si se observa con detención el fenómeno, es posible distinguir que todas esas causas comparten tres elementos fundamentales.

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En primer lugar, se trata de grupos minoritarios. La identidad de clase de los sujetos se construye en torno a una característica específica, que les hace pertenecer al grupo y que, a la vez, los excluye del resto de la sociedad. Esa característica no está normalizada: si lo fuera, no surgiría la necesidad de pertenencia. Así encontramos una amplia gama de conductas sexuales, hasta hace pocos años consideradas patologías (pedofilia, incesto, transexualidad, etc.), hoy convertidas en consignas políticas.

En segundo lugar, se enfatiza la lucha de clases. Tras elegirse un grupo minoritario, solo falta para movilizar a sus integrantes el convencerlos de la existencia de una opresión histórica en su contra, que no pueden sino combatir.

“Desde la formulación básica del marxismo cultural –la articulación política de reivindicaciones sectoriales– transitamos hacia un sadomarxismo cultural en la medida que esas consignas se han ido normalizando”

Finalmente, la épica. Contra la injusticia de la sociedad, aparece el líder carismático que encarna el dolor del grupo, convirtiéndose en referente. Empero, tras esa motivación redentora, se esconde bajo la capa de esta especie de superman (super-gender-neutral, deberíamos decir hoy) la intención política: a corto andar lo veremos postulando a un cargo político y defendiendo otras consignas.

Con el agotamiento del sistema soviético, el relato de la revolución violenta perdió su atractivo. Y bajo los últimos estertores del desplome germinaba el “marxismo cultural”: línea de acción que impacta la superestructura –la cultura, el tejido social– para luego generar las transformaciones estructurales. En otras palabras, una revolución silenciosa, como la denominó Ronald Inglehart (1977).

Ernesto Laclau, teórico de la revolución marxista aplicada al siglo XXI.
Ernesto Laclau, teórico de la revolución marxista aplicada al siglo XXI.

Entre los intelectuales de mayor incidencia en este proceso, sin olvidar a Antonio Gramsci en sus orígenes, se cuentan, en su formulación estratégica actual, a Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, gurús de la izquierda contemporánea. En “Hegemonía y Estrategia Socialista” (1987) describen las bases teóricas del marxismo cultural:

El término poco satisfactorio de ‘nuevos movimientos sociales’ amalgama una serie de luchas muy diversas: urbanas, ecológicas, antiautoritarias, anti–institucionales, feministas, antirracistas, de minorías étnicas, regionales o sexuales. (…) Lo que nos interesa de estos nuevos movimientos sociales es (…) la novedad de los mismos, en tanto que a través de ellos se articula esa rápida difusión de la conflictualidad social”.

“El significado político del movimiento de una comunidad local, de una lucha ecológica, de una minoría sexual, no está dado desde el comienzo: depende fundamentalmente de su articulación hegemónica con otras luchas y reivindicaciones”.

Así, desde la formulación básica del marxismo cultural –la articulación política de reivindicaciones sectoriales– transitamos hacia un sadomarxismo cultural en la medida que esas consignas se han ido normalizando. La radicalización progresiva y rápida del proceso, mediante la instrumentalización de nuevos grupos, es estimulada por el combustible del sadomarxismo cultural: la emoción hiperbolizada. Del aborto nos acercamos al infanticidio, mientras que luego de la aceptación de la conducta homosexual hoy algunos pretenden tolerar la pedofilia. Se trata de una sociedad que aprieta cada vez más la cuerda que la sofoca, arriesgando la subsistencia de la especie humana por el endiosamiento patológico del placer individual. El relativismo dominante, que rechaza toda heteronorma, agudiza este culto a la subjetividad y la emocionalidad.

Pero esta emocionalidad vacía, individualista y deshumanizada –apenas un producto del postcapitalismo y de la filosofía del consumo, como describe Byun Chul Han– revela una debilidad: en algún momento la cuerda apretará lo suficiente. Y hay dos posibilidades: o la sociedad muere asfixiada o se trata la enfermedad. Es el sentido común latente en el hombre enfermo lo que le hace preferir el psiquiatra al suicidio. Llegada la hora, veremos de qué estamos hechos: superar el sadomarxismo cultural o morir en el intento.

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