Cada vez hay menos niños en España y la tasa de natalidad no logra subir
Cada vez hay menos niños en España y la tasa de natalidad no logra subir / PIxabay

Entre las muchas paradojas analizadas por el magnífico Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo: ¿A la catástrofe por la baja natalidad?, de Alejandro Macarrón, destaca la siguiente: nunca habían sido las circunstancias tan propicias a la procreación como en la actualidad, y nunca se habían reproducido menos los seres humanos. El lector actual ya no puede entender las aprensiones de la princesa Lise Bolkonskaya, la aristócrata de Guerra y paz que, aterrorizada por su primer embarazo, intenta impedir que su marido se vaya a guerrear contra Napoleón en Austerlitz (sus temores se revelarán fundados cuando muera de sobreparto). Y es que dar a luz ha llegado a ser –al menos en los países desarrollados- una tarea prácticamente indolora y exenta de riesgos, gracias a la obstetricia moderna y a la anestesia epidural. Durante milenios, nuestras abuelas expusieron sus vidas cada vez que parían, con un riesgo de muerte que se ha estimado en un 1% para el siglo XIX. De los hijos que alumbraban, la mitad no llegarían a cumplir los cinco años. A los que sobrevivieran les esperaba casi siempre una vida de estrechez y trabajo duro. Nuestros antepasados eran mucho más pobres que nosotros: se ha calculado que la renta pér capita real se ha multiplicado en España por cuarenta desde el siglo XVI (y por ocho desde 1950).  Y, sin embargo, con medios mucho más escasos, nunca vacilaron en la misión de transmitir la vida y perpetuar la especie.

Italia, Grecia o España se encuentran desde hace cuarenta años entre los países más estériles del mundo

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Sí, la especie humana parece estar perdiendo el instinto de supervivencia colectiva. Si leen a Macarrón, verán caer una tras otra sus ideas demográficas preconcebidas. Cayó hace tiempo el mito de la gran familia mediterránea a lo Alberto Closas: Italia, Grecia o España se encuentran desde hace cuarenta años entre los países más estériles del mundo, con tasas de fecundidad que oscilan entre los 1.2 y los 1.4 hijos por mujer. Vayan revisando también otro prejuicio aún más acendrado: el de la superpoblación islámica. La umma no es una excepción en la general desgana reproductiva: en el teocrático Irán, la natalidad ha caído más del 70% en solo tres décadas (6.53 hijos/mujer en 1980-85, 1.75 en 2010-15); Marruecos o Argelia ya están por debajo de los tres hijos por mujer, aunque todavía por encima del índice de reemplazo generacional (2.1). Eso sí, el punto y pico de diferencia respecto a una Europa meridional estancada durante décadas en la infranatalidad (Marruecos 2.56, España 1.32) no dejará de tener serias consecuencias económicas, migratorias y geopolíticas. Porque, en un contexto de caída mundial de la fecundidad, el tuerto pasa a ser rey del país de los ciegos; la demografía, como dijo Mark Steyn, se convierte en un juego de “last man standing” en el que los países que todavía posean una reserva de jóvenes tendrán sustancial ventaja sobre los definitivamente envejecidos.

El liderato nipón en el ránking mundial de decrepitud se verá seriamente amenazado en las próximas décadas por España

En la naturaleza, la franquía alimenticia o climatológica es aprovechada infaliblemente por las especies para expandirse al máximo. El hombre cumplió esta pauta hasta hace unos cincuenta años: los progresos de la medicina y el retroceso de la mortalidad infantil, al combinarse con unas tasas de natalidad todavía elevadas, dieron lugar a la gran explosión demográfica del siglo XX. Pero, a partir de cierto punto, y comenzando por el Occidente desarrollado, las ganancias de bienestar ya no se tradujeron en más crecimiento vegetativo, sino en menos. Las personas empezaron a escoger no reproducirse: querían disfrutar el nuevo bienestar ellas solas, mejor que compartirlo con incordiantes mocosos. Japón fue el primer país en caer por debajo de la tasa de reemplazo generacional ya en 1957. Hoy día es el país más envejecido del mundo, con una edad mediana de 47 años, una economía estancada y tremendos problemas de sostenibilidad de cara a las próximas décadas, que llevaron en 2013 al ministro de Finanzas Taro Aso a reprochar a los ancianos que tardaran tanto en morirse, con el consiguiente gasto en pensiones y atención sanitaria. Pero el liderato nipón en el ránking mundial de decrepitud se verá seriamente amenazado en las próximas décadas por España. Por fin seremos los primeros en algo.

No nos abstenemos de la reproducción por falta de recursos: nuestros abuelos tenían el triple de hijos con una renta varias veces inferior; Hong Kong, Singapur o Suiza, los países más ricos del mundo, están también entre los más infecundos. No es tampoco por la precariedad laboral: las funcionarias, con empleos seguros y sueldos decentes, no se reproducen más que las trabajadoras del sector privado. Simplemente, un utilitarismo implacable nos lleva a enfocar la procreación desde un análisis de coste/beneficio estrictamente individual. Y muchos llegan a la conclusión de que no compensa. Ha desaparecido por completo la noción de un “deber reproductivo” ante Dios, la patria, la especie o alguna otra instancia que trascienda al individuo. Por otra parte, el matrimonio, ecosistema tradicional para la reproducción, está en vías de extinción, sustituido por la pareja de hecho, mucho más volátil e infecunda.

Hay un momento histórico que encierra un misterio y un desafío para el pensamiento demográfico: el baby boom de 1940-1965. Pues lo cierto es que la caída de las tasas de natalidad estaba ya en marcha desde finales del siglo XIX, y había alcanzado velocidad de crucero en el periodo de entreguerras (aunque sin llegar a los abismos de lowest-low fertility de después de 1970). Y entonces, en todo el mundo desarrollado, se desencadenó un alza de la fertilidad que invertía la tendencia de los setenta años anteriores y que trascendió con mucho al mero rebote estadístico por la caída de la natalidad debida a la Segunda Guerra Mundial.

El baby boom no fue un mero rebote, pues de hecho empezó –¡oh, sorpresa!- en plena guerra. En Francia la natalidad tocó fondo en 1941 y repuntó vigorosamente a partir de 1942, pasando de 1.8 hijos/mujer a 3.1 en solo nueve años (después se quedaría rondando los 2.8 hasta mediados de los 60). En Gran Bretaña, tras tocar fondo en 1943 (1.75 hijos/mujer), también se eleva abruptamente en plena guerra, manteniéndose muy próximo a los tres hijos/mujer hasta finales de los 60. En EE.UU., la fecundidad se elevaría desde los 2.2 hijos/mujer de 1937 a unos increíbles 3.7 hijos/mujer en 1957 (una tasa hoy solo alcanzada por algunos países de África central). Sí, en el país más rico del mundo las familias tenían casi cuatro hijos en promedio hace no tanto tiempo. Una revolución muy seria tuvo lugar en los valores de Occidente en la segunda mitad de los años 60: se abrió entonces un ciclo en el que seguimos inmersos. Por cierto, dentro de unos meses celebraremos el cincuentenario de Mayo del 68. De allí venimos.

Hoy día, el único país desarrollado que sigue teniendo una tasa de fecundidad superior al índice de reemplazo es Israel

¿Consiguieron la Segunda Guerra y la reconstrucción posterior generar un sentimiento de gran empresa colectiva que llevase a nuestros abuelos –incluidos los de la Francia ocupada o los de la Inglaterra todavía bombardeada por la Luftwaffe- a tener hijos “por la patria”? Hoy día, el único país desarrollado que sigue teniendo una tasa de fecundidad superior al índice de reemplazo es Israel, con unos envidiables 3.1 hijos/mujer. Pero el Estado judío afronta de manera permanente una circunstancia histórica en cierto modo equiparable a la de los países que lucharon a muerte en la Segunda Guerra, con su supervivencia amenazada por vecinos hostiles (con los que, además, Israel libra un pulso demográfico: más de cuatros hijos por mujer en la franja de Gaza, por ejemplo). Con la religión declinando en todas partes –y con importantes líderes espirituales llamando “conejas” a las madres de familia numerosa- quizás sea el patriotismo el último resorte que pueda conseguir que la gente tenga la generosidad suficiente para transmitir la vida. No es casualidad que en Europa oriental las políticas natalistas sean impulsadas por gobiernos nacionalistas: el país que más porcentaje de su PIB dedicó en 2016 a la promoción de la familia y la natalidad fue Hungría. Dulce et decorum est pro patria procreare.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).