¿Se imaginan ustedes un mundo en el que no se pudiera leer?

    Nuestros centros comerciales están abarrotados y nuestras bibliotecas, vacías. Tal vez, el día que eso cambie, descubriremos que nuestra sociedad se ha vuelto más libre y más humana.

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    Biblioteca en Peralada
    Biblioteca en Peralada

    Se queda uno en blanco. Alfonso Ussía lo define como el vértigo ante el folio vacío. Las ideas se estancan y las palabras no fluyen. Es entonces cuando hay que volver a zambullirse en los clásicos, en lo que uno ha leído y le ha alimentado, para tomar impulso nuevamente y escribir. Eso he hecho estos días desgranando una vez más las “Razones para la esperanza” de Martín Descalzo.

    “Así es como va construyéndose uno el alma, como una casa que tuviera tantos ladrillos como libros leídos”, señalaba el sacerdote y periodista, quien confesaba que empleaba entre cuatro o cinco horas en redactar sus artículos, que se lee cada uno en apenas diez minutos. ¿Se imaginan una vida en la que no se pudiera leer? Es cierto que a algunos no les afectaría lo más mínimo, porque sus casas son de las que apenas tienen ladrillos, pero otros sentiríamos que nos privan de algo muy preciado. O, como diría el sacerdote y periodista, perderíamos ese “leer por el puro placer de leer”.

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    Siento lástima por aquellas personas para quienes los pocos libros que pueblan las estanterías de sus casas no son más que elementos decorativos

    Porque, efectivamente, leer se llega a convertir en un placer. Y siento lástima por aquellas personas que desdeñan la lectura y para quienes los pocos libros que pueblan las estanterías de sus casas no son más que elementos decorativos. ¿Qué otros placeres tienen? Quizás se les pueda aplicar aquello que señalaba Unamuno de que “los hombres cuyos únicos goces son los que llaman goces sensibles, rara vez son espíritus libres”.

    ¿Se es, entonces, más libre cuanto más se lee? Es muy posible porque, en palabras de Unamuno, “cuantas menos ideas tenga uno y más pobres sean ellas, más esclavo será de esas pocas y pobres ideas”. Además, “cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee”, añadía el literato vasco. Quizás por eso, Martín Descalzo reconocía que “yo no soy consciente de ninguna lectura que me hiciera daño”, porque era un infatigable lector. Benavente era de la misma opinión: “No hay lectura peligrosa: el mal no entra por la inteligencia cuando el corazón está sano”.

    Unamuno decía “creo que un genio no maduraría a falta de otros genios”

    Escribir, leer y dejar que lo leído nos vaya creando por dentro. “Tengo que vivir mendigando ideas, de aquí, de allá, aprendiendo a vivir y a pensar de lo que otros han vivido, haciendo carne mía lo que otros construyeron y pensaron”, subrayaba Martín Descalzo con su habitual franqueza y sencillez. O, de nuevo en palabras de Unamuno, “creo que un genio no maduraría a falta de otros genios”. Y, ¿cómo conocer a genios pasados y presentes si no es por la lectura? Las grandes ideas escritas perduran; los folletines y escritos de poca monta acaban por desaparecer en el olvido.

    Y, junto al placer de leer, está el placer de escribir, al que me referiré en otro artículo. Un placer, sin embargo, que tiene algo de tormento cuando, como decíamos al inicio, las ideas se trastabillan. Rara vez salen los escritos de golpe, como si un torrente de creatividad se vertiese sobre el papel. Entonces, cada oración, cada palabra, es una pelea y una conquista. Es, efectivamente, un vértigo, un temblor ante el folio en blanco. Solo cuando el estro creador del que hablaba Azorín hace su presencia, las ideas regresan y las palabras fluyen libremente, como si alguien te dictase al oído lo que has de escribir.

    Leer por leer. Leer por el placer de leer. Nuestros centros comerciales están abarrotados y nuestras bibliotecas, vacías. Tal vez, el día que eso cambie, descubriremos que nuestra sociedad se ha vuelto más libre y más humana.

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