El testimonio del ‘checkpoint Charlie’

    La reciente eliminación de Alemania del mundial de fútbol permite situar en su justa posición los acontecimientos de la vida. Para los alemanes esta derrota es una fruslería de la que se sobrepondrán, como lo hicieron de dos acontecimientos realmente duros: las dos guerras mundiales.

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    Una imagen actual del 'checkpoint Charlie' en Berlín.
    Una imagen actual del 'checkpoint Charlie' en Berlín.

    Alemania está en shock por su inesperada eliminación del Mundial. No pasa nada. Si alguien sabe afrontar las adversidades con entereza es el pueblo alemán. Así lo acredita su historia reciente, sobreponiéndose a la derrota de dos guerras mundiales el pasado siglo y recuperando todo su esplendor a raíz de la reunificación del país, en 1990.

    Entonces, la capital pasó a ser de nuevo Berlín “al completo”, tras haber quedado partida en cuatro al acabar la Segunda Guerra Mundial. Hoy la ciudad se abre al visitante con una amplia oferta cultural, única en el mundo. La “Isla de los Museos”, en la que se puede contemplar desde el famoso busto de Nefertiti hasta la Puerta de Ishtar o la fachada del Mercado de Mileto. O Tiergarten, junto con uno de los emblemas de la ciudad, la Columna de la Victoria -que aún conserva restos de metralla-. Hoy convertido en parque, antaño fue el coto de caza de la aristocracia prusiana. Como curiosidad, para acceder a la columna desde el parque hay que bajar por un pasadizo subterráneo. Dicho pasadizo es parte de un bunker de la Segunda Guerra Mundial, como tantos otros que horadan el subsuelo berlinés. Uno de los más importantes, obra de Albert Speer -el arquitecto del Reich-, se halla en la estación de metro de Alexander Platz, aunque no está visible al público.

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    Pero si hay un lugar que sobrecoge especialmente, es el Museo del checkpoint Charlie, auténtica cámara del tiempo donde se conservan los principales testimonios de la Guerra Fría. Muy cerca, John F. Kennedy pronunció su famosa frase “Ich bin ein Berliner” -“yo soy berlinés”- significándose con la ciudad que padecía la vecindad del ominoso vecino soviético. En su interior se conserva una excelente colección de fotos de época, junto con artilugios imposibles con los que los sufridos berlineses del Este intentaban pasar el Muro y obtener así la libertad.

    El museo del checkpoint Charlie debería ser algo más que una reliquia. Puede visitarse porque hay democracia, y eso sólo fue posible tras el colapso del totalitarismo “progresista”

    Antiguos modelos de Volkswagen y Skoda con compartimentos secretos -y minúsculos- donde se escondía una persona, globos aerostáticos, aviones ultraligeros caseros, y un arnés de tirolina para rebasar el Muro. Por haber, hay hasta un submarino fabricado en un garaje, verdadero prodigio de ingeniería doméstica. Pero también, siniestros mecanismos de disparo automático, para los que sucumbían a las tentaciones de la “decadencia occidental”. Cartas delatoras, actas de interrogatorio y atroces testimonios son el colofón de lo que Helmut Kohl definió como “un museo erigido al honor, el del pueblo alemán”. Impresiona la ropa de un joven herido por una mina anti-persona, a la que consiguió sobrevivir.

    Hoy el museo del checkpoint Charlie debería ser algo más que una reliquia del pasado. Puede visitarse gracias a que hay democracia, y eso sólo fue posible tras el colapso del totalitarismo “progresista”. Es la misma ideología que hoy larva Venezuela, Corea del Norte o Cuba, y que una buena parte de la izquierda europea pretende hacer suya. Por eso es tan valioso su testimonio: se empieza con tics populistas y se acaba tratando de huir de tu propio país, laminando de paso a los que discrepan. Y por eso el pueblo alemán relativiza tan bien fruslerías tales como caer eliminados en un Mundial: saben de dónde vienen y lo que en verdad importa.

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