Transformar la Tierra en un ambiente sano para todos

    A pesar de los evidentes cambios climáticos que asolan al planeta, estamos a tiempo de cambiar y rectificar este rumbo.

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    Hielo derretido/ Wikimedia

    No es exagerado afirmar que el cambio climático es, desde hace unas décadas, uno de los principales problemas que aquejan a la humanidad. En 1988 se creó el Panel Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC), un órgano Intergubernamental de Expertos que tiene por finalidad proporcionar evaluaciones integrales del estado de los conocimientos científicos, técnicos y socioeconómicos sobre el cambio climático, sus causas, posibles repercusiones y estrategias de respuesta. Este órgano lleva tiempo reclamando más atención a este problema y considera que el calentamiento global es una realidad que se ha acelerado en los últimos cien años, debido en gran parte al uso que el hombre ha hecho de los combustibles fósiles, como el carbón y el petróleo.

    Las consecuencias de esto las está padeciendo la naturaleza que nos rodea y la constatamos a través de las imágenes que nos ofrecen a diario los medios de comunicación: el deshielo de los polos, la inundación de zonas costeras, las sequías, la desertificación, las alteraciones meteorológicas. Las tremendas secuelas de este estado de cosas son muy preocupantes no solo para el hombre, señor y dominador de la naturaleza, sino también por lo que supone la alteración de los ecosistemas y la pérdida del hábitat natural de muchas especies. De forma muy estimulante y certera el Papa Francisco publicó el verano pasado la carta encíclica, ‘Laudato si’, en la que denuncia la situación actual: «la Tierra, nuestra casa, parece transformada en un inmenso depósito de inmundicias».

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    El primer intento: Kioto

    La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), creada en 1992 como órgano consultivo de las Naciones Unidas, está tratando de avivar una conciencia pública sobre este problema a escala mundial. A instancias de este órgano, se estableció un acuerdo internacional en 1997, el Protocolo de Kioto, para reducir las emisiones de gases del llamado «efecto invernadero», que procedentes de la industria son la principal causa de la elevación de la temperatura del planeta: dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y productos fluorocarbonados.

    A pesar de las oportunas llamadas de atención, los dos principales países contribuyentes al calentamiento global, Estados Unidos y China, han hecho poco caso al problema, y es ahora, durante la celebración en París de la XXI Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático -COP21-, cuando tal vez decidan aplicar las medidas oportunas. Los 100.000 millones de dólares necesarios para empezar a solucionar el problema no deben ser un obstáculo para la conservación del más bello y extraordinario lugar del universo, que no nos pertenece solo a quienes lo habitamos ahora sino también a las futuras generaciones.

    El ser humano, la obra maestra de la Creación, es un recién llegado a este viejo mundo

    Hasta donde hoy sabemos el planeta en el que habitamos, cuya edad se tasa en unos 4.400 millones de años, es único y de una extraordinaria rareza en el conjunto del Universo, por las extraordinarias condiciones necesarias para albergar la vida. Los primeros microfósiles datan de hace unos 3.600 millones de años y desde entonces, a partir de una forma inicial de vida unicelular ha surgido el impresionante abanico de tipos biológicos que constituyen la biodiversidad y que ha conquistado todos los nichos ecológicos del inmenso mosaico de ambientes del planeta.

    El ser humano, la obra maestra de la Creación, una asombrosa e insólita forma de vida imposible de explicar únicamente en términos materiales, es un recién llegado a este viejo mundo. Su aparición en África, hace unos pocos cientos de miles de años, seguida de su emigración a Europa y Asia y después al resto de los continentes, se ha caracterizado por su rápida expansión y éxito adaptativo que ha determinado su presencia en todo tipo de ecosistemas terrestres.

    El Homo Sapiens

    Pero lo más asombroso del Homo sapiens son sus portentosas cualidades, inéditas entre los millones de especies que pueblan la Tierra. El hombre es la única especie que vive su vida de forma consciente. La única con capacidad de reflexión y comunicación por medio de un lenguaje articulado, no solo sonidos guturales, sino palabras e ideas… De este modo, a la evolución biológica de nuestra especie se une, también de forma única, una evolución cultural, que a la transmisión de genes, añade la de los conocimientos y experiencias de generación en generación.

    Los humanos sabemos que vivimos y hemos aprendido a explotar, nunca mejor dicho, los recursos naturales que nos brinda este precioso lugar para mejorar nuestras condiciones de vida. Somos la única especie capaz de transformar el mundo para convertirlo en un lugar en el que se puede vivir más y mejor y poco a poco hemos ido transformando el mundo para acomodarlo a nuestro bienestar y el de nuestros descendientes, pero paradójicamente también para convertirlo en un inmenso depósito de inmundicias.

    La pregunta que urge contestar es si estamos a tiempo para poner remedio a esta situación. La respuesta es que sí. Aun se puede enderezar el rumbo. No debemos dudar de que si hemos sido capaces de modificar la naturaleza para aprovechar sus recursos también podemos recuperar todo lo que está siendo perturbado. Hoy mejor que nunca, sabemos las causas de lo que afecta al medio ambiente y estamos a tiempo para poner remedio a este proceso delirante de destrucción del medio natural.

    Cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica

    Dice Inger Andersen, Directora General de la UICN, -Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza- que: «lejos de ser simplemente víctimas del cambio climático, los ecosistemas sanos pueden ser aliados poderosos y estimular y ayudar a adaptarnos y a mitigar los efectos de un clima cambiante». Sabemos que los ecosistemas naturales, tales como bosques, praderas, humedales, cuencas de ríos, estuarios y océanos, absorben y almacenan carbono.

    Posibles soluciones

    Tan solo los océanos absorben más del 25% de las emisiones anuales de dióxido de carbono, mientras que los ecosistemas terrestres pueden llegar a almacenar casi tres veces la cantidad de carbono que se encuentra en la atmósfera. De este modo se pueden generar soluciones al cambio climático basadas en una gestión adecuada de la propia naturaleza, lo que traería consigo beneficios para la salud humana, comida y agua potable para todos, protección a las comunidades más vulnerables, recuperación del ambiente, conservación de las especies en peligro de extinción y solidaridad intergeneracional.

    Pero es también el momento de repensar qué estamos haciendo mal, si es éticamente aceptable todo lo que es técnicamente posible. Siempre será mejor pensar antes de actuar, que poner remedio por no haber pensado antes en las consecuencias.

    Dicho de otro modo, volver a la cordura que parece haberse perdido en lo que supone la aplicación de los grandes avances tecnológicos. A este propósito el médico y genetista francés Jerome Lejeune (1926-1994), denunciaba la situación alarmante de nuestro tiempo al significar el «desequilibrio cada vez más inquietante entre nuestro poder que aumenta y nuestra sabiduría, que disminuye». Esto es algo a lo que alude también el Papa Francisco en ‘Laudato Si’ cuando señala que: «cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica… la técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder».

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    Doctor en Biología, Catedrático Emérito de Genética, Presidente de CiViCa, Ciencia, Vida y Cultura. Consultor del Pontificio Consejo de la Familia. Pertenece a diversos comités de Bioética. Autor de varios libros de divulgacón científica y de bioética. Participa en másteres, cursos, conferencias, publicaciones y medios de comunicación.