El presidente estadounidense, Donald Trump
El presidente estadounidense, Donald Trump / EFE

Conforme nos acercamos al primer aniversario de la victoria de Trump, el hecho de que haya llegado a la Casa Blanca no deja de sorprendernos. El 9 de noviembre ―fecha en que Occidente conmemora la caída del muro de Berlín―, el hombre que prometió alzar un muro para separar Estados Unidos de México se convirtió en el cuadragésimo quinto presidente de la nación más poderosa del mundo.

Trump fue el vencedor en las urnas según el sistema de voto indirecto del colegio electoral, aunque Hillary Clinton le superó ampliamente en el número de votos directos. Casi un año después, diríase que Estados Unidos sigue noqueado por el trumpazo, sobre todo en el entorno de la intelligentsia de ambas costas (escritores, artistas, periodistas, politólogos, analistas) que, pese al precedente del Brexit, fallaron con estrépito en sus augurios.

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Parte del muro que separa Estados Unidos de México en Arizona, construido por Bill Clinton

Ahora que Hillary Clinton acaba de publicar su análisis de una derrota que confiesa no haber encajado ―What Happened, aún no traducido al español, pero que podría titularse “Lo que de verdad pasó”―, el mundo occidental se ve obligado a apartar por unos minutos la atención del espectáculo diario de Trump para recordar a quien fuera su adversaria electoral, cuyo libro está ya en el primer puesto de libros más vendidos de Amazon.

Hillary culpaba a la prensa estadounidense que cubría la campaña de 2016 de haber dado por hecha su victoria

En una de sus primeras entrevistas de promoción, Hillary culpaba a la prensa estadounidense que cubría la campaña de 2016 de haber dado por hecha su victoria, centrándose obsesivamente en un Trump que les resultaba sin duda más entretenido.

Recordemos que la campaña de las elecciones generales de 2016 fue novedosa por el empleo de Twitter por parte de Trump. Pero también fue la más sucia de la historia electoral de Estados Unidos, con un despliegue de insultos por parte del candidato republicano que llevó al New York Times a hacer una lista de todos los países, empresas y personas atacados por Donald Trump.

Hillary Clinton y la portada de su último libro.
Hillary Clinton y la portada de su último libro.

En su rompedora campaña el candidato republicano usó contra Hillary Clinton decenas de insultos ―“Esa mujer siniestra”, “Ladrona”, “Estafadora”, “Mentirosa”, “Bochornosa”, “Muy tonta”, “Débil”, “Atolondrada”― para configurar lo que ahora la prensa estadounidense cataloga como un caso de difamación o, en términos posmodernos, como un asesinato de la reputación.

El término “corrección política” lo acuñó a mediados del siglo XX el socialismo estadounidense para criticar el dogmatismo moral de sus compatriotas comunistas

Entre las derivas de la decadencia occidental, tal vez la más asombrosa sea la apropiación por parte de la derecha del concepto de la incorrección política. El término “corrección política” lo acuñó a mediados del siglo XX el socialismo estadounidense para criticar el dogmatismo moral de sus compatriotas comunistas.

En la década de 1980 lo resucitó la izquierda demócrata para definir la reacción irónica contra el estándar moral o social comúnmente aceptado. Con este sentido lo empleó el periodista estadounidense Bill Maher para titular en 1993 su exitoso programa de tertulia política “Politically Incorrect”, que duró una década larga con invitados de todas las tendencias.

Donald Trump rodeado de parte de su equipo, comparece en la Casa Blanca. / EFE

En los albores del siglo XXI la derecha alternativa de Estados Unidos ―la alt-right nacida en el entorno del Tea Party― se apropió de la incorrección política como un pasaporte auto-concedido para insultar personalmente a cualquiera percibido como un enemigo.

Esta versión tramposa y fullera de la incorrección política fue la que abusó Trump durante su campaña con Hillary Clinton, maniatada por su credo izquierdista para responderle del mismo modo. Merece la pena preguntarse qué hubiera sucedido si Hillary hubiera roto este dique de contención llamando a Trump, por ejemplo, “Inculto”, “Macarra de Queens”, “Millonario hortera”, “Egocéntrico”, “Paranoico”, “Tuitero histérico”, “Fantasmón”, “Bocazas” o “Novato”.

La campaña estadounidense de 2016 fue un duelo de pistola contra espada, por así decirlo.

Nunca lo sabremos. Paradójicamente, el supuesto defensor de los valores cristianos occidentales atacó a su adversaria con la saña cobarde de un matón callejero, mientras la defensora de la diversidad religiosa ponía la otra mejilla piadosamente. Merece la pena recordar que en los duelos de origen vikingo ―popularizados en Europa por Dumas en el siglo XIX― había un estricto código de honor que regulaba el enfrentamiento, incluyendo la obligación de ambos de respetar las armas elegidas por el ofendido. En este caso, él eligió la chabacanería y ella, la superioridad moral. La campaña estadounidense de 2016 fue un duelo de pistola contra espada, por así decirlo.

Desde las elecciones generales de 2016 ―consideradas no válidas por cientos de miles de estadounidenses que malician un amaño ruso―, hemos podido comprobar que el Estados Unidos de hoy, gobernado por un multimillonario presentador de televisión de 71 años, guarda ya poca relación con la orgullosa nación que levantaron los siete Padres Fundadores a finales del siglo XVIII.

Serie Mad Men
Serie Mad Men

De hecho, el Estados Unidos de 2017 parece una serie de Netflix. Trump parece haber basado su programa “America First” en Mad Men y su argumentario anti-izquierdista en House of Cards. Nadie duda que Trump logrará su sueño americano privado: verse homenajeado en una serie de Netflix que podría llamarse perfectamente “El presidente sin atributos”.

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Periodista, escritora y traductora de inglés de literatura, ensayo y cine. Pasó su infancia entre París y Washington DC. Licenciada en Filología Inglesa, trabajó durante una década el sector cultural, en empresas como Microsoft Encarta y Warner Music. Tiene tres novelas publicadas. Ha traducido al español a clásicos como Dickens, Kipling, Wilde, Poe y Twain. Colabora desde hace décadas en prensa española y latinoamericana. Tras una década colaborando en revistas femeninas como Vogue, Gala y Telva, se inició como columnista en La Razón, labor que continuó en La Gaceta.