El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y el dictador comunista norcoreano Kim Jong-un.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y el dictador comunista norcoreano Kim Jong-un.

La realidad es sucia, lo tengo dicho. Casi siempre es de tal manera, pero no del todo; de aquel modo, aunque con este matiz. Cada situación requiere un paciente estudio y una pausada reflexión, para que al final la cosa haya que desarrollarla en párrafos sosísimos, con lo que le gusta a nuestra especie el todo o nada.

Por eso la mayoría de la gente, que bastante tiene con vivir su vida y trabajar en lo suyo y sacar a la familia adelante, que probablemente no tenga ni afición por estas cosas, tiende a comprar las opiniones en pack. Soy, digamos, socialdemócrata progresista, o liberal de la Escuela Austriaca o lo que se le ocurra, y aparece un nuevo fenómeno, una noticia, algo sobre lo que se nos pide -o deseamos- una opinión. Fácil: miro lo que tiene que decir mi partido sobre el particular y ya está.

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Pero hasta eso parece habérsenos hecho muy trabajoso últimamente, así que los grandes medios, que velan amorosamente por que no erremos ideológicamente, lo simplifican con muñequitos; quiero decir, que nos ofrecen personajes que no pueden errar y otros que no aciertan ni por casualidad.

Si Donald Trump opina A, ya puede usted estar cierto de que la respuesta correcta, la que se espera de un ser civilizado como usted, es la contraria.

El campeón de estos últimos es Donald Trump. Lean sobre él, vean cualquier cadena hablando de él: es un barómetro infalible. Si Donald Trump opina A, ya puede usted estar cierto de que la respuesta correcta, la que se espera de un ser civilizado como usted, es la contraria.

Nada es bueno ni malo a priori, hasta que Trump ha decidido sobre ello. Aplica medidas proteccionistas, lo que indica que odia el libre mercado, que es lo que nos hace ricos y prósperos, big fail; recorta regulaciones para fomentar el libre mercado, clara señal de que es un corrupto adorador del capitalismo salvaje y esa jungla que es el libre mercado.

Es increíblemente útil, porque quien nunca acierta orienta tanto como el que nunca se equivoca. De hecho, uno ve cómo los periódicos convencionales cambian en horas 24 su opinión editorial sobre cualquier asunto si al presidente americano le da, sin avisar, por apoyar lo que apoyaban, que en ese momento se convierte en malo y en erróneo y en lo peor de lo peor.

Mientras Trump estuvo dando voces y mascullando amenazas de matón de bar contra el líder norcoreano, el consenso mediático ponía los ojos en blanco y nos aseguraba que este agresivo cowboy de tres al cuarto nos iba a llevar a la Tercera Guerra Mundial con sus bravatas, que las cosas hay que negociarlas, sea con quien sea.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se reúne con su homólogo cubano, Raúl Castro, en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. EFE/Behar Anthony

Pues bien, el rollizo Kim Jong-un ha dicho que vale, que se pase Trump por Pyongyang y lo hablan. Incluso ha sugerido que podría abandonar del todo su abracadabrante programa de armas nucleares si Estados Unidos le ofrece garantías.

Bien, ¿no? Quiero decir, ha logrado lo que no consiguieron el Nobel de la Paz fulminante, con su amable sonrisa y sus modales versallescos, lo que soñaron y no alcanzaron tantos presidentes norteamericanos antes que él. Incluso se podría firmar la paz, que en teoría la Guerra de Corea aún no ha terminado porque nunca se llegaron a acordar condiciones de paz, solo un armisticio. Imagínese: poner fin a una guerra que se arrastra desde 1950, más de medio siglo. Si eso no es de Nobel, entonces yo no sé qué pueda serlo; quizá arrojar toneladas de bombas sobre siete países distintos, como hizo Obama.

Bueno, pues no. Porque lo hace Trump, principalmente, y reconocerle algún mérito, el más pequeño -no digamos uno de esta envergadura- sería comerse un sapo demasiado grande para la soberbia de nuestros mandarines.

Así que la consigna ahora es que un líder democrático no se sienta con un dictador a negociar.

Uno solo puede conversar de paz con quien está en guerra, y uno solo está en guerra con otro después de haberle demonizado a conciencia

¿No? Y entonces, ¿con quién se sienta a negociar una paz, con un aliado democrático? Uno solo puede conversar de paz con quien está en guerra, y uno solo está en guerra con otro después de haberle demonizado a conciencia. Es decir, que por definición hay que negociar con quien se ha presentado ante la opinión pública como monstruo.

Por lo demás, estos mismos que se acaban de sacar de la manga semejante tontería que nos llevaría a la guerra interminable son los que describen la Segunda Guerra Mundial como “la buena guerra”, una que debería haberse empezado incluso antes “para parar a Hitler”… De la mano de Stalin, ese angelito.

La opinión pública está alcanzando unos grados de infantilización maniquea que llevan a desesperar, pero esto es ir ya demasiado lejos. Si no queremos pasarnos la vida bombardeando países y dejándolos hechos unos zorros, con espantosas pérdidas de vidas y haciendas y el riesgo de regímenes tan malos como los que se destruyen, hay que hacer como ha hecho Trump, como hizo Reagan: dar un par de voces, mostrar la propia fuerza, y luego, cuando el enemigo entra en razón, sentarse y hablar.

Y darle luego un Nobel al chico, aunque solo sea para ver la cara que se les queda a los de El País.

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