Trump el xenocida, o ya será menos

    "Hay que ser incurablemente pesimista para no ver el resquicio de esperanza que el relevo en la Casa Blanca implica, incluso para Europa".

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    Manifestantes participan en una protesta en Oakland, California (Estados Unidos) contra la elección del republicano Donald Trump como nuevo presidente /EFE
    Manifestantes participan en una protesta en Oakland, California (Estados Unidos) contra la elección del republicano Donald Trump como nuevo presidente /EFE

    Es un hecho: la victoria de Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos no ha sido bien recibida por la mayor parte de la opinión publicada. Y no nos referimos sólo a los medios de comunicación de línea progresista, sino también a los conservadores.

    Por poner sólo un ejemplo, en el ABC del 10 de noviembre casi todas las columnas de opinión, unas catorce o quince, incluyendo el editorial, veían con pesar (algunas con sumo pesar) el resultado electoral del país americano. Sólo la columna de Salvador Sostres mostraba entusiasmo con el próximo inquilino de la Casa Blanca, si bien alguna que otra no disimulaba cierto regocijo ante las caras que se les habían quedado a las celebridades progres.

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    ¿Hay motivos para tanta desolación, a derecha e izquierda? Lo más sensato sería dejar que el tiempo nos sacara de dudas, y puede que lo haga en cuestión de meses. Sin embargo, partiendo de lo que sabemos hoy, o sea, lo que el señor Trump ha dicho y repetido que empezará a hacer en cuanto asuma la presidencia a principios de año, no es irrazonable ensayar una respuesta provisional (como todo en esta vida) a esa cuestión.

    Simplificando, podríamos decir que existen tres Trump: el populista, el conservador y el liberal

    La tesis más extendida considera a Trump como un populista de una pieza. Sin embargo, un somero análisis de sus propuestas nos indica que muchas de ellas –es más, la mayoría– no encajan plenamente dentro de esta categoría política. Simplificando, podríamos decir que existen tres Trump.

    Uno es, innegablemente, el Trump populista, el que quiere construir un muro con México para frenar la inmigración ilegal y pretende instaurar aranceles y penalizar las deslocalizaciones, para proteger los empleos de sus conciudadanos.

    Otro es el Trump conservador (en el sentido de opuesto a las ideas de los autodenominados progresistas), el que promete renovar el Tribunal Supremo con un juez provida, cortar las subvenciones a la multinacional abortista Planned Parenthood y proteger las libertades de individuos, empresas e instituciones educativas contra la Stasi LGTB.

    Las propias medidas de control de la inmigración son, en cierto aspecto, clásicamente conservadoras, en la medida en que muestran una preocupación nada infundada por el orden y la seguridad, frente al irreal cosmopolitismo de unas élites aisladas de las consecuencias del multiculturalismo en sus confortables zonas residenciales. Y algo similar puede decirse de las ideas de Trump en política exterior, que priorizan los intereses nacionales renunciando al redentorismo democrático neocón, que tenía más de neo que de con (servador).

    Y cuyo terrible fracaso salta a la vista, por cierto, aunque Obama lo haya agravado indeciblemente con su irresponsable deserción de Iraq y Afganistan, y su temerario apoyo a las primaveras árabes.

    Por último, hay también un Trump liberal en lo económico, que habla de reducir impuestos y de desmontar el Obamacare, el proyecto de sanidad pública con el cual el gobierno saliente pretendía acercar los Estados Unidos al decadente modelo socialdemócrata europeo.

    Siempre he creído que a los políticos no hay que juzgarlos por sus intenciones, sino por sus actos y las consecuencias de estos

    Pues bien, en mi modesta opinión, el Trump liberal-conservador puede acabar predominando sobre el otro. No porque personalmente lo desee (aunque sea el caso); ni siquiera por lo que haya verdaderamente en la cabeza de Trump. Siempre he creído que a los políticos no hay que juzgarlos por sus intenciones (que sólo Dios conoce con certeza), sino por sus actos y las consecuencias de estos. El presidente electo puede haber dicho lo que haya dicho en el pasado, puede haber sido un trasto en su vida privada hasta anteayer mismo, pero nada de todo esto determina infaliblemente lo que sea, piense o vaya a hacer ahora y en el futuro.

    Si pienso que el cuadragésimo quinto presidente de los USA puede llegar a ser un buen presidente liberal-conservador, a pesar de sus tics populistas (que le han servido para alcanzar la Casa Blanca, y acaso para nada más que esto) es, por una parte, porque con un poder legislativo dominado por los republicanos, Trump posiblemente se vea obligado limar sus propuestas menos liberales en lo económico, para no perder el apoyo de su propio partido. Y lo tiene relativamente fácil, pues siempre podrá esquivar la acusación de incumplir sus promesas electorales desviándola al Congreso, quién sabe si con un acuerdo tácito.

    Por otra parte, incluso si Trump consigue aplicar algunas de sus medidas proteccionistas, cabe dudar de que sus efectos deban preocuparnos excesivamente, al menos antes de comprobarlos. Pues lo cierto es que, desde la Segunda Guerra Mundial, un mayor o menor grado de proteccionismo (en agricultura y ganadería, en sectores como el metalúrgico o el energético, etc.) nunca ha dejado de practicarse, y ello no ha impedido que se haya producido un incremento de la riqueza y la prosperidad globales sin precedentes en la historia.

    Seguramente a pesar de los obstáculos al libre comercio, y no gracias a ellos; pero eso no quita para que tales obstáculos (si no superan ciertos límites) sean menos graves, en la práctica, de lo que cierto utopismo liberal tiende a considerar.

    La experiencia indica que basta una cierta libertad de mercado para que se produzcan sus efectos más beneficiosos. Es lo que ha ocurrido en China en las últimas décadas de manera incontestable, a pesar de seguir siendo una dictadura infumable. Así que si ciertas medidas proteccionistas permiten, a corto plazo, preservar algunos miles de empleos industriales, en contra de lo que recomienda la ortodoxia teórica liberal (probablemente con razón en el largo plazo), puede que tampoco sea algo tan pernicioso, sin ser lo óptimo.

    Hay que ser pesimista para no ver el resquicio de esperanza que es Trump, incluso para la orgullosa Europa frente a la mayor democracia del mundo

    Pero más allá de lo que pueda depararnos el Trump más populista (es decir, paradójicamente más cercano a las propuestas de la izquierda antiTTIP), después de ocho años de Obama hay que ser incurablemente pesimista para no ver el resquicio de esperanza que el relevo en la Casa Blanca implica. No sólo para los Estados Unidos, sino tambien para Europa, si ésta supiera ponerse a favor de los vientos de cambio que eventualmente soplaran del Atlántico, en lugar de encastillarse en su proverbial y ridículo complejo de superioridad frente a la mayor democracia del planeta.

    Resquicio de esperanza para hacer frente a la amenaza interna (la cultura de la muerte, con su Gaypol y su Climapol) y a la principal amenaza externa, que no ha variado esencialmente en los últimos 1400 años, salvo el siniestro capítulo totalitario (nazi y comunista) del siglo XX. Ambas amenazas, la interior y la exterior, inextricablemente relacionadas, porque si no superamos lo que nos debilita, y no lo hacemos pronto, sucumbiremos ante los bárbaros.

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    Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.