Trump y el fin del mundo tal como lo conocemos

    El mayor error de los que se suman a la histeria climática es pensar que se trata de un tema transversal, de una cuestión meramente científica, desprovista de connotaciones ideológicas

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    Donald Trump cuestiona el calentamiento global y ha sacado a los EE.UU. del Tratado de París.
    Donald Trump cuestiona el calentamiento global y ha sacado a los EE.UU. del Tratado de París.

    Cerca de cumplirse cinco meses de la presidencia de Donald Trump, los medios siguen sin concederle un solo día de tregua. Cuando no son las informaciones sobre sus supuestas relaciones con Rusia, que no terminan de concretarse en nada sólido, se exponen sus decisiones bajo un ángulo indisimuladamente hostil o bien se silencian sistemáticamente, como las medidas contra el abortismo.

    Si no hay nada mejor, se echa mano de los chismes sobre sus modales, sobre si ha empujado a aquel, si tira del brazo del otro al estrecharle la mano o se sienta antes que el papa. Y por supuesto, se le afea hipócritamente su empleo de las redes sociales.

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    Lo que en cualquier otro líder se interpretaría como signo de “cercanía” y de desenvoltura con las nuevas tecnologías, en el caso de Trump sólo merece menosprecio y chascarrillos.

    «Los medios más enfangados en la ideología progresista poco menos que han acusado a Trump de amenazar la supervivencia de la humanidad»

    Las reacciones ante la decisión del presidente norteamericano de sacar a Estados Unidos del acuerdo de París sobre el cambio climático se enmarcan dentro de esta línea tendenciosa. Los medios más enfangados en la ideología progresista poco menos que han acusado a Trump de amenazar la supervivencia de la humanidad.

    Muchos, empezando por el expresidente Obama, y continuando por departamentos de comunicación de grandes empresas, han pronosticado que Estados Unidos perderá competitividad en el terreno de la innovación energética, y han sentenciado que apoyar el carbón es un retroceso tecnológico.

    También se ha deplorado de manera generalizada que la primera potencia mundial se desmarque del consenso de casi doscientos países, situándose al lado de Nicaragua y de Siria.

    «El argumento de que el acuerdo climático es bueno aunque sólo sea “por si acaso”, no es moralmente defendible»

    Incluso algunos que no comparten las versiones más catastrofistas del cambio climático han señalado que es una verdadera pena romper un acuerdo que, a fin de cuentas, trata de reducir la emisión de gases contaminantes, lo cual siempre será algo beneficioso, en mayor o menor grado.

    Empezando por replicar a estos últimos, hablar de gases contaminantes para referirse principalmente al CO2  es caer en el lenguaje trucado del progresismo mundial. El dióxido de carbono no tiene nada de contaminante, sino todo lo contrario: se trata de un gas esencial para la vida. Reducir las emisiones de CO2  no es algo intrínsecamente bueno, salvo que la teoría antropogénica del cambio climático estuviera en lo cierto, que es precisamente lo que cabe discutir.

    Por si fuera poco, el acuerdo de París, si se aplicara realmente más allá de la retórica, implicaría unos costes económicos que indirectamente afectan siempre a los países más pobres, al reducir el crecimiento económico y por tanto el ritmo al cual millones de personas escapan de la miseria.

    El argumento de que el acuerdo climático es bueno aunque sólo sea “por si acaso”, no es moralmente defendible. Que le expliquen a los millones de habitantes del planeta que sueñan con dejar atrás la pobreza que deben abandonar sus esperanzas, “por si acaso” el alarmismo ecologista acierta esta vez, tras sus fracasos en predecir la catástrofe de la superpoblación, el agotamiento de los recursos y el enfriamiento global, que hace escasas décadas eran los temas de moda.

    «Desde las premisas progresistas, el ‘patriarcado’, el cambio climático y el capitalismo son cuestiones íntimamente relacionadas»

    El argumento del consenso internacional apenas merecería mayor comentario. Que todos los países del mundo, tanto democracias como dictaduras abyectas, tanto estados de derecho como teocracias islámicas, se sumen a un pacto, no dice gran cosa a favor de él, sino más bien al contrario.

    En cuanto a los lamentos por la innovación tecnológica, demuestran realmente muy poca fe en ella. Si de verdad las “energías limpias” aspiran a ser competitivas, no necesitarán de la penalización de los combustibles fósiles ni de cualquier otra variante de tramposo intervencionismo estatal, que en la práctica supone trasladar los costes de la innovación a la factura eléctrica de los consumidores.

    Pero el mayor error que cometen quienes desde fuera de los círculos progresistas se unen al coro de la histeria climática es pensar que se trata de un tema transversal, de una cuestión meramente científica, desprovista de connotaciones ideológicas. No es así, y recientemente lo ha recordado la fanática feminista Gloria Steinem al defender el aborto como un medio de luchar contra el cambio climático.

    La tentación de tomarse a risa tan peregrino argumento es grande, pero sumamente ingenua. Porque desde las premisas progresistas, claro que el “patriarcado”, el cambio climático y el capitalismo son cuestiones íntimamente relacionadas.

    No en vano, Zapatero dijo en la ONU que el cambio climático era peor que el terrorismo internacional. De ahí a proclamar que el varón blanco heterosexual tiene la culpa de todo, del hambre en el mundo, de las mujeres asesinadas, del yihadismo y del calentamiento global, sólo hay un paso.

    Y ese paso contribuyen a darlo todos aquellos que adoptan la neolengua de sus adversarios, utilizando expresiones como género, inclusión, empoderamiento… o cambio climático, como si el clima no sufriera cíclicas variaciones desde antes de la aparición del hombre sobre la tierra.

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    Barcelona, 1967. Escritor vocacional y agente comercial de profesión. Autor de Contra la izquierda (Unión Editorial, 2012) y de numerosos artículos en medios digitales. Participó durante varios años en las tertulias políticas de las tardes de COPE Tarragona. Es creador de los blogs Archipiélago Duda y Cero en progresismo, ambos agregados a Red Liberal.