Un Himalaya de falsedades 

    Son pocos los medios de comunicación y pocos los periodistas que escapan a este "Himalaya de falsedades", y los pocos que hay son perseguidos, amedrentados, orillados, amenazados, ridiculizados y puestos aparte.

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    La frase que encabeza este artículo no es mía, sino de una figura clave del socialismo de la Segunda República, Julián Besteiro: «Ese Himalaya de falsedades que la Prensa bolchevizada ha depositado en las almas ingenuas». El socialista Besteiro, que llegó a hablar de «el más espantoso terrorismo bolchevique», comparaba a la mítica cordillera asiática con la cantidad de basura vertida desde numerosos medios de comunicación de la época.

    ¿No les resulta terriblemente actual esta cita pronunciada ya hace más de 80 años?  Enciendes la televisión o echas un vistazo a Twitter y casi exclusivamente encuentras los mismos eslóganes repetidos una y otra vez. Periodistas paniaguados al servicio del mejor postor a los que nada importa la búsqueda de la verdad, sino sólo el titular impactante y los «likes» que consiga su artículo. Reporteros que no cuestionan nada y salen de las redacciones de los periódicos con el titular ya escrito, en busca de algo de texto o de imágenes que les confirmen el titular. Y, si algo les contradice, lo silencian convenientemente. Voceros que se limitan a repetir como un disco rayado lo que les dicta la voz de su amo.

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    Para conseguir el objetivo vale la verdad, la falsedad, las medias verdades o las mentiras enteras

    Les voy a contar un pequeño secreto. Hace algunos días me llamó un periodista con el que mantengo cierto trato para preguntarme alguna cosa sobre el Valle de los Caídos y la exhumación de Franco. El reportero en cuestión «vende» artículos a uno de los periódicos digitales de izquierdas más influyentes. «Mira, Álex, yo voy a redactar el reportaje, pero el titular lo ponen ellos», me confesó indiferente. Y así lo hizo. El texto de la noticia decía una cosa y, el titular, exactamente la contraria. Era grotesco. Pero, a fin de cuentas, ¿quién pasa del titular y se lee el texto completo?

    Los nuevos ayatolás de la información, los flamantes dictadores de opinión, con sus cientos de miles de seguidores en redes sociales, pontifican, sentencian, acusan y atacan sin piedad y sin el más mínimo pudor por defender la verdad. Son cínicos, porque su cinismo les permite tomar distancia de la realidad, y vierten, como ya explicara Besteiro en 1939, «su Himalaya de falsedades en las almas ingenuas», que consumen con pasmosa y vergonzante adicción la mercancía que les ofrecen.

    Para ellos todo vale porque, como sentenciaría el funesto Lenin, «la mentira es una herramienta revolucionaria». Para conseguir el objetivo vale la verdad, la falsedad, las medias verdades o las mentiras enteras. Son pocos los medios de comunicación y pocos los periodistas que escapan a este «Himalaya de falsedades», y los pocos que hay son perseguidos, amedrentados, orillados, amenazados, ridiculizados y puestos aparte.

    La picadora de carne está más en funcionamiento que nunca, y se repite machaconamente la catequesis laica y odiadora con su mensaje sobre la ideología de género, la aniquilación de la iniciativa privada, el pensamiento único y uniformado, el materialismo más rastrero, el hedonismo más embrutecedor y el egoísmo más atroz.

    Pero así ha sido desde que el mundo es mundo, y la verdad acaba triunfando. Hacen falta acaso periodistas y creadores de opinión recios y gallardos y consumidores de información inconformistas, críticos y en permanente búsqueda de la verdad.

    Y usted, querido lector, si ha llegado hasta aquí, es porque seguramente sea uno de ellos, y sobre usted no se ha depositado ese «Himalaya de falsedades». Sigamos en este camino.

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