Un imbécil y un españolazo

    Ser un maleducado y conseguir eco mediático por ello puede funcionar la primera vez. Pero cuando en todas sus apariciones suelta un exabrupto o un gesto extravagante, el personaje se ha comido a la persona y la cuenta atrás ha comenzado.

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    Arriba, Beatriz Escudero y Gabriel Rufián; abajo, Alejandro Fernández y Quim Torra.
    Arriba, Beatriz Escudero y Gabriel Rufián; abajo, Alejandro Fernández y Quim Torra.

    Dos terremotos han sacudido el mundo de la política las últimas semanas. Dos grandes verdades que no todos se han atrevido a proclamar a los 4 vientos. Ya estaban tardando demasiado en eclosionar. Una, protagonizada por Beatriz Escudero, la otra, por Alejandro Fernández.

    El primer bofetón se lo llevó Quim Torra y todavía resuena el eco en las calles de Barcelona. Pobre hombre, quizá se había creído las teorías de Pompeyo Gener, de Bartomeu Robert, de Heribert Barrera o de Oriol Junqueras cuando dijo que los catalanes tenían más proximidad genética con los franceses que con los castellanos. Cuando Alejandro Fernández, experto en mostrar las vergüenzas del nacionalismo, le dijo que era un españolazo, Torra rechinó de dientes.

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    Y es que no le falta razón a Alejandro. Torra es mucho más parecido a él que a un saltador de pértiga noruego, pues claro que sí. Y así ha sido siempre, estética, cultural, religiosa y físicamente, por mucho que se empeñen en hacernos creer que el origen es distinto, y las formas de vivir y entender la vida, también. En puridad, el origen es el mismo y las formas de vivir y entender la vida también.

    Rufián está acostumbrado a que sus víctimas pasen del tema, por eso el repaso de Aznar de hace unos días y el “imbécil” de la semana pasada son respuestas poco habituales y le hacen un gran bien

    Y así ha sido siempre, aunque un grupo de soberbios primero y aprovechados después, vieron que el tema tenía filón y empezaron a tirar del hilo.

    El segundo bofetón se lo llevó Rufián. Que le paren los pies no le viene nada mal. Y para gusto y deleite de muchos, Escudero le espetó: “A mí no me guiñes el ojo, imbécil”. 

    Se lo tendrían que decir más a menudo. Rufián está acostumbrado a que sus víctimas pasen del tema, por eso el repaso de Aznar de hace unos días y el “imbécil” de la semana pasada son respuestas poco habituales y le hacen un gran bien.

    “Poco inteligente o que se comporta con poca inteligencia” es lo que significa imbécil, con lo que sin miedo a equivocarnos podemos asegurar que Rufián es un imbécil de tomo y lomo. Conozco pocas personas que se comporten con menos inteligencia.

    Ser un maleducado y conseguir eco mediático por ello puede funcionar la primera vez. Pero cuando en todas sus apariciones suelta un exabrupto o un gesto extravagante, el personaje se ha comido a la persona y la cuenta atrás ha comenzado. Rufián nos lo podrá contar a no tardar, la gente se cansa  de este tipo de personajes. Ni son agradables, ni aportan nada sustancial a la vida política y social, ni apetece tener que soportarlos más tiempo del que dura un cigarrillo.

    “No me guiñes el ojo, imbécil” es el equivalente al tortazo que hay que dar a un niño malcriado. Y el otro día, Beatriz Escudero ejerció de madre ejemplar y puso a Gabrielito en su sitio. Pero no vaya el lector a pensar que le habrá servido de mucho la reprimenda.

    Él, a su bola, hasta que los mandarines y los compañeros de siglas empiecen a darle la espalda. Quizá entonces pueda empezar a reconstruir la persona que desapareció detrás de la impresora y las esposas.

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