el presidente de Hungría, Viktor Orban, en el la cumbre sobre inmigración celebrada en Budapest celebrada el 22 de marzo de 2019.
el presidente de Hungría, Viktor Orban, en el la cumbre sobre inmigración celebrada en Budapest celebrada el 22 de marzo de 2019.

En 1900, la población de Europa era cuatro veces mayor que la de Africa; hoy, la africana ya casi dobla a la europea (y, de mantenerse las tasas de fecundidad actuales –Europa, 1.6 hijos/mujer, Africa, 4.7-, en 2050 la cuadruplicará).  El PIB per cápita de los principales países de Europa occidental oscila entre los 80.000 dólares (Irlanda) y los 40.000 (España); el de los países más importantes de Africa oscila entre los 6.600 de Libia y los 475 de Madagascar, con una mayoría de países por debajo de los 4.000. La mediana de Europa occidental debe andar por los 50.000 dólares, y la de Africa por los 3.000. Lo cual arroja un diferencial de 17 a 1.

Según una reciente encuesta Gallup, uno de cada tres habitantes de Africa quiere venir a vivir a Europa.

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“Lo que hay que hacer es incrementar las ayudas al desarrollo para que esos países salgan de la pobreza y sus habitantes ya no necesiten emigrar”: así reza uno de los clichés más extendidos. Compartir sala de conferencias durante tres días con algunos de los mejores especialistas en inmigración –como pude hacer la semana pasada en Budapest– sirve para entender que las cosas son mucho más complicadas. Por ejemplo, el desarrollo económico –al menos, en una primera fase- no reduce el flujo migratorio, sino que lo incrementa, pues aumenta el porcentaje de población que puede ahorrar el dinero suficiente para pagarse los billetes de avión a Europa o un pasaje en una patera fletada por las mafias de tráfico de personas.

El pensamiento único multiculturalista y pro-inmigración ha impuesto varias mentiras absurdas

La inmigración masiva –junto al invierno demográfico, con el que está estrechamente conectada: vienen millones a ocupar el vacío generacional que los europeos hemos creado no teniendo niños- va a ser la gran cuestión europea de las próximas décadas. Es inquietante comprobar que se ha vuelto imposible abordarla racionalmente. Un cóctel de emotivismo (la foto del cadáver del niño Aylán Kurdi en una playa griega decantó la posición de la prensa sobre la avalancha de “refugiados” en 2015), complejo de culpa histórico (“nosotros colonizamos sus países: es normal que ahora nos devuelvan la visita”), fatalismo derrotista (“es la globalización: no se pueden poner puertas al campo”), angelismo y hegemonía cultural de la izquierda impide debatirla. Quien lo intenta es tachado de racista y xenófobo.

El pensamiento único multiculturalista y pro-inmigración ha impuesto varias mentiras absurdas. Es falso, explicó Eric Zemmour, que “Europa haya sido siempre una tierra de acogida”: lo que sufrió Europa –de Alarico a Tariq, de Mehmet II a Solimán el Magnífico- fueron una serie de invasiones de las que intentó defenderse con mayor o menor éxito. En realidad, Europa no fue –en el siglo XIX y primera mitad del XX- un continente de inmigración, sino de emigración masiva. Y sí, una buena parte de esos emigrantes consiguieron fusionarse en la sociedad norteamericana, australiana o argentina, o en los respectivos países europeos. Pero no todos: de 3 millones de italianos emigrados a Francia entre 1870 y 1940, solo un millón echó raíces en el Hexágono.

Y, sobre todo, el ‘melting pot’ funcionaba entonces porque se trataba de migraciones intraoccidentales (italianos en Francia, españoles en Alemania, irlandeses en EE.UU.). La cultura importa, las civilizaciones existen, como teorizó Samuel Huntington. Un polaco se integrará más fácilmente en Chicago que un argelino en París.

Los países de acogida, por lo demás, ya no exigen la asimilación (adopción de las costumbres, lengua y código moral del país de acogida). El multiculturalismo reconoce el “derecho a la diferencia” y prohíbe considerar superior la cultura occidental. El resultado son los guetos étnicos y la “des-asimilación” (Georges Bensoussan): los inmigrantes de segunda o tercera generación –sobre todos, los de raíz islámica- están peor integrados que sus abuelos.

Ayaan Hirsi Ali, durante la cumbre sobre inmigración celebrada en Budapest. /FJC
Ayaan Hirsi Ali, durante la cumbre sobre inmigración celebrada en Budapest. /FJC

En Budapest también se pudo escuchar a la parte africana. Dos obispos nigerianos explicaron la sangría de capital humano que suponía para su país la emigración; pidieron que Europa ayude a resolver algunos de los desastres que provocan el éxodo: desertificación, inundaciones, hordas de ganaderos nómadas que expolian a los agricultores (sic), matanzas de cristianos a manos de la milicia islámica Boko Haram… Y la gran Ayaan Hirsi Ali explicó cómo en los 90 pudo escapar de un matrimonio forzoso gracias a las leyes europeas de asilo, que le permitieron asentarse en Holanda. Inmigrante modelo, licenciada en la Universidad de Leiden, habría tenido una vida cómoda si se hubiera quedado callada. Pero sentía el deber de advertir que, con la inmigración islámica masiva, estaban llegando a Europa los “asesinatos de honor”, los matrimonios forzados y las células yihadistas (formadas a veces por sujetos que cobran subsidios sociales en Holanda o Francia). Ali había simpatizado con los Hermanos Musulmanes en su adolescencia; tras el 11-S, le horrorizó comprobar que “los versículos del Corán que citaba Bin Laden eran auténticos”: es decir, que la religión de su infancia albergaba la semilla de la violencia en sus textos sagrados. Tras el asesinato de Theo van Gogh (con quien preparaba el documental “Sumisión”), Ali ha tenido que vivir con constante protección policial. En la actualidad sostiene que hay una fractura entre radicales (los “musulmanes de Medina”) y moderados que querrían renunciar a la sharia y otras partes del Islam incompatibles con la modernidad (los “musulmanes de La Meca”: se refiere a los dos periodos de la vida de Mahoma). Occidente está ayudando de hecho a los radicales (por ejemplo, designándolos interlocutores oficiales en organismos como el Consejo Francés del Culto Musulmán). Los heroicos moderados que defienden –jugándose la vida- la reforma del Islam deberían ser tan celebrados como en su día lo fueron los disidentes soviéticos; sin embargo, nadie conoce sus nombres.

En Budapest se hizo patente una vez más la fractura moral entre la Europa occidental y la central-oriental. Cuando hablaban políticos checos o húngaros, se oían cosas que resultarían impensables en Francia, UK o España. Roman Joch: “En Chequia no queremos recibir la inmigración musulmana masiva que se ha establecido en Europa occidental; si ustedes han fracasado en su integración, nosotros no lo haremos mejor”. La ministra húngara Katalin Novak explicó las políticas pro-natalidad de su gobierno, concebidas como alternativa consciente a la inmigración masiva. Su compañero de gabinete Zoltan Kovacs explicó las manipulaciones de la prensa europea en 2015, cuando los húngaros fueron presentados como una caterva de ogros insolidarios (aquella periodista que zancadilleaba al entrenador de fútbol al que España se apresuró a conceder asilo…). El expresidente checo Vaclav Klaus explicó que, en materia migratoria, el etiquetaje (“racista”, “xenófobo”) ha sustituido a la argumentación; la élite progresista se ha entregado al onanismo emocional-moral (“¡qué solidario y antirracista soy, no como el energúmeno populista de ahí enfrente!, ¡admiradme!”) y al “culto pseudorreligioso de la diversidad y la multiculturalidad como un valor en sí mismo”.

Y llegó el turno de Viktor Orbán (de quien Jaime Mayor Oreja había dicho previamente que “su esfuerzo y coraje en la defensa de los valores cristianos europeos es la causa de sus dificultades actuales en el seno de la UE”). El primer ministro húngaro explicó que nada hacía prever que su país, pequeño y relativamente pobre, fuera a convertirse en lo que es hoy: una referencia ideológica dentro de una UE dividida y perpleja. Se ha ganado ese estatus –y Orbán, el de bestia negra de Bruselas- merced a su firmeza en la “crisis de refugiados” de 2015: no, Hungría no aceptaría la cuota de “refugiados” (en realidad, entre ellos muchísimos inmigrantes económicos, la mayoría hombres en edad militar) que quería imponerle la UE.

Jaime Mayor Oreja interviene en la Cumbre sobre Inmigración celebrada en Budapest.
Jaime Mayor Oreja interviene en la Cumbre sobre Inmigración celebrada en Budapest.

En Europa central, la Historia cuenta mucho. Son naciones pequeñas que, aunque poderosas en la Edad Media (la Hungría de Bela IV, la Polonia de los Jagellones), han tenido una existencia precaria en la Moderna, siempre amenazados por invasiones asiáticas (los otomanos en Mohacs 1526), por la disolución en imperios continentales plurinacionales o, en el siglo XX, por los totalitarismos nazi y soviético (en cuya derrota jugó el propio Orbán un papel importante en 1989). A diferencia de las occidentales, no se sienten culpables de nada –no tuvieron imperios coloniales- ni dan su propia supervivencia por supuesta. Emancipados del imperio soviético hace sólo 30 años, no están dispuestos a someterse a ningún otro poder supranacional, ni a renunciar a la defensa de sus fronteras. Tampoco están dispuestos a repetir el experimento multicultural que, en su opinión, está fracasando a ojos vista en Francia o Gran Bretaña (“el único indicador creíble de integración son los matrimonios mixtos, y hay muy pocos”). Conscientes del invierno demográfico, están apostando por la reactivación de la natalidad propia.

Con una sinceridad insólita en un político, Orbán reconoció que el grupo de Visegrado está en una situación difícil: “De momento, estamos resistiendo la presión de Bruselas. Pero no sé cuánto tiempo más podremos resistir”. Para resultar sostenible, Visegrado –que no es una simple alianza de países con intereses parecidos, sino una auténtica alternativa ideológica- necesita ser reforzado por algún país occidental potente. Podría ser Italia, dijo Orbán. O España.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).