Una crónica desde París

    One of Us se propone “liberar las inteligencias”, “hacer sentir a los discrepantes –esos que ya no se atreven a hablar- que no están solos”. Como ha escrito Douglas Murray, “Europa no sabe cómo continuar su Historia [history] porque ha perdido su historia [story]”.

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    Jaime Mayor Oreja (3i), junto a algunos participantes en el relanzamiento de One of Us en París como plataforma cultural.
    Jaime Mayor Oreja (3i), junto a algunos participantes en el relanzamiento de One of Us en París como plataforma cultural.

    “Hay que darle un alma a Europa”, decían. “Debemos conseguir que la gente desarrolle un sentimiento de pertenencia europeo que trascienda las estrechas identidades nacionales”, que “perciban la UE como su casa, y no como una abstracción lejana y elitista”. Y, para eso, pusieron en marcha un mecanismo de iniciativa legislativa popular a nivel europeo, similar al que existe a nivel nacional. Así nació One of Us. Gente idealista de todos los países se puso en marcha para recoger 1.7 millones de firmas que pedían que no se financiasen con fondos de la UE actividades que implicasen la destrucción de embriones humanos. La Comisión vetó la discusión de la iniciativa en el Parlamento Europeo. El mensaje era claro: en la Europa federal-progresista no caben los defensores de la vida.

    Los desvelos de Jaime Mayor Oreja lograron que no se perdiese el contacto entre las organizaciones que se vincularon mediante One of Us, y que la red subsistiese, ahora reconvertida en plataforma permanente dedicada a la defensa de los valores. El 23 de Febrero nos reunimos en París para aprobar el Manifiesto fundacional y darle al nuevo One of Us el impulso definitivo.

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    Abrió la sesión Thierry Lajeunu: “La calidad de una civilización se mide por el respeto que dispensa a sus miembros más débiles”, dijo, citando palabras del doctor Lejeune, terribles para una Europa que elimina sin remordimiento a los no nacidos y progresa adecuadamente hacia la eutanasia de ancianos y enfermos incurables. Y que también amordaza cada vez más a la minoría que dice que eso está mal. Lo recordó a continuación Rémi Brague: en nuestra sociedad sedicentemente tolerante reina de hecho un “terror intelectual suave, discreto, pero eficaz, que prohíbe el planteamiento de ciertas cuestiones, sacraliza ‘progresos’ supuestamente irreversibles y penaliza a determinadas concepciones del mundo, al tiempo que promueve otras; subvenciona con dinero público a las organizaciones afines, promociona la carrera de los biempensantes y bloquea la de los disidentes”. One of Us se propone “liberar las inteligencias”, “hacer sentir a los discrepantes –esos que ya no se atreven a hablar- que no están solos”.

    Y se fueron sucediendo oradores de diversos países, en una bella demostración de que otro europeísmo es posible. La portuguesa Isabel de Braganza diagnosticó como “individualismo irresponsable” y “dictadura del yo” el mal de una Europa que ya no engendra hijos y asiste resignada a la Gran Sustitución, la invasión pacífica de gentes de otras culturas. Es una dictadura “promovida por los propios organismos europeos y otras instituciones internacionales”, así como por “lobbies minoritarios, financiados a menudo con fondos públicos, que imponen su voluntad a las mayorías”. El polaco Andrezj Novak recordó que ninguna sociedad puede sobrevivir sin identidad cultural, y que la Europa actual parece abominar de la suya, representando todo su pasado anterior a 1945 como una noche tenebrosa de racismo, imperialismo, sexismo y nacionalismos fratricidas. “Ya no existen Bach, ni Mozart, ni Shakespeare: el pasado europeo ahora ya es solo un encadenamiento interminable de guerras nacionalistas”. El español Alfonso Bullón de Mendoza habló de Alzheimer civilizacional, “un Alzheimer inducido, previo a la eutanasia”, pero también -parafraseando a Gil Robles, propagandista católico como él- de la “media Europa que no se resigna a morir”.

    Katalin Novak, ministra de Familia de Hungría: “En Europa no hay un solo país en el que nazcan suficientes niños. Y muchos han optado de hecho por la inmigración como falsa solución. Nosotros no”

    Y, como para confirmar sus palabras, subió entonces al estrado la ministra húngara de Familia (allí lo conjugan en singular), Katalin Novak. Volvía de una visita al Canadá de Justin Trudeau, donde acaban de reformular la letra del himno nacional en lenguaje inclusivo, poniendo así fin a siglos de humillación de las mujeres y las minorías… Pero no, Hungría no va a cambiar su himno: al contrario, introdujo en 2011 en su Constitución una mención específica del papel del cristianismo en la génesis de la nación, al tiempo que declaraba digna de protección la vida del no nacido y definía el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer. De la boca de la ministra húngara empezaron a brotar palabras que nunca escucharemos a uno español: “En Europa no hay un solo país en el que nazcan suficientes niños. Y muchos han optado de hecho por la inmigración como falsa solución. Nosotros no”. Explicó las medidas natalistas de su gobierno, las ingentes cantidades invertidas en la promoción de la familia, y también que en Canadá había sido recibida con carteles de protesta que la acusaban de “homófoba”. Alardeó de que los abortos han caído un 30% en Hungría, y la fecundidad media se ha elevado casi tres décimas. Y contó que unos periodistas franceses biempensantes la habían entrevistado para un reportaje sobre Orban –seguramente parecido a los que la Sexta hace sobre Vox- y le habían expresado su shock por haber pasado por “una iglesia llena solo de gente blanca”. Los invitó a su casa, y preguntaron si era ella la que hacía la cena. “Naturalmente”. “Se le da muy bien”, confirmó su marido. Cuando la hija menor contestó al típico “¿qué serás de mayor?” con un “quiero ser madre y tener diez hijos”, hubo que pasarles las sales.

    Y todavía más oradores: María San Gil explicando que la experiencia de vivir amenazada por los pistoleros de la ETA le había enseñado a no tener miedo de decir la verdad; el holandés Michel Hemminga mencionando la retirada de la declaración de utilidad pública a Hazte Oír como uno entre muchos síntomas que demuestran el clima de intolerancia progre en el continente. La rumana Anca María Cernea explicó que un espectro recorre Europa, y es el mismo al que aludía en 1848 el Manifiesto Comunista: derrotado en la Europa central-oriental en su versión clásica, el marxismo florece en la occidental como “marxismo cultural” feminista-relativista-LGTB.

    Pero quizás fue un representante irlandés –lamento no haber podido anotar el nombre- quien, en el coloquio final, dejó planteada la pregunta más importante. Vino a decir: hablamos mojigatamente de “identidad cultural”, “recuperación de valores”, etc. para no tener que abordar la incómoda cuestión de fondo. Que es: ¿puede todavía el europeo del siglo XXI creer en la divinidad de Cristo? Pues nuestra identidad cultural y nuestros valores se apoyaban en el cristianismo, y no hemos sido capaces de encontrarles un fundamento alternativo. Nuestras ciudades siguen presididas por catedrales soberbias, pero ahora están vacías, o invadidas por turistas en chanclas. En Europa se siguen interpretando las músicas maravillosas de Bach o Palestrina, pero por músicos que no comparten la fe que las inspiró. El europeo hogaño no sabe muy bien qué hacer con esa grandeza, ni se siente ya capaz de crearla. Como ha escrito Douglas Murray, “Europa no sabe cómo continuar su Historia [history] porque ha perdido su historia [story]”. Su story era una que pasaba por el Calvario y la tumba vacía.

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    Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).