Una cuestión de principios

    Víctor Arribas analiza la crisis de valores que está sufriendo España y la pérdida tanto de principios éticos como democráticos.

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    Al comenzar a atisbarse la crisis económica que ha azotado el mundo occidental, allá por el año 2007, algunos alertábamos de que en realidad, lo que se avecinaba era un colapso de los valores más arraigados en nuestra sociedad.

    Todo se relativizaba, para cada cuestión trascendental surgía un matiz buenista y bienintencionado pero exento de toda solidez argumental apoyada en los principios que siempre han regido a los grandes proyectos colectivos.

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    Ideas como la autoridad, el sacrificio, el compromiso, la lealtad, la honestidad, la fe, la generosidad… quedaban fuera de la España oficial y agravaban los parámetros que miden la solvencia de un país, qué digo, de una civilización, complicando aún más la peligrosa deriva económica hacia la que nos dirigíamos sin remisión.

     El Gobierno ha ignorado los datos que apuntaban a una inminente recesión

    El gobierno español se empeñaba en dar la espalda a los datos que apuntaban a una inminente recesión, con igual empeño al que pone ahora el mismo partido que lo sostenía en negar que los datos macroeconómicos apuntan a una recuperación ya presente en nuestra economía. Pero lo peor, como se ha demostrado tantos años después, no era eso.

    Lo más nefasto era la pérdida paulatina e ininterrumpida de los elementos que cohesionan la colectividad para hacerla libre e igualitaria, para enfocarla hacia el futuro con garantías.

    En las aulas de los colegios e institutos, en la actitud de los ciudadanos en la calle, en los parámetros subliminales de los contenidos televisivos que se colaban y se cuelan en nuestros hogares cada noche después de la cena, se iba proyectando una ausencia de valores que agravó esas cifras macroeconómicas y ese estado de depresión colectiva en que se sumió España durante casi una década.

    “La generación perdida” de nuestros jovenes, se decía entonces, sin que nadie reparara siquiera en que la perdición profesional de tantos proyectos de futuro comenzaba en la falta de respeto a la figura del profesor o en la relativización de una buena formación. Los hijos de la LOGSE, se decía.

    Lejos de mejorar, la cuestión ha empeorado con esta catarsis que vive nuestro país desde hace algunos años. El gobierno que ha pilotado lo peor de la crisis ha dejado por el camino, aparcados como si no fueran importantes para la base sociológica de la mayoría de sus votantes, elementos que habían sido importantes en su acción de oposición. Principios intercambiables.

    El Partido Socialista confunde cada día a su electorado y al que no lo es con sus constantes cambios de criterio en asuntos de tanta relevancia como la definición de lo que es la nación española, algo que antes era discutido y discutible y ahora tiene un carácter polisémico y dependiendo del contexto, como han dicho los que serán números uno y dos de estas siglas por la circunscripción de Madrid.

    Podemos y Ciudadanos van adaptando su mensaje a la idoneidad del momento

    Las nuevas formaciones políticas van adaptando su mensaje a la idoneidad del momento. En mucha menor medida Ciudadanos que Podemos, corrigen sus principios y los intercambian como cromos cuando comprueban cuán nefasta puede ser la radicalidad, como vemos a diario en la formación de extrema izquierda.

    Pasar de alentar, promocionar, asesorar, adoctrinar e incluso cobrar de un régimen antidemocrático como el venezolano, a declararse inspirados por la socialdemocracia nórdica en la que yo acepto su defensa de los colectivos supuestamente marginados pero rechazo la monarquía, resulta un sarcasmo que los potenciales votantes comienzan a situar en su justa medida tras varios meses de enamoramiento repentino, provocado en exclusiva por la acción promocional de algunos medios de comunicación.

    Por no hablar de la ausencia total de principios éticos y democráticos de la nueva generación de nacionalistas ultras, que atosigan a quienes no piensan como ellos y tratan de imponer a los demás el sistema que creen adecuado. El principio de la legalidad es el primero en ser pisoteado por el nuevo nacionalismo, el de los sobrevenidos de CdC y el de los extremistas de CUP.

    Un panorama poco optimista de cara al futuro. No hay sociedad digna de tal nombre que no se apoye en valores fundamentales, o que olvide e ignore cuando le conviene lo esencial de la dignidad.

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