Imagen veganista que representa una vaca construida con verduras.

¿Por qué extraña razón podría una persona medianamente razonable dedicar su tiempo libre a investigar por esos lares recónditos veganos en vez de leer un libro decente o disfrutar cualquier serie de esas para matar el aburrimiento? Pues muy sencillo: porque estoy anonadado al ver cómo se forma a mi alrededor un tinglado llamado veganismo sin saber muy bien qué hay detrás. Pero no se preocupen. Vamos a intentar averiguarlo.

Como soy consciente de que entre los lectores de este decente periódico puede haber veganos, me gustaría dirigirme a ellos ahora y hacerles saber que no tengo nada en contra de su libertad. Es más, defiendo su derecho a escoger las opciones de vida que les dicte su conciencia. Cualquier vegano razonable que siga leyendo este artículo, podrá ver que quiero enfocarme más en aquél veganismo impositivo y restrictivo de libertades.

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Quiero compartir con ustedes todo lo que he ido rumiando estas semanas y sus motivos, mientras el termómetro de mi paciencia se iba elevando paulatinamente.

Leche “cruel”

Hace muy pocos días recibí un correo en mi empresa en el que se resumían los temas candentes que se estaban tratando en una plataforma que sirve de comunicación interna para empleados. Antes de que me diese tiempo a borrarlo de la faz de mi pantalla, como de costumbre, mis ojos alcanzaron a leer algo así como “leche libre de crueldad” y, como pueden imaginarse, no tuve otra opción que clicar en el enlace oportuno para ver la conversación completa.

Todo había comenzado con un comentario de un señor que decía haber traído leche de soja para los compañeros, algo que puede parecer de lo más inofensivo o incluso atento por su parte. No obstante, su intención no era ayudar a aquéllos con intolerancia a la lactosa. De hecho, terminaba su alocución dando ánimos a sus colegas involuntarios–entre los que me incluyo- para pasarse de la leche de vaca a una opción “libre de crueldad”.  Y claro, después de hacer unas cuentas mentales de lógica de la más básica, y mientras me tomaba un sorbo de café con leche (de la “cruel”) me di cuenta de que ese señor, sin conocerme, había tenido la desfachatez de insultarme y llamarme cruel. Así, repartiendo “leches” a diestro y siniestro.

Cartel de un grupo vegano contra el consumo de leche de vaca.
Cartel de un grupo vegano contra el consumo de leche de vaca.

Les confieso que me enfadé y, mientras trataba de articular una respuesta coherente a su mensaje, mi temperatura corporal se incrementó poco a poco. Lo cierto es que decidí borrar mi respuesta y no enviarla por el siguiente motivo. Mientras escribía a toda máquina, empecé a pensar lo que había conseguido con su comentario. Para empezar, había separado a la empresa entre los “crueles” y los “no crueles”. Además, consiguió crispar al grupo de “crueles” que tuvieron la desdicha de leerle. Y para concluir, iba a conseguir que uno de esos “crueles”, como yo, le respondiese públicamente, dándole importancia a esa división simplista de la sociedad.

Es posible que ustedes ya hayan llegado a donde yo quiero llegar: este tipo había conseguido hacer una división al modo marxista de la sociedad. Una sociedad dividida entre buenos y malos, entre gente que bebe leche y gente a la que le va la horchata. Y estaba a punto de conseguir un “enfrentamiento”. Por eso, queridos lectores, preferí no hacerle el juego, pero empecé a investigar a esta corriente filosófica, aunque pueda parecer una palabra algo ancha de talla en este contexto.

Vigilias veganas

Mientras estaba reponiéndome del asunto de la crueldad láctea, leí una noticia que me sorprendió y que ahondaba todavía más en mi teoría de que el movimiento vegano está sólo dando sus primeros pasos aunque empieza a asomar ya la patita. Me refiero a la vigilias veganas que con tanto bombo y platillo se han dedicado a difundir los medios de comunicación –siento contribuir a ello con este artículo. En las imágenes se ve a un grupo de jóvenes vestidos de oscuro parando un camión llego de ganado que está a punto de entrar en un matadero. Cortan el paso del camión y piden tres minutos para despedirse de unos cerdos a los que intentan dar de beber con una botella de agua (lo que me hace pensar que quizás nunca han visto a un cerdo beber) tras lo que empiezan a acariciarlos y besarlos con unas caras llenas de lágrimas.

He de reconocer que me dio mucha lástima. No por los cerdos, que seguramente no entenderían por qué unos señores les estaban plantando su boca mojada en los hocicos, sino por aquéllos señores que, queriéndolo o no, humanizaban a los animales al mismo tiempo que animalizaban al hombre.

Podrán pensar que son cuatro tipos sin nada que hacer y que con que se quede ahí la cosa, en puestas en escena y declaraciones de intenciones, no hay que preocuparse. Nada que ver con la realidad. Me he tomado la molestia de leer el programa estratégico 2018-2023 de uno de los movimientos más activos en este tipo de vigilias, llamado The Save Movement, algo así como ‘El Movimiento de la Salvación’.

Lo más llamativo, quizás, son los valores de los que dicen beber. Al parecer “todos los animales son personas”, por lo que creen que “todos nosotros” (no se sabe si esto incluye a los ornitorrincos, los peces globo o las lagartijas) “tenemos la obligación moral de ser activistas pro-animales”. Afirman que la ignorancia (sí, es usted un ignorante, comedor de palitos de pescado) es la mayor “barrera de la igualdad animal”, razón por la cual se presentan como un movimiento vegano que pretende hacer conocer la “verdad” –por lo menos lo escriben con minúsculas-. Parece que ha parido la abuela en este mundo lleno de iluminados.

¿Y sus objetivos? Pues yo se los resumo:

  • Para este año, pretender forzar a cadenas de restaurantes internacionales a que incrementen sus opciones veganas.
  • En el año 2020 se proponen tener más de 3.000 grupos para organizar vigilias, lo que supondría 1 millón de personas que se dedicarían a estorbar diariamente el trabajo de los mataderos.
  • Durante el año 2021 van a presionar a grupos políticos para “prohibir la venta de pieles, carne, leche y huevos”. ¡Anda! Parece que la patita va asomándose con más claridad, y pueden ustedes ver que no es una patita perfumada y aseada, sino una muy pestilente y mugrienta. La fase inicial en la que está el veganismo no es sino un paso previo (el de ir llamando a las puertas de los restaurantes para que tengan ensaladas en el menú), puesto que la finalidad a medio plazo es prohibirles a ustedes que se tomen un batido de chocolate, una tortilla española o incluso unas tortitas con nata.
  • He preferido quedarme en el año 2022 -en el que trabajarán para crear “zonas climáticas veganas”- para no amargar mucho mi existencia.

Habrán leído en todos los medios de comunicación convencionales la propuesta para reducir el consumo de carne de forma drástica tras el estudio de 37 científicos de la Comisión Eat-Lancet. Para ellos, se trata de salvar el planeta, reducir las emisiones de carbono (que por cierto, es necesario para que las plantitas crezcan) y… forzarles a ustedes a que se coman lo equivalente a una hamburguesa cada dos semanas.

Como han visto, el artículo está numerado. No por su calidad, sino porque amenazo con seguir escribiendo sobre el tema para dar a conocer qué hay detrás, si están errados en sus planteamientos o cómo sería el mundo vegano de sus sueños –y mis pesadillas-. Todo esto me suena a una nueva guerra de guerrillas cultural en la que el enemigo ya está armado con sus bolsas llenas de billetes, sus políticos comprados y su diccionario de lo veganamente correcto para asestar golpes a la libertad. Y cuando hablo de enemigos me refiero a los que planean cómo tiene la gente que ejercer la libertad, y no a los que la ejercen influidos en última instancia. A mi me tendrán enfrente, pues no pienso dejar que el cochinillo segoviano o la caldereta extremeña se conviertan en un acto revolucionario.

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Otro abogado con una espinita periodística clavada. Otro español en el exilio dorado. Otro católico que lucha por la Verdad.