Carles Puigdemont, presidente de la Generalidad de Cataluña/ Actuall-AMB
Carles Puigdemont, presidente de la Generalidad de Cataluña/ Actuall-AMB

En España, y en buena parte de Occidente, da la impresión de que el otoño de 2017 ha sido succionado por la ventosa ávida del secesionismo catalán, que no deja resquicio a ningún otro tema. La prensa internacional comienza lentamente a descubrir que el catalanismo no es una aguerrida lucha por la auténtica democracia occidental, reprimida por ese ‘terrible Franco del siglo XXI’ que es Mariano Rajoy.

El Economist ―que estaba rozando el delirio con artículos sobre viejecitas apaleadas por antidisturbios gubernamentales que les rompían el cráneo a porrazos para impedirles llegar a las urnas― parece haber regresado al periodismo que le había dado prestigio mundial durante décadas. El Financial Times, que ha vuelto a traer temporalmente desde Berlín a Tobias Buck, es uno de los medios europeos que mejor parece entender la crisis catalana.

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No le sucede lo mismo al también británico Daily Express, que repite en las redes frenéticos mensajes sobre la “violenta represión antidemocrática” de Rajoy, usando la desmesurada palabra crackdown que también usa y abusa Raphael Minder en el New York Times.

Los corresponsales extranjeros, han optado por una ironía mordaz, a medio camino entre el desprecio y el aburrimiento, que ya la quisieran Wyoming o Cristina Pardo

Tras el octubre surrealista iniciado con el referéndum ilegal, las vendas parecen ir cayendo de los ojos. A partir del momento fatídico en que Carles Puigdemont activó la estrategia de “internacionalizar el conflicto”, los corresponsales extranjeros, han optado por una ironía mordaz, a medio camino entre el desprecio y el aburrimiento, que ya la quisieran por estos lares Wyoming o Cristina Pardo.

En su crónica para Politico de la rueda de prensa del 31 de octubre ―titulada “El Circo Catalán de Puigdemont llega a Bruselas”―, el estadounidense Ryan Heath explica que el ex presidente de la Generalitat tuvo esperando en Bruselas a más de 300 periodistas durante una hora en una sala con capacidad para 80 personas, describiendo su sensación de estar en “un festival pop o en la pista de una sudorosa discoteca”.

El periodista griego Yannis Koutsomitis ―popular entre los europarlamentarios y también presente en la rueda de prensa― escribía en Twitter que “Tras la tragicomedia de Bruselas, Puigdemont ya es historia. No merece la pena desperdiciar más tiempo en escucharle. Adiós, perdedor”, preguntando después a sus 66.000 seguidores si ‘payaso’ en catalán se dice pallasso.

Pero la ironía extranjera sobre Puigdemont llegaba a su apoteosis el 1 de noviembre con un artículo de Robert Shrimsley, director de opinión de Financial Times, que salió en la edición de papel con el título “Un mártir en Bruselas”, donde el periodista británico aseguraba que tras De Gaulle, Gandhi y Mandela, el mundo ya tiene un nuevo héroe que lucha por la libertad: Puigdemont.

El Puigdemont del FT: “Lo de hacer de héroe me gusta. Lo de ser un mártir lo veo menos claro, porque 30 años de cárcel son muchos”

Tras este introito demoledor ―que el catalanista Lluis Llach y los medios secesionistas difundieron sin percibir la ironía―, Shrimsley imaginaba al depuesto presidente catalán cenando en un restaurante de Bruselas con uno de sus colaboradores. En vez de los mejillones con patatas fritas que come el turista habitual en Bruselas, Puigdemont anuncia que va a tomar un “escabeche” antes de pedir a su compañero secesionista que dé ánimos a sus seguidores.

Coratge als meus amics”, dice en perfecto catalán el Puigdemont imaginario de Robert Shrimsley. “Estoy con ellos en espíritu”, proclama con grandilocuencia antes de brindar por sus camaradas desamparados. “Lo de hacer de héroe me gusta”, confiesa el Puigdemont del Financial Times.

“Lo de ser un mártir lo veo menos claro, porque 30 años de cárcel son muchos. Nadie me habló de sufrir ni de pasarlo mal. Lo que yo quería era hacer historia, que pusieran mi nombre a alguna calle y salir de copas con Messi. En vez de eso, la policía me va a detener por sedición y mis seguidores quieren colgarme de una farola”.

Al final, harto de las recriminaciones de su colega secesionista, Puigdemont farfulla que tiene que marcharse, porque ha quedado con un agente inmobiliario que le va a enseñar unas casas en Bruselas. Soltando un latinajo sobre la lucha sin rendición, el mártir catalán pide que le pasen la mantequilla. La parodia de Robert Shrimsley es demoledora.

Pero todavía, a estas alturas de la crisis catalana, ningún periodista internacional parece sospechar que el secesionismo es en realidad corrupción política subvencionada durante casi cuatro décadas por el bipartidismo del PSOE y el PP. Nadie se lo ha explicado.

Tampoco menciona ningún corresponsal extranjero que es en Cataluña donde más personas se han apuntado al paro durante este mes de octubre. En todo caso, la política permite hacer regresos heroicos como los de Nixon (que había perdido sus primeras presidenciales ante Kennedy) y Churchill (que pasó una década de ostracismo entre 1929-39).

Tal vez Puigdemont se vislumbre haciendo un regreso triunfal desde Bruselas. Alguno de sus acólitos debería descubrirle algo que el economista Carlos Rodríguez Braun repite con frecuencia: De todas partes se vuelve, menos del ridículo. Un político puede recuperarse de las críticas más demoledoras de la oposición más implacable, de los artículos de prensa más dañinos para la reputación, de las derrotas electorales más devastadoras, del exilio más solitario. Pero un político no puede recuperarse del ridículo.

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Periodista, escritora y traductora de inglés de literatura, ensayo y cine. Pasó su infancia entre París y Washington DC. Licenciada en Filología Inglesa, trabajó durante una década el sector cultural, en empresas como Microsoft Encarta y Warner Music. Tiene tres novelas publicadas. Ha traducido al español a clásicos como Dickens, Kipling, Wilde, Poe y Twain. Colabora desde hace décadas en prensa española y latinoamericana. Tras una década colaborando en revistas femeninas como Vogue, Gala y Telva, se inició como columnista en La Razón, labor que continuó en La Gaceta.