¿Y ahora qué?

    Seamos más comunidad que nunca. Busquemos al prójimo. Amemos con descaro. Plantemos cara a este siglo. Seamos audaces. El enemigo no es tal o cual partido, ni siquiera un político concreto. El enemigo es, principalmente, la mentira, la falsedad.

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    Imagen referencial /Pixabay
    Imagen referencial /Pixabay

    Hay muchos votantes conservadores y de derechas que se han quedado en shock tras las elecciones del pasado domingo. “¿Y ahora qué?”, se preguntan y te preguntan. Bueno, vamos a tratar de dar algunas ideas que puedan ayudar.

    El primer error quizás estribe en pensar que la política salva. La política condiciona, influye –mucho, en ocasiones-, define, establece, legisla y sanciona. Que no es poca cosa. Pero no “salva” en el sentido espiritual y religioso de la palabra, y tampoco puede suprimir totalmente la libertad del individuo. El error que se repite con más frecuencia a lo largo de la historia es el de poner todas las esperanzas en una persona, en un bando, en unas siglas.

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    Los que somos cristianos sabemos que “la victoria es de nuestro Dios” (Ap. 7, 10), y que las aparentes conquistas de los que eligen vivir en la mentira son exiguas y pasajeras. “Hombre, si te pones así…”, me decía un amigo católico y cumplidor hace unos días. Pero es que hay que ponerse así, si realmente eres cristiano y tienes fe viva y real.

    En segundo lugar, por supuesto, hay que actuar y no resignarse y cruzarse de brazos, que es una actitud, por otro lado, muy tentadora para algunos. Pero aquí surge otro error muy común: de nuevo, el enemigo no es tal o cual partido, ni siquiera un político concreto. El enemigo es, principalmente, la mentira, la falsedad. Y esa mentira, venga de donde venga. Hay que alabar el bien sin mirar de donde viene, y debemos rechazar del mismo modo el mal sin fijarnos en su procedencia.

    Por eso, en ocasiones son más peligrosos los políticos que supuestamente están más cerca de los principios evangélicos, porque muchos cristianos sin discernimiento les disculpan más fácilmente en sus incoherencias cuando no en sus planteamientos frontalmente contrarios a la fe. Pero como es de tal partido, no pasa nada y no se lo tienen en cuenta.

    Todos conocemos ex ministros de misa diaria, de dirección espiritual frecuente, que siempre figuran en las primeras filas de cualquier acto religioso y que parecen estar continuamente colgados de la sotana de tal obispo o religioso. Allá donde hay un incensario, allá están ellos. Lo que llamamos un meapilas, vaya (a muchos hombres de Iglesia, por otro lado, les encanta eso de estar rodeados de gente con poder humano). Pero luego no han tenido reparo en formar parte de un gobierno que no ha hecho nada, por ejemplo, a favor de la vida y que tiene las manos manchadas de la sangre de las víctimas inocentes del aborto.

    Sin embargo, esos mismos creyentes son inflexibles con los dirigentes que consideran enemigos y anticlericales, y son incapaces de ver cualquier mínimo atisbo de bien en ellos. Creen, además, hacerle un servicio a la Iglesia y al Evangelio empleando cualquier arma contra ellos, desde el insulto hasta la ridiculización o la calumnia.

    ¿Y ahora qué? Pues ahora a crecer cada uno personalmente; a formarse; a sacudirse los miedos, complejos y temores

    A esos zelotes de la ley quizás sería bueno recordarles la observación de San Pablo a los corintios: “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino el poder de Dios” (2 Cor. 10, 4).

    Pero volvamos al punto de partida: ¿Y ahora qué? Pues ahora a crecer cada uno personalmente; a formarse; a sacudirse los miedos, complejos y temores; a bucear en la propia interioridad; a extirpar los malos hábitos de conducta y abrazar los buenos; a renunciar al hedonismo, al materialismo y a la frivolidad; a insistir “a tiempo y a destiempo, a reprender, amenazar, exhortar con toda paciencia y doctrina” (2 Tim. 4, 2). Y todo esto, sin perder la paz y la serenidad y creciendo en la confianza.

    Esto no es solo válido para los que tratamos de tener el Evangelio como norma de vida, sino para todos aquellos que quieren vivir en la verdad y rechazan permanecer en la oscuridad y la mentira.

    Después, “una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc. 22, 32). Es decir, fortalece a los vacilantes, a los tímidos, a los miedosos, a los que titubean, a los que desfallecen. Porque vivimos tiempos recios, y muchos dudan y sienten flaqueza; son multitud los confundidos por el ambiente de falsedad que se acaban extraviando. En especial, cuida a tus hijos y a los que están a tu cargo, pero sin caer en una neurosis ni en una especie de manía persecutoria.

    Y ayudémonos. Seamos más comunidad que nunca. Busquemos al prójimo. Amemos con descaro. Plantemos cara a este siglo. Seamos audaces. Estemos en el mundo sin ser del mundo. No tengamos miedo a innovar sin perder nuestras esencias. Y entonces habrá comenzado la victoria.

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