Cruda realidad / El Gobierno responde a la Generalidad con un saco de chuches

    Si la Generalitat ve que cada vez que escupir al Estado a la cara tiene premio, no solo seguirá haciéndolo, sino que pronto pasará a las patadas en la espinilla. Todas las otras autonomías, que se quedan, además, con menos, asisten al espectáculo y toman nota.

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    La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, presenta los presupuestos generales de 2019. /EFE
    La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, presenta los presupuestos generales de 2019. /EFE

    Los Presupuestos presentados por el Gobierno socialista de Pedro Sánchez aumentan en un 66% la inversión a una Cataluña cuyo propio ejecutivo no se cansa de pretender que son una república y que España es un Estado invasor. Lo más gracioso: la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, ha declarado que estas cuentas son «el mejor antídoto contra el populismo de Vox». ¿Quiere que apostemos, señora ministra?

    Si me pillaran por la calle y me preguntaran de sopetón en qué consiste mi visión política, probablemente el mejor resumen sería el de confiar en la secular sabiduría popular o, si se quiere, hacer caso al refranero. Y en lo que hace a los mimos presupuestarios hacia Cataluña es que «el que no llora, no mama».

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    Ahora bien, llorar, todos lloran. Pero no igual. Extremadura, por ejemplo, llora tan mal y tan flojito que ahí la tienen, con una estructura ferroviaria como del Oeste americano, y a la que se le debe haber quedado cara de tonto ante un gobierno que, llamándose socialista, ningunea al pobre y favorece al rico.

    Cualquiera con un cociente intelectual a temperatura ambiente se da cuenta de que no hay modo más seguro de que el niño recurra constantemente al pataleo que respondiendo con chuches cada vez que da uno

    Naturalmente, o Sánchez y sus chicos son un prodigio de estupidez de pasar a los anales de la historia de la psiquiatría, o son de lo de que el que venga detrás, que arree. Porque cualquiera con un cociente intelectual a temperatura ambiente se da cuenta de que no hay modo más seguro de que el niño recurra constantemente al pataleo que respondiendo con chuches cada vez que da uno.

    Son tantas cosas las que indica la indignante maniobra que se me hace corto el espacio. Me quedaré solo con las más obvias. La primera está dicha: si la Generalitat ve que cada vez que escupir al Estado a la cara tiene premio, no solo seguirá haciéndolo, sino que pronto pasará a las patadas en la espinilla. Lo que se premia, se multiplica.

    Además, todas las otras autonomías, que se quedan, además, con menos, asisten al espectáculo y toman nota: si quieres que te hagan algún caso, lánzate al monte nacionalista, pásate las leyes por el arco del triunfo, desafía, insulta, boicotea. Es el único modo de que el Estado te haga caso. Lo vimos, en su forma más sangrante, en el caso vasco.

    La debilidad, en un mundo tan primario como la política, no suscita compasión, sino que anima al ataque

    Durante décadas, en los años del plomo, se nos dijo que la violencia no sirve para nada y que la lucha de ETA no conseguiría doblegar la determinación del Estado. ¿De verdad? ¿Nadie tiene la sospecha de que el cupo vasco y la legalización de los antiguos batasunos, ahora campeando en las instituciones, podría tener algo, un poco, que ver con aquella matanza?

    La debilidad, en un mundo tan primario como la política, no suscita compasión, sino que anima al ataque. Ceder al chantaje es condenarse a hacerlo una y otra vez, y responder a la ofensa con caricias es el modo más perfecto de que te dejen la cara como un cromo. Lo hemos visto una vez y otra vez y otra vez.

    Una tercera consecuencia: la profecía que hace la ministra Montoro es exacta, solo que completamente al revés, es decir, actitudes como esta son eficacísimas ‘fábricantes de votos’ para Vox. Después de todo, el votante no cuenta con ningún otro partido ‘votable’ del que pueda fiarse para detener esta deriva. El Partido Popular también ha premiado históricamente las pataletas nacionalistas, así que solo quedan Ciudadanos y Vox.

    Hay una tercera opción que es la que parece estar perfilándose y que se me antoja una verdadera pesadilla: una Cataluña que sea independiente para todo lo que le conviene, pero española para lo demás

    Por último querría hablar de una cuarta consecuencia, esta más personal pero que quizá resuene en el pensamiento de algún lector. Me explico. La solución óptima para el contencioso catalán es atajarlo, que se le diga «no», negarse a seguir recibiendo las bofetadas como el payaso que hace de tonto y esgrimiendo la ley y los tribunales contra los evidentes desmanes de todos los días. Lo ideal es que Cataluña se encuentre cómoda en España, que deje de ser una ‘no go zone’ política, que se normalice dentro del Estado y nadie vea nada raro en ser muy catalán y muy español.

    Pero lo siguiente menos malo es la independencia. Lo digo con grandísimo dolor de mi corazón, con una enorme pena: la independencia total y absoluta, como Portugal, un Estado pleno sin el menor derecho de injerencia sobre nuestros asuntos, nada de federaciones ni Estados asociados.

    Porque hay una tercera opción que es la que parece estar perfilándose y que se me antoja una verdadera pesadilla: una Cataluña que sea independiente para todo lo que le conviene, pero española para lo demás, una especie de territorio especial, de primera categoría. El resto de España no podría decir esta boca es mía de lo que hagan o deshagan, su gobierno podría seguir vendiendo ad intra en medios, colegios, universidades y en su escena cultural que los españoles somos lo peor, pero ellos seguirían teniendo diputados en Madrid y condicionando la formación de nuestro gobierno y la elaboración de nuestras leyes.

    Antes de que se me eche nadie encima, dos puntualizaciones. La primera es que mi opción preferida es claramente la primera, la de una Cataluña normalmente española. La segunda es que quienes, por preservar la unidad española, estuvieran dispuestos a tolerar esta alternativa del Diablo de la que hablo -que no es en absoluto de ciencia ficción, aunque sí de novela de terror-, no estarían logrando más que una humillante parodia. Cataluña estaría, a todos los efectos (y afectos), fuera de España, pero el resto quedaría, por así decir, sometido a lo que, en su imaginación colectiva, sería ya un país extranjero.

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