Pioneras del feminismo sufragista, muy lejos de las feministas del siglo XXI
Pioneras del feminismo sufragista, muy lejos de las feministas del siglo XXI

¿Se acuerdan de ese tiempo feliz en que las mujeres teníamos el derecho a trabajar fuera de casa y la libertad de incorporarnos al mercado laboral? ¡Ah, qué días aquellos, y qué lejanos parecen!

Fue fugaz, y en seguida llegó aquella otra época, la nuestra, en que se hizo obligatorio, era dedicada obsesivamente a contabilizar, con los dedos o con ayuda de la calculadora, cualquier grupo humano imaginable para lamentar en alto que no haya la proporción justa de mujeres.

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Porque, naturalmente, si las mujeres no estamos representadas en el grupo de que se trate en proporción exacta a la población general, solo puede significar una cosa: discriminación. Y la discriminación es el pecado imperdonable de nuestra era.

El heteropatriarcado conspirando desde algún siniestro rincón para frenar nuestro avance imparable, por ese machismo y esa misoginia que exuda nuestra sociedad

¿Qué, si no, puede explicar que, según nos contaba la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) en el último Día Internacional de la Mujer (sí, porque las mujeres, como el tigre siberiano o el lince ibérico, somos una especie protegida), solo un 21% de mujeres participa en los consejos de administración de los grandes medios españoles?

La discriminación, naturalmente. El heteropatriarcado conspirando desde algún siniestro rincón para frenar nuestro avance imparable, por ese machismo y esa misoginia que exuda nuestra sociedad.

¿Qué, si no?

¿Me va usted a decir que quizá se deba en parte a que hombres y mujeres tal vez no sean idénticos en inclinaciones, aptitudes, capacidades y preferencias, machirulo?

¿Se atreverá a insinuar que tiene cierto sentido que millones de años de evolución del dimorfismo sexual hayan especializado a uno y otro sexo para tareas diferentes, haciendo que, en promedio, a un sexo se le den mejor y se sienta más atraído por determinadas actividades en preferencia a otras? ¡Métete tu ‘lógica’ por donde te quepa, sexista!

Hay, sin embargo, dos excepciones. No nos gusta hablar mucho de ellas; de hecho, no lo hacemos nunca. ¿Para qué estropear nuestro lloriqueo victimista, que tan buenos resultados nos da?

El primero se da cuando, además de cumplir la cuota, la superamos con creces.

No hay manifestaciones para que haya más mujeres en los andamios, ni luchamos en exceso por la paridad en el gremio de poceros o mineros

Ahí no queremos que se hable de ‘proporciones’ ni de ‘reflejar la distribución demográfica’. Nos encanta que en el consejo de redacción del Huffington Post no haya un solo varón, y ay de quien llame la atención de esa aparente discriminación.

No queremos dejar de controlar en torno al ochenta por ciento del gasto de las familias, ni de ganar en una proporción similar las batallas por la custodia de los hijos en caso de divorcio. Está bien así.

Por otra parte -segunda excepción-, no nos verán dando la brasa para lograr la equiparación en según qué grupos y actividades. No hay manifestaciones para que haya más mujeres en los andamios, si se han dado cuenta, ni luchamos en exceso por la paridad en el gremio de poceros, mineros o, en general, esas actividades sucias, peligrosas, mal pagadas y, sobre todo, poco glamurosas que, admitámoslo, tan bien se les dan a los varones.

No nos oirán quejarnos de que vivamos más años de media que ellos, ni que dos tercios de la gente sin hogar sean varones, y ocho de cada díez suicidas, y casi todas las muertes en combate, y nueve de cada diez muertes por accidente laboral -que es también la proporción de víctimas masculinas de homicidios pese al “¡nos están matando!” de las campañas-.

Lo nuestro es que nos den más espacio de poder, trabajos molones de los que no ensucian y ganas una pasta, de los de maletín y en los que puedes ir monísima

Ni de que a la investigación contra el cáncer de próstata se le dedique una fracción de lo que se invierte en el cáncer de mama, pese a tener una incidencia y mortalidad similares y ningún periódico pinte del color que sea (¿alguien lo sabe?) su mancheta.

No, eso está bien como está. Lo nuestro es que nos den más espacio de poder, trabajos molones de los que no ensucian y ganas una pasta, de los de maletín y en los que puedes ir monísima.

Por eso cuando uno piensa en “trabajador” uno visualiza un tipo con mono y cuando dice “mujer trabajadora” nos ve en traje de chaqueta y sentadita ante un ordenador o en un consejo.

Ahora que toca elecciones es el momento de mirar las listas de los partidos, y regañar muy fuerte al que no lleve un número suficiente de candidatas. Porque, ay, esto de vivir bajo la opresión del patriarcado es agotador…

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